Cuando volvió del trabajo, el gato no estaba.
Javier era un chico sencillo, sin malos hábitos. El día que cumplió 25 años, sus padres le ayudaron a dar el paso de independizarse regalándole el dinero para la entrada de un piso en Madrid. Así, Javier comenzó una nueva etapa viviendo solo. Trabajaba como programador y prefería una vida tranquila, evitando mucho contacto social.
Para no sentirse tan solo, decidió adoptar un gatito. El animal tenía una malformación en las patas delanteras. Las personas que cuidaban a su madre querían sacrificarlo, pero Javier, conmovido por la situación, lo llevó a su casa. Le puso de nombre Guapo. Pronto el gato y él hicieron buenas migas; Javier regresaba deprisa del trabajo para estar con Guapo, que le esperaba pacientemente sobre el felpudo.
Al poco tiempo, Javier empezó a salir con una compañera del trabajo. La chica, Carmen, era directa y decidida: en menos de un mes se había mudado a vivir con él. Desde el primer momento, Carmen no toleró a Guapo. Le pidió a Javier que se deshiciera del gato, pero él se negó, explicándole lo importante que era para él.
Carmen insistió una y otra vez en que Javier debía entregar el gato. Decía que deslucía su imagen ante las visitas, pues a todos les daba reparo la apariencia de las patas de Guapo. Javier estaba dividido: quería a Carmen, pero también a su mascota.
Sus padres tampoco aprobaban del todo a Carmen. Les parecía demasiado descarada y poco cortés. Aconsejaron a Javier que no precipitara las cosas y que la conociera mejor.
El día en que los padres de Carmen visitaron la casa, Javier lo comprendió todo con claridad: no era la mujer adecuada para él. El padre de Carmen no paraba de reírse de Guapo desde que cruzó la puerta, llamándole bicho raro. Javier defendió a su gato, pero durante toda la velada, tanto Carmen como su padre se burlaron y propusieron mil maneras para deshacerse del animal, mientras la madre de Carmen se reía junto a ellos.
Al día siguiente, tras volver de la oficina, Guapo había desaparecido. Ante su pregunta, Carmen le confesó que había llevado al gato a una clínica veterinaria y lo había dejado allí.
Javier salió corriendo a buscar a Guapo, recorriendo las calles de Madrid durante cinco horas. Finalmente lo encontró. El gatito, contento de reencontrarse con su dueño, ronroneó suavemente en sus brazos.
Cuando Javier regresó a casa, le pidió a Carmen que recogiera sus cosas y se marchase. No quería volver a verla. Aquella actitud le resultaba repulsiva.
Por la mañana, Carmen recogió sus pertenencias en silencio y se fue, dolida. Nunca pensó que un gato podía ser más importante que ella. Desde entonces, Javier y Guapo viven juntos; el gatito sigue esperando a su dueño después del trabajo, siempre feliz de recibirle.
A veces la vida nos enfrenta a decisiones que parecen pequeñas, pero acaban mostrando quiénes somos y qué valoramos realmente. Aprender a cuidar lo que nos importa y no ceder ante las presiones es lo que nos ayuda a construir una vida auténtica.







