Cuando tenía treinta años, era esa mujer de la que todo el mundo decía que “tenía el mundo a sus pie…

Cuando cumplí treinta años, todos decían de mí que tenía el mundo a mis pies. Tenía un buen trabajo en una oficina pública, mi propio piso de alquiler en el centro de Madrid, viajaba cuando se me antojaba y los fines de semana salía con amigos a tapear, ver alguna película o bailar hasta tarde.

En aquella época salía con un chico, Javier, con el que estuve casi cinco años. Pero cada vez que mencionaba la posibilidad de tener un hijo algún día, una incomodidad me recorría todo el cuerpo. Siempre le decía que no me veía entre pañales ni durmiendo menos que un búho. Él cambiaba de tema sin insistir. Yo estaba centrada en ahorrar, avanzar en mi carrera, estudiar másteres, planear viajes. No me veía de madre.

A los 37 conocí a otro hombre, Francisco, y pensé que por fin pasaba algo serio. Pero él tenía un hijo pequeño de su anterior matrimonio, algo que yo digerí como demasiada responsabilidad. Un día me propuso irnos a vivir juntos, pero también dejó claro que a él le gustaría tener otro hijo algún día. Me entró miedo, y poco a poco fui alejándome, hasta que él entendió y todo terminó.

Recuerdo cuando mi hermana Lucía me dijo:
“Algún día te arrepentirás de dejar escapar a un hombre bueno sólo porque no quieres ser madre.”
Me reí y lo tomé como un drama exagerado.

A los 45 me encontraba en el mejor momento profesional. Me ascendieron, ganaba un buen sueldo en euros, viajaba más que nunca, compré mi primer coche y incluso pinté de arriba abajo todo mi piso yo sola. Estaba orgullosa de lo que había conseguido.

Pero mientras celebraba mis logros, miraba a mis amigas con sus hijos en la guardería, en el colegio, en campeonatos, en festivales de danza… y me repetía:
Vaya caos… yo no aguantaría.
Estaba convencida de que mi vida era más tranquila así.

Cuando tenía 52 años, mi hermana enfermó gravemente y tuvo que operarse. Sus hijos estuvieron a su lado sin descanso: turnos de hospital, papeleos, comidas, compañía constante. Yo me sentía completamente inútil.

No tenía a quién recurrir si alguna vez me viera en esa situación. Sentada en la sala de espera del hospital, por primera vez pensé:
¿Y si mañana me pasa a mí?
¿Quién vendrá a acompañarme?

Ahí surgió el primer remordimiento. Pequeño, silencioso… pero germinó.

A los 60, perdí a mi madre. Y todo recayó sobre mí: gestionar papeles médicos, el entierro, la organización familiar, las facturas, vaciar su casa.

Mis sobrinos ayudaban, pero cada uno tenía su familia, hijos, trabajo. Aquella noche dormí sola, rodeada de bolsas con su ropa, y por primera vez sentí con fuerza algo que siempre había tratado de apartar:

No había nadie que me necesitara de verdad.
Nadie que dependiera de mí.
Nadie que llenara el silencio.

Y me asaltó un pensamiento inesperado:
Quizá no habría sido tan mala madre.

Los domingos se hicieron difíciles.
Mis hermanas se reúnen con sus niños, nietos, yernos y nueras. Sus casas rebosan ruido, risas, vida.

Yo me siento en una esquina, visible pero fuera del círculo.
No es que me ignoren, es que no tengo papel en esa escena.
Soy la tía, la hermana, nunca la madre.

En Navidad todavía pesa más.
Todo el mundo organiza cenas familiares.
Yo soy invitada. Nunca anfitriona. Jamás soy el centro del mundo de nadie.

Ahora, con 67, me levanto sola, como sola, compro sola, pago sola. No es ninguna tragedia.
Es simplemente un hecho.

Si me encuentro mal, llamo un taxi y voy yo sola a urgencias, y espero sentada con el bolso en el regazo, sin que nadie pregunte por mí.
Si me invade la tristeza, nadie lo nota.
Si me ocurre algo bueno como el día que acabé de pagar el piso no tengo con quién compartir la alegría.

A veces me planto frente a la ventana y contemplo cómo mis vecinos reciben visitas de hijos y nietos.
Yo no recibo esas visitas.
No tengo a quién dejar mis cosas.
No tengo a quién contarle mi historia.

No me arrepiento de no haberme dejado llevar por la presión social.
Me pesa haber entendido demasiado tarde que la vida no es infinita.
Claro que se puede vivir como uno quiera…
Pero cuando los años pesan, el deseo más simple es tener a alguien en quien apoyarse.

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MagistrUm
Cuando tenía treinta años, era esa mujer de la que todo el mundo decía que “tenía el mundo a sus pie…