Cuanto más lejos, más cerca de uno mismo
¡Mira, querido nieto! Si tanto os molesto, entonces sólo queda una opción. No me voy a casa de ninguna hija más, ni tampoco andaré yendo de vecino en vecino. Y mucho menos quiero buscarme ningún abuelo. ¡Menuda ocurrencia! ¡Casarme yo a estas alturas de la vida!
Abuela, pero si mamá lleva diciéndotelo mucho tiempo y yo te digo lo mismo. Vete a una residencia de mayores. Solo sería cosa de que nos cedieras la casa, mamá lo arreglaría todo y te darían una habitación allí. Al menos, no estarías sola, tendrías vecinas con quién hablar y a mí no me incordiarías.
No pienso salir de mi casa, Santi. Te lo digo muy claro. Si soy un estorbo, ahí tienes la puerta, con siete caminos para escoger. Eres joven, listo, búscate un piso y vive como quieras. No quisiste estudiar, pues trabaja, tráete a todas las chicas que quieras, pero esta casa es mía. Dentro de un mes cumplo 65 años y lo único que quiero es paz y tranquilidad.
He estado dando tumbos de un lado para otro años, ya está bien. No es normal, chiquillo, que me echéis de mi propia casa y viváis a costa de mi pensión con tus novias. Ni que fuese de goma mi pensión. Tienes una semana. Si no encuentras piso, te vas con tus amigos, tus amigas o con esa tuya que nunca recuerdo el nombre, pero hoy mismo no la quiero ver en mi casa. ¡Hasta quieren buscarme novio o meterme en una residencia! ¡Lo que hay que ver!
Santi, visiblemente contrariado, quiso replicar, pero Lidia Fernández ya no le escuchaba. Atravesó el pasillo con la cabeza alta, entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí. El dolor de cabeza era insoportable.
Tendría que tomarse una pastilla, pero no quería salir a la cocina y cruzarse con el nieto. Miró alrededor de su pequeño dormitorio y vio una botella de agua mineral, justo con lo justo para un trago. Menos mal.
***
Ni ella misma esperaba ser tan tajante. Pero la indignación acumulada la empujó a decir por fin lo que llevaba dos años callando. Dos largos años aguantando, volando al primer aviso de una hija o de la otra, y marchándose, como si sobrara, nada más notar el gesto o el comentario de “no te estarás quedando mucho, ¿verdad, mamá?”.
Y ahora el nieto, el Santi, con sus veinte añitos, dominando la casita de ella. Hoy una novia, mañana otra, y la abuela alguien molesto que rompe el ambiente romántico con sus toses y sus pasos por el pasillo.
Abuela, ¿por qué no te vas a ver alguna amiga, algún familiar? Así me quedo con Marta o con Blanca, o con Sandra (las chicas cambian cada semana, abuela, ¡elige!), solos.
Y Lidia accedía, iba a ver a su prima, a la vecina, a la excompañera Al principio, todos encantados con su visita, pero cuando las cenas se convirtieron en rutina, la alegría desaparecía. Y ella lo notó: su presencia molestaba.
***
Cuando ya no quedaba a quién visitar, su hija mayor dio a luz. Vida en la capital: hipoteca, críos claro que una mano hacía falta. Lidia se mudó temporalmente a Madrid.
Al principio, todos contentos: cenas calientes, la casa limpia, nietos atendidos. Pero pasados unos meses, el yerno sólo una década mayor que Lidia empezó a poner pegas.
¡Lidia, no compres más esas salchichas, por Dios! ¿No puedes hacer unos filetes, unas croquetas? Si vas a estar todo el día en casa…
Las croquetas están bien, pero gastas demasiado en la compra, hay que ahorrar más, mujer
¿Y ahora somos vacas, que sólo comemos verduras? Un poco más de carne haría bien.
Así en todo. Lidia, que para algo estaba en casa con los niños, encima tenía que ponerse de profesora particular de la nieta, “¿para qué iban a pagar clases si estaba la abuela?”. Y si charlaba por teléfono, la miraban mal. Y la nieta, una preadolescente en cuarto de primaria, le espetaba: “Abuela, vístete moderno, que me avergüenzo delante de los amigos. Y encima me pones deberes ¿para qué has venido, si ya tienes tu casa en el pueblo?”
Lidia aguantaba: le compraba carne extra al yerno, le daba algún euro suelto a la nieta para que se reconciliara, al nieto Santi le volvía a transferir lo que quedaba de la pensión, solo para que no cortaran la luz o el agua de la casa del pueblo.
Quejarse a la hija, inútil: “Es por mi bien, mamá, aguanta”. Ella bastante hacía con sostener a la familia tras haberse llevado aquel hombre de otra casa y haberle dado dos hijos a los cincuenta.
En cuanto la pequeña empezó la guardería, ya no necesitaron más de la abuela. El yerno se lo dijo claramente: “Lidia, gracias, pero ya nos las apañamos, puedes volver al pueblo”.
Lidia regresó feliz, creyendo que por fin tendría tranquilidad. Pero en su casa, Santi y su novia la habían tomado al asalto. Suciedad, facturas sin pagar, a punto de cortar luz y agua.
No le quedó más remedio: pidió un crédito para pagar las deudas, puso la casa en orden, por fin pudo respirar. Hasta que el nieto volvió a quejarse: que si la casa es pequeña, que si la abuela tose y no hay intimidad.
Y otra vez, llamada de la hija menor: “Mamá, vente conmigo, que voy a dar a luz”. Tres meses más fuera, hasta que notó que ya estorbaba. No esperó a que se lo dijeran, se fue por su cuenta. Y al volver de nuevo, nieto descontento.
Quizás habría seguido aguantando si no fuera por cierto incidente tras su regreso.
***
Santi, voy a casa de mi comadre, que es su cumpleaños. Vuelvo tarde, cerrad bien, entraré por el patio para no molestar.
¿Por qué no te quedas allí? Así no andas por la noche haciendo ruido. Quédate un par de días, abuela, nos dejas descansar.
¿Ruidos de qué, si solo llevo una semana en casa?
Una semana también cansa. ¿No te quedas de noche?
No, vuelvo a casa.
La fiesta fue animada. Cena en cafetería, luego a casa de la homenajeada, risas recordando la juventud, sin quejas ni penas. Lidia iba a marcharse cuando su amiga Catalina entró a la terraza hablando por el móvil. Al volver, le dijo a Lidia:
Ha llamado tu hija Laura.
¿Laura? ¿Le pasa algo? ¿Por qué no me llama directamente? ¿Todo va bien? Lidia cogió el teléfono, pensaba llamar, pero Catalina la detuvo.
No llames, está todo bien. Solo quiere que te quedes a dormir aquí esta noche.
¿Quedarme? ¡Si Santi sabe que duermo en casa!
Pues Santi ha llamado a su madre para decirle que quiere estar solo con su novia, que le molestas. Así que tu hija me ha pedido que te acoja. Quédate, cuéntame lo que pasa
No pasa nada, todo está bien.
Mujer, cuando todo está bien, los hijos no llaman a las amigas para pedirles favores
Además, la semana pasada me llamó preguntando si conocía yo algún “abuelo” de esos con pensión y piso, a ver si te encaprichabas y aceptabas irte con él. Como no quieres residencia
Lidia le contó todo. Cómo había vivido con la hija mayor y no había conseguido agradar, cómo a la menor también le sobraba. Cómo Santi no enderezaba su vida y ella sentía que sobraba en su propia casa.
En mi propia casa no mando nada, Cata. Cuando Santi terminó el instituto, fue a Madrid con Laura. El marido dejó claro que allí no lo querían. Volvió contigo. No hizo el servicio militar, tampoco estudió. Cuando era menor, Laura le enviaba algo de dinero, pero al cumplir los dieciocho, se acabó el gasto. Desde entonces, en mi chepa
Lidia no se quedó a dormir. Volvió a su casa y, al entrar, le soltó a Santi todo lo que llevaba años guardando.
Santi corrió a quejarse a su madre, que llamó enseguida intentando regañar a Lidia, pero ella repitió lo mismo que al nieto.
Santi se fue poco después, diciendo que no pensara contar con él para nada, que jamás volvería por esa casa.
Lidia se quedó sola, y, por fin, era un alivio. Por primera vez, podía respirar tranquila, hacer lo que quisiera. Toda la vida haciéndose a los demás, sacrificándose por sus hijas, aguantando a un marido, tirando de todo sola tras enviudar. A veces, querer hacerlo todo bien acaba criando aprovechados.
No está bien que te echen de tu propia casa en la vejez. ¿Qué vida es esta en la que, en tu propio hogar, eres un estorbo?
Pasó el tiempo. Santi recapacitó y vino a pedirle perdón.
Lidia ya le había perdonado, pero no lo invitó a volver a vivir. “De visita, ven cuando quieras, Santi, pero a vivir, no. Tú eres joven, tienes la vida y las chicas delante; yo sólo quiero paz.”
Las hijas también la llamaron: que si podía ayudar con los niños. “Traédmelos aquí contestó Lidia. Aquí tengo aire puro, tranquilidad, y este pequeño reino es mío. Aquí, sí que soy la dueña.”
Lidia lo dice siempre: cuanto más sola, más cerca de sí misma se siente. Y, la verdad, creo que tiene razónUna mañana, al abrir la ventana y aspirar el aire fresco, Lidia se sorprendió sonriendo sin razón. El silencio de la casa no pesaba: bailaba dentro, ligero, como un nuevo invitado. Preparó café solo para ella y, por primera vez en años, se sentó a leer el periódico sin interrupciones.
Recibía visitas ocasionales: alguna vecina, el cartero que se quedaba a charlar, los niños que le pedían galletas desde la tapia. Cuando llegaba la familia, los recibía con alegría, y cuando se iban, sentía ese agradable contento de quien da hospitalidad sin entregar la llave de su propia libertad.
Empezó a ir a talleres del centro del pueblo, aprendió a pintar y descubrió una pasión inesperada por plantar geranios. Las flores invadieron la terraza, y pronto la gente del barrio reconocía su casa por la explosión de colores que reventaban los balcones.
Un domingo, Santi se presentó con un ramo de margaritas, torpe, titubeando. Lidia se rió, le invitó café y, al despedirse, él le dio un abrazo largo, necesario. Afuera, el nieto miró la casa y, por primera vez, entendió que no era suya, ni lo había sido nunca.
Los días pasaron, y la soledad definitiva nunca llegó. Desde cada rincón de su casa, Lidia descubría recuerdos nuevos, y cada mañana era una promesa serena: nunca más pedir permiso para ser quien era.
A los pocos meses, en el bar del pueblo, mientras charlaba con Cata, Lidia soltó entre risas: ¿A que al final voy a ser yo la última en marcharme de este mundo, sólo para asegurarme de que nadie me quita las llaves?
Todos rieron, y Lidia casi lloró de alegría. Porque lo había conseguido: después de muchos años, al fin estaba en casa. De verdad.







