—Cómo te echo de menos —susurró Lucía, estremeciéndose al escuchar su propia voz en el silencio de la habitación.
Sus dedos se detuvieron sobre el álbum de fotos antiguo. En la imagen descolorida, Alejandro sonreía, cargando a su hijo pequeño, Pablo, sobre los hombros. Lucía pasó suavemente la yema de los dedos sobre su rostro. Habían pasado nueve años, pero el dolor seguía igual de vivo.
Fuera, el viento azotaba los cristales con rabia, arrojando copos de nieve contra la ventana. Lucía se levantó y se acercó al alféizar, donde un plato con una vela encendida temblaba. El aniversario. En noches como esta, su ausencia pesaba más que nunca.
—Lo estoy haciendo bien, ¿sabes? —dijo, hablando al vacío—. Pablo ya casi te alcanza en altura. Y David… se parece tanto a ti.
En la esquina, la estufa de leña crepitaba. Lucía se envolvió en una manta raída y se dejó caer en el sillón. La vieja casa de madera crujía bajo la fuerza del viento.
No se dio cuenta de que se había quedado dormida. Quizás fueron minutos u horas, hasta que tres golpes secos en la puerta rompieron el silencio.
Lucía se despertó sobresaltada, el corazón latiéndole como un tambor. ¿Quién podía venir en medio de semejante tormenta? Los vecinos más cercanos vivían a un kilómetro de distancia.
Los golpes se repitieron, más fuertes, más urgentes.
Avanzó por el pasillo en la oscuridad, tanteando las paredes. Al pasar por la cocina, su mirada se posó en un cuchillo sobre la mesa. Lo agarró con fuerza.
—¿Quién es? —su voz tembló.
Silencio. Y luego, otra vez, tres golpes.
Lucía apretó el cuchillo contra su muslo y con la otra mano giró el pomo. El aire helado se coló dentro junto con un remolino de nieve… y en el umbral, allí estaba él.
—Luci, soy yo. He vuelto.
Alejandro. Su Alejandro. El mismo que desapareció nueve años atrás. Barba crecida, ojos cansados, la misma sonrisa.
El cuchillo cayó de sus manos entumecidas. Lucía tambaleó, agarrándose del marco de la puerta para no caer.
—Esto no… —jadeó—. Tú ya no…
—Estoy aquí —dio un paso hacia adelante y la abrazó.
Cálido. Real. Olía a frío y a tierra. Lucía se aferró a su chaqueta, hundió el rostro en su hombro y las lágrimas brotaron sin control. Las piernas le flaquearon y ambos cayeron al suelo del recibidor.
—¿Cómo? —fue lo único que logró decir.
—Sé que no lo entiendes —murmuró él, acariciándole el pelo—. Pero te lo explicaré todo. Primero, cerremos la puerta. Hace mucho frío.
La ayudó a levantarse. Lucía no lo soltó ni un segundo, como si temiera que se desvaneciera.
—¿Los niños? —preguntó él, mirando hacia las habitaciones.
—Están durmiendo —Lucía no apartaba los ojos de su rostro—. Han crecido mucho.
—Lo sé —sonrió con melancolía.
—¿Cómo es posible? —tocó su mejilla con dedos temblorosos—. Tú ya… tú no estabas. Yo lo vi.
—Vamos —tomó su mano—. Tenemos que hablar. El tiempo es corto.
Entraron en la sala. Lucía encendió otra lámpara de aceite. Alejandro se sentó al borde de la mesa, mirando alrededor como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.
—Has cuidado bien la casa —dijo con calidez en la voz.
—¿De qué hablas? —suplicó Lucía—. ¿Dónde has estado? ¿Por qué ahora?
Alejandro respiró hondo y la miró a los ojos.
—Te lo contaré todo. Pero siéntate, por favor.
Lucía añadió un par de leños a la estufa. Las llamas crecieron, llenando la habitación de una luz dorada y sombras danzantes.
Dudó, como si quisiera retrasar lo inevitable, y luego se acercó al armario. Sacó su taza favorita, la azul con el borde desconchado. Nueve años llevaba ahí, intacta, esperándolo.
—No pensé que la conservarías —dijo Alejandro, sorprendido, al recibir la taza con té caliente.
Lucía lo estudiaba con avidez, temiendo perderse cualquier detalle. Sus ojos recorrieron cada rasgo familiar: la arruga entre sus cejas, la cicatriz en la barbilla de una caída de niño. Su mano se movió sola, tocando su muñeca, su hombro, la barba en su mejilla, como si dudara de sus propios sentidos.
—Eres real —susurró con los labios secos. Y luego, apenas audible—: Cuéntame… ¿dónde has estado todo este tiempo?
Alejandro miró el fuego un largo rato antes de hablar.
—Después de irme… no llegué adonde se supone que debía ir —dijo al fin—. Me perdí.
Bebió un sorbo y continuó:
—Al principio era un espacio oscuro, espeso. Como niebla, pero densa, casi tangible. Anduve perdido mucho tiempo, sin saber si estaba vivo o muerto.
Lucía contuvo la respiración, apretando su mano con tanta fuerza que los dedos le empezaron a dormir.
—Luego llegué a un lugar… lo llaman el Limbo. Es como —vaciló, buscando palabras— una estación infinita donde nadie sabe adónde van los trenes. Allí no hay cuerpos, solo sensaciones.
Puso la taza sobre la mesa y la miró a los ojos.
—No te imaginas cuántos hay como yo. Perdidos. Atrapados. Los que no pueden seguir adelante.
—¿Quiénes son? —preguntó Lucía.
—Gente muy distinta. Un anciano que jamás perdonó a su hermano y murió sin reconciliarse. Una mujer joven que dejó a su hijo en el orfanato… lloraba sin cesar. Un chico que murió en una pelea y aún no entiende que ya no está entre los vivos.
Alejandro se pasó una mano por el pelo, un gesto tan familiar que a Lucía se le encogió el corazón.
—Todos quieren algo. Todos buscan arreglar o recuperar algo. Pero nadie sabe cómo.
—¿Y tú? —Lucía buscó su mirada—. ¿Qué querías tú?
—Veros una vez más —respondió con sencillez—. Todos estos años no he hecho más que recordar. Tu risa con mis chistes malos. El olor del pelo de David cuando se subía a mis hombros. Las manos de Pablo la primera vez que cogió un martillo… igual que yo, con cuidado.
Calló. Fuera, la ventisca seguía rugiendo, pero para Lucía el mundo se había reducido a esa habitación.
—Yo vi cuando el árbol te cayó encima —dijo de pronto—. Me llamaron al trabajo. Lo dejé todo y corrí. Cruzando todo el pueblo, con el delantal puesto.
Su rostro se contrajo por el dolor del recuerdo.
—No sabes cómo sufrí después. Me preguntaba por qué a ti, por qué nos dejaste cuando más te necesitábamos.
Se levantó y fue al cómoda. Abrió el cajón de arriba y sacó un papel gastado.
—¿Ves? Es el recibo del empeño. Vendí mi collar de plata para comprar comida. Pablo estaba enfermo y no teníamos ni para las medicinas.
Alejandro se acercó y la abrazó por detrás. Ella sintió su calor y tembló.
—Luci, perdóname.
—¿Por qué? —se volvió hacia él—. ¿Por morir? ¿Por dejarnos?
—Por