Siempre he pensado que cuanto más profundas son las raíces de una familia, más fuerte es el árbol. Los parientes, aunque sean nuevos o no tan cercanos, son gente con la que el destino nos une. Mi esposo y yo intentábamos llevarnos bien con todos: con los suegros, con los primos lejanos. Sobre todo después de que nuestra hija mayor, Lucía, se casara. Al fin y al cabo, los hijos unen. Nos alegraba que hubiera encontrado a un buen chico, Alejandro, tranquilo pero con carácter, sin ser grosero. Viven de alquiler en Granada, y nosotros les ayudamos poco a poco a ahorrar para una casa. No es fácil, claro, pero algo es algo. A nosotros tampoco nos cayó todo del cielo.
Con la madre de Alejandro, Carmen Marín, al principio la relación era buena. Vive en Jaén, lejos de nosotros, así que hablábamos por teléfono y nos veíamos poco. Todo era cordial, respetuoso. Pero, llegando las Navidades, algo se rompió. Y no por nuestra parte.
Unos días antes de Nochevieja, llamé a Lucía, solo para saludar, con cariño:
—Cariño, hola! ¿Ya habéis pensado dónde vais a celebrar Fin de Año?
—Ay, mamá, aún no lo tenemos claro…
—¡Venid a casa! Tenemos sitio, habitaciones de sobra, nos encanta recibir. Tu padre ya ha puesto las luces en el patio. El árbol está listo, y hasta tenemos karaoke. Y dile a Carmen que venga también, que tu padre puede ir a buscarla y luego la lleva de vuelta. ¿Para qué va a estar sola en Navidad?
Lucía dijo que lo hablaría con Alejandro y me llamaría. Esa noche me confirmó que vendrían, pero que su suegra no. Que ella tenía planeado estar con amigos o quedarse en casa. Según ella, le gustaba pasar la Nochevieja tranquila, sin bullicio. Me quedé extrañada. ¿Tan difícil era pasar un año con sus hijos, con su nueva familia? No era nada malo lo que proponía. Llamé a Carmen directamente.
—Carmen, ¿qué dices? ¡Qué triste estar sola en casa! Vente, palabra, serás bien recibida. Hasta puedes traer a tus amigos si quieres. Nosotros haremos una barbacoa en el patio, habrá fuegos artificiales, música… Será divertido, en familia.
Pero ella se excusó con poca convicción:
—No sé. Llevo diez años pasándolo con mis amigos. Si me llaman, iré. Si no… tele, manta, y a dormir. Con la edad, ya sabes, el ruido no va conmigo.
No insistí. Pensé: “Quizá de verdad no le apetece”. Pero al día siguiente me llamó Lucía. Su voz temblaba, al borde del llanto:
—Mamá, la suegra está disgustada… Dice que la hemos traicionado. Que estoy “separando a un hijo de su madre”, que él debería pasar Nochevieja con ella. Ella quería celebrarlo en su piso de dos habitaciones… ¿Te lo imaginas?
Me quedé helada. ¿Así que ahora somos traidores por invitarles a una casa grande, donde cabemos todos? Aquí hay cinco habitaciones, salón amplio, cocina, patio para barbacoa y juego. En su piso apenas caben dos personas. Aunque fuéramos todos, ¿y luego qué? ¿Dos horas viendo la tele y cada uno a su casa? La Nochevieja es alegría, unión, compartir.
Y al final, les soltó esto a la cara:
—Si ya no tengo familia, iré con mis amigos.
Y de paso, les dijo que no contaran con su ayuda para el piso. Que no tenía dinero.
Mi marido y yo nos miramos. Él solo resopló:
—Pues mejor. No contábamos con ello.
En la vida siempre hay gente así: se ofenden aunque les invites con buena intención. Porque para ellos la generosidad es debilidad, y cualquier decisión que no cuadre con sus planes es una traición. Carmen resultó ser así. Ella se fue, ella se enfadó, ella cerró la puerta. ¿Que no nos duele? Mentiría si dijera que no. Duele que alguien que podría ser cercano elija el reproche y la soledad. Pero, como se dice, lo superaremos.
Y los hijos pasarán Fin de Año con quienes les quieren. No con quienes les ahogan en culpas.







