Ocho años cuidando de mis nietos sin recibir un solo euro Y ayer me dijeron que prefieren a la otra abuela, porque ella no les regaña y siempre les trae tabletas.
Yo soy la abuela de la sopa caliente.
La abuela que los lleva al colegio, que limpia sus narices, que cocina, que pone la lavadora, que plancha, que carga mochilas, que apaga las luces tras ellos y los arropa por las noches cuando sus padres se retrasan.
La otra abuela es la elegante.
Esa que aparece de vez en cuando con ramos de flores, perfume caro, regalos llamativos, esas grandes sorpresas.
Ella no sabe lo que es pasar toda la noche con un nieto enfermo.
Pero sí sabe dónde comprar la última tablet de moda.
Ayer mis nietos me dijeron que quisieran que fuese como ella.
Y, por primera vez en la vida, sentí lo que es ser invisible en el trabajo silencioso de cada día.
Me llamo María. Tengo 62 años.
Tengo una hija Ana,
Y dos nietos Martín (8) y Sofía (6).
Ana trabaja. Su marido Jorge también.
Y como no hay dinero para niñera y no confían en las guarderías,
Simplemente asumieron que yo, ya jubilada, tenía la obligación de dedicar el resto de mi vida a cuidar a sus hijos.
Y lo hice.
De manera consciente.
Con amor.
Con dedicación.
Me levanto a las 5:30.
A las 6:30 ya estoy en su casa.
Preparo el desayuno.
Reuniendo calcetines perdidos, buscando camisetas, vistiendo, haciendo lazos, cargando mochilas, llevándolos al colegio.
Después limpiar, ordenar, cocinar, lavar.
Por la tarde los recojo.
Deberes, siesta, sopa disciplina.
Yo soy la abuela de las reglas.
La abuela de los límites.
La abuela que dice:
No tomes dulce antes de cenar,
Lávate las manos,
Ya basta de tablet,
Haz los deberes.
Es decir, la abuela aburrida.
Al otro lado está Lucía la madre de Jorge.
Lucía lleva años sin trabajar.
Tiene dinero. Bastante.
Mujer de manicura perfecta, peinados, ropa de salir, con viajes a Italia y Grecia.
Lucía nunca ha preparado una infusión a las tres de la mañana por una tos,
No ha buscado calcetines desaparecidos,
No ha limpiado vómito de la alfombra,
Ni ha perseguido con la cuchara por toda la casa.
Lucía es la estrella invitada.
Aparece dos veces al año en Navidad y cumpleaños
Con regalos, bombones y la última tecnología.
Los niños la adoran.
Como todos los niños adoran a quien no pone límites.
Ayer fue el cumpleaños de Martín.
Me levanté a las cinco para prepararle su dulce favorito, casero.
Con huevo, con crema, nueces como a él le gusta.
Le compré un buen libro y un jersey calentito lo que puedo con mi pensión.
Hacia las cuatro de la tarde llegó Lucía.
Con peinado perfecto, perfume y bolso brillante.
Entró como presentadora de televisión.
¡Mis cielos! exclamó.
Martín y Sofía la recibieron como a una estrella del pop.
Me pasaron de largo, como si fuese un jarrón en la esquina.
Lucía sacó dos grandes cajas blancas.
Dos tabletas nuevas.
Para que os divirtáis dijo. ¡Y hoy nadie puede deciros cuánto jugar!
Los niños chillaban de felicidad.
Ana y Jorge radiantes:
¡Bravo, mamá! ¡Eres única! ¡Gracias!
Yo estaba en la cocina, cortando la tarta.
Esa para la que me levanté de noche.
Esa que nadie miraba.
Fui hasta Martín.
Martín, cariño, aquí está mi regalo. Y la tarta
Ni me miró.
Ahora no, abuela, estoy ajustando el personaje.
Pero, cari
¡Abuela! Siempre tartas La otra abuela trae regalos de verdad, siempre libros y ropa contigo, qué rollo.
Ese dolor
No se lo deseo a nadie.
Miré a Ana.
Esperaba, al menos, que dijera, ¡No le hables así a tu abuela!
¿Y ella?
Se rió.
Mamá, déjalo. A los niños les gustan las cosas nuevas. Lucía es la abuela divertida. Tú eres la abuela de la rutina.
¿La abuela de la rutina?
¿Así llaman ahora al cuidado?
Sofía remató:
Ojalá la abuela Lucía viviera aquí. Ella no nos riñe. Tú siempre cansada.
Miré mis manos agrietadas por el jabón, la lavadora y la limpieza.
Miré a Lucía fresca, con las dos tabletas en el bolso, diosa por un día.
Miré a mi hija tumbada con una copa de vino, porque yo estoy para hacer todo.
Me quité el delantal.
Lo doblé con cuidado.
Lo dejé en la encimera.
Fui al salón.
Ana, me voy.
¿Cómo que te vas? ¿Y la tarta? ¿Y quién recogerá todo esto?
¿No puede ayudar la abuela divertida?
Lucía sonrió, fingiendo:
María, hija, yo para los nervios no. Tengo ciática
Tranquila. No te pediré que te manches ese modelito.
Miré a Ana.
Los niños tienen razón. Soy aburrida. Soy la estricta. La que les pone límites y les da comida sana.
Tal vez necesiten un poco más de libertad.
Así que desde mañana, lo dejo.
¡Mamá, por favor! ¿Quién los va a llevar al colegio?
No sé. Quizá Lucía. O vendan una tablet y contraten a una niñera.
¡Os necesitamos!
No. Necesitáis a una SIRVIENTA. Y yo no lo soy.
Miré a Martín.
Abuela ¿no vas a venir?
No, cariño. Mañana será divertido.
No habrá nadie que os diga que comáis verduras, que estudiéis, que os acostéis pronto.
Libertad.
Y me fui.
El teléfono no deja de sonar.
Ana llorando.
Jorge que dramatizo.
Pero no volveré.
Mañana me levantaré a las nueve.
Me haré un café para mí.
Me comeré la tarta.
Y veré una serie.
Por primera vez en años seré la protagonista de mi propia vida.
¿Y vosotros? ¿Creéis que las abuelas están obligadas a criar a los nietos,
¿o los hijos sencillamente se aprovechan para ahorrar?




