Querido diario,
Hoy ha sido otro día peculiar en mi vida aquí en Madrid. Al volver del trabajo, noté algo extrañodon Damaso, mi gato, no me estaba esperando en el pasillo como de costumbre. Ese vacío me hizo recordar justo cuánto significa para mí este animal tan peculiar.
Recuerdo perfectamente el día que mis padres, gente sencilla y muy de aquí, me ayudaron a dar el gran salto: cumplía veinticinco, y gracias a que me prestaron los euros para la entrada, pude hipotecar este piso en Chamberí. Llevo una vida tranquila, mi trabajo de desarrollador me permite estar solo, y la verdad, siempre he pensado que es mejor así, sin demasiadas complicaciones.
Un tiempo después, para combatir la soledad, me animó adoptar un gato. El pobre tenía una malformación en las patas delanteras y la gente que tenía a la madre quería sacrificarlo. Me dio tanta pena que no lo dudé y lo llevé conmigo. Lo llamé don Damaso, por ser tan apuesto a su manera. Nos convertimos rápidamente en inseparables, hasta el punto de que dejaba el trabajo deseando volver a verlo.
Las cosas se complicaron cuando conocí a Amalia, compañera de la oficina, lista y bastante espabilada. En un abrir y cerrar de ojos, casi sin darme cuenta, ya vivíamos juntos. Sin embargo, nuestra convivencia tropezó pronto: Amalia nunca aceptó a don Damaso. No le gustaba cómo caminaba ni cómo lo miraban las visitas, así que empezó a insistir en que lo diera en adopción. Yo me negué, explicándole que don Damaso es fundamental para mí.
Pero Amalia no se rindió y siguió presionando. Decía que la gente se incomodaba con su aspecto cuando venían a casa. Me sentía dividido entre ella y don Damaso; los quería a los dos, pero no podía prescindir del gato.
A mis padres tampoco les convencía la relación. Siempre han dicho que Amalia es descarada y poco educada, y me recomendaron que no me precipitara con un futuro juntos.
La visita de los padres de Amalia fue definitiva. Su padre, apenas cruzó la puerta, soltó una carcajada al ver a don Damaso y lo llamó monstruo. Intenté defender a mi gato, pero toda la noche estuvieron burlándose, inventando destinos para deshacerse de él, mientras la madre de Amalia se reía con ellos.
Al día siguiente, al regresar del trabajo, don Damaso había desaparecido. Pregunté a Amalia y, con total indiferencia, me dijo que lo había llevado a la clínica veterinaria y lo había dejado allí.
Me recorrí medio Madrid buscándolo, durante cinco largas horas. Cuando lo encontré, el pobre ronroneaba débilmente en mis brazos, feliz de que finalmente apareciera.
Al volver a casa, le pedí a Amalia que hiciera las maletas y se marchara. No quise ni verla más; me pareció, sencillamente, despreciable.
Esta mañana, Amalia se fue, sin hacer ruido, dolida en su orgullo. Jamás pensó que un gato podría ser más importante que ella. Ahora don Damaso y yo seguimos juntos; cada tarde, cuando llego de trabajar, me recibe en el pasillo con la alegría de siempre, y yo sé que nada ni nadie va a separar esta pequeña familia.







