Cuando regresé, la puerta estaba abierta. Mi primer pensamiento fue: alguien ha entrado en casa, seguramente creyendo que aquí guardaba dinero o joyas. Me llamo Larisa Dimitrievna y tengo sesenta y dos años. Hace cinco años que estoy sola: mi marido ya no está y mis hijos adultos viven por su cuenta. Mientras no hace demasiado frío, paso los días en una pequeña casa de campo, y cuando llega el invierno regreso a mi piso de dos habitaciones en Madrid. Pero en cuanto empieza a calentar el sol, me vuelvo al chalecito. Me encanta la vida rural: recargo energías respirando aire puro, cuido mi jardín y, además, cerca hay un pequeño bosque donde en verano recojo setas y frutos del bosque. Tuve que ausentarme del pueblo durante una semana. Al volver, encontré la puerta abierta. Pensé que alguien había entrado, seguramente buscando dinero o joyas. Pero no había señales de robo, todo estaba en su sitio. Sólo encontré un plato en la mesa, y yo nunca dejo la vajilla fuera cuando salgo, menos aún si sé que no volveré enseguida. Me di cuenta de que alguien había estado viviendo aquí en mi ausencia, y eso me molestó mucho. Al entrar en el salón vi a un niño profundamente dormido en mi sofá. ¡Ahora todo tenía sentido! El niño se despertó y me miró con ojos soñolientos. Ni siquiera intentó huir, se sentó y me dijo: —Perdone que haya entrado así. Vi que era un niño educado y humilde. Me dio mucha pena. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunté. —Dos días. —¿Tienes hambre? ¿Qué has comido? —Tenía empanadillas. Aún me quedan, ¿quiere usted? Me ofreció lo que le quedaba. Ya estaban algo pasadas. —¿Cómo te llamas? —Ivancito. —Yo, Larisa Dimitrievna. ¿Por qué estás solo? ¿Dónde están tus padres? —Mi madre suele dejarme solo. Cuando vuelve, siempre está de mal humor, se desquita conmigo y me repite que soy un problema, que sin mí sería feliz. Hace dos días me volvió a gritar y no lo aguanté más, así que me escapé. —¿Y si te está buscando? —Estoy seguro de que no. No es la primera vez que me marcho días, y ni lo nota. Sin mí está más tranquila, y cuando vuelvo tampoco parece alegrarse. Resultó que el niño vivía con una madre que se dedicaba a buscar novio en vez de cuidar de él. Se quedaba muchos días fuera y el chico tenía que apañárselas solo. Me dio mucha lástima, aunque como jubilada no podía hacerme cargo ni adoptar a nadie oficialmente, y él no quería ni oír hablar de ir a un centro de acogida. Le di de cenar y le dejé quedarse una noche más: aquí estaría mejor que con aquella madre. Esa noche apenas dormí. Al amanecer recordé que una buena amiga, Natalia Semenova, trabajaba en servicios sociales, así que la llamé para pedir consejo. Poco después, gracias a ella, pude adoptar a Ivancito. Fue inmensamente feliz, y su madre renunció sin problemas. Ahora vivimos los dos juntos. Ivancito le cuenta a todos que soy su abuela. Yo no puedo estar más feliz de que la vida me regalara un nieto. Es un chico listo y despierto. Este otoño empezó primero de primaria y su maestra suele felicitarle. Lee con soltura y ya domina las sumas y restas.

Cuando regresé, la puerta estaba abierta de par en par. La primera idea que me vino a la cabeza fue: Aquí ha entrado alguien. Seguro que esperaban encontrar unos euros o algo de valor, pensé mientras intentaba recordar si había cerrado bien antes de irme.

Me llamo Ramona Fernández y tengo sesenta y dos años. Llevo cinco años viviendo sola. Mi marido murió y mis hijos, ya adultos, tienen sus propias familias y hace mucho tiempo que volaron del nido. Mientras el frío no aprieta, vivo en una pequeña casa en las afueras de Segovia; cuando llega el invierno, vuelvo a mi piso de dos habitaciones en el centro de la ciudad. Pero en cuanto asoma el buen tiempo, me escapo a mi casita del campo con el ímpetu de una cabra montesa.

La vida rural me sienta fenomenal. Siento que rejuvenezco solo con respirar aire puro y dedicarme a mimar mi pequeño jardín. Además, a diez minutos andando tengo un bosquecillo lleno de setas y moras en verano, y eso ya es otro nivel de lujo.

El caso es que tuve que dejar la casa de las afueras durante una semana por unos trámites (cosas de bancos, no creas que me fui a hacer el Camino de Santiago). Cuando volví y vi la puerta abierta, me temí lo peor. Pero ni rastro de robo: todo estaba en su sitio, como si nadie hubiera entrado. Bueno, todo menos un pequeño detalle: en la mesa había un plato… ¡Y yo jamás dejo un plato fuera antes de salir! Y menos sabiendo que no iba a volver en días.

Entonces me di cuenta de que alguien había vivido allí durante mi ausencia. Y aquello, más que miedo, me dio un cabreo monumental. Cuando entré en el salón, me encontré a un chavalín durmiendo en mi sofá con la paz de quien sabe que hoy no le toca fregar.

El niño se despertó y me miró con cara de sueño, sin la más mínima intención de huir. Se sentó y, con educación impropia de los tiempos que corren, me dijo:

Perdone, señora, no quería molestarle.

Vi enseguida que era un mocoso bien educado y humilde. Me dio pena el chiquillo.

¿Cuánto llevas viviendo en mi casa? le pregunté.

Dos días, señora.

¿Tienes hambre? ¿Qué has comido?

Traje unas empanadillas. Quedan unas pocas, si quiere.

Me ofreció una bolsa con unos trozos de empanadilla rancia que ya ni las palomas hubiesen tocado.

¿Cómo te llamas?

Santiaguito.

Y yo soy Ramona Fernández. ¿Por qué estás solo? ¿Te has perdido? ¿Dónde están tus padres?

Mi madre me dejaba solo a menudo. Y cuando volvía, casi siempre estaba de mal humor y la pagaba conmigo. Siempre decía que soy su problema, que si no fuera por mí sería feliz. Hace dos días me gritó otra vez y no aguanté más, así que me fui de casa.

¿Seguro que no te está buscando?

Ya le digo yo que no. No es la primera vez que me voy y, a veces, tardo semanas. A ella parece que le va mejor sin mí. Y cuando vuelvo, tampoco es que le haga especial ilusión.

Resulta que Santiaguito vivía solo con su madre, quien más que madre ejercía de exploradora de amores, y pasaba temporadas en casa de quien le daba cobijo, dejando al niño a su aire.

Pobre chaval. Me dio mucha lástima, aunque yo, pensionista y con poca fuerza de trámite, no podía hacerme cargo legalmente de él así como así. Igual los asistentes sociales me caen encima antes de que me dé tiempo a quitar la cazuela del fuego. Y a Santiaguito, por supuesto, ni hablar de un centro de menores.

Le di de cenar y le dejé quedarse una noche más. Desde luego, estaba más seguro con una viejecita como yo que en la calle… o con su madre.

No pegué ojo en toda la noche, pensando en qué iba a ser de este niño. Por la mañana recordé que mi buena amiga Carmen Sampedro trabaja en los servicios de protección de menores. A la voz de ya, la llamé para pedir orientación.

Carmen me dijo que estaba dispuesta a echarme un cable, pero que debía tener un poco de paciencia. Tras tres semanas de papeleos y consultas, conseguí adoptar a Santiaguito. El chavaloco estaba más feliz que unas castañuelas. Su madre, cuando supo que alguien se haría cargo del niño, firmó la renuncia a la patria potestad en menos tiempo del que se tarda en pedir un café solo.

Ahora vivimos los dos, tan tranquilos. Santiaguito cuenta a todo el mundo que soy su abuela, cosa que me hace especial ilusión. Yo estoy encantada: nunca pensé que la suerte me regalaría un nieto tan listo.

El crío es un fenómeno. Este septiembre empezó primero de primaria y su profesora habla maravillas de él. Santiaguito ya lee correos y suma números como el mejor tendero del barrio.

A veces pienso que la vida tiene misterios más extraños que los de cualquier novela de Benito Pérez Galdós y, al menos en este caso, con final feliz.

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MagistrUm
Cuando regresé, la puerta estaba abierta. Mi primer pensamiento fue: alguien ha entrado en casa, seguramente creyendo que aquí guardaba dinero o joyas. Me llamo Larisa Dimitrievna y tengo sesenta y dos años. Hace cinco años que estoy sola: mi marido ya no está y mis hijos adultos viven por su cuenta. Mientras no hace demasiado frío, paso los días en una pequeña casa de campo, y cuando llega el invierno regreso a mi piso de dos habitaciones en Madrid. Pero en cuanto empieza a calentar el sol, me vuelvo al chalecito. Me encanta la vida rural: recargo energías respirando aire puro, cuido mi jardín y, además, cerca hay un pequeño bosque donde en verano recojo setas y frutos del bosque. Tuve que ausentarme del pueblo durante una semana. Al volver, encontré la puerta abierta. Pensé que alguien había entrado, seguramente buscando dinero o joyas. Pero no había señales de robo, todo estaba en su sitio. Sólo encontré un plato en la mesa, y yo nunca dejo la vajilla fuera cuando salgo, menos aún si sé que no volveré enseguida. Me di cuenta de que alguien había estado viviendo aquí en mi ausencia, y eso me molestó mucho. Al entrar en el salón vi a un niño profundamente dormido en mi sofá. ¡Ahora todo tenía sentido! El niño se despertó y me miró con ojos soñolientos. Ni siquiera intentó huir, se sentó y me dijo: —Perdone que haya entrado así. Vi que era un niño educado y humilde. Me dio mucha pena. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunté. —Dos días. —¿Tienes hambre? ¿Qué has comido? —Tenía empanadillas. Aún me quedan, ¿quiere usted? Me ofreció lo que le quedaba. Ya estaban algo pasadas. —¿Cómo te llamas? —Ivancito. —Yo, Larisa Dimitrievna. ¿Por qué estás solo? ¿Dónde están tus padres? —Mi madre suele dejarme solo. Cuando vuelve, siempre está de mal humor, se desquita conmigo y me repite que soy un problema, que sin mí sería feliz. Hace dos días me volvió a gritar y no lo aguanté más, así que me escapé. —¿Y si te está buscando? —Estoy seguro de que no. No es la primera vez que me marcho días, y ni lo nota. Sin mí está más tranquila, y cuando vuelvo tampoco parece alegrarse. Resultó que el niño vivía con una madre que se dedicaba a buscar novio en vez de cuidar de él. Se quedaba muchos días fuera y el chico tenía que apañárselas solo. Me dio mucha lástima, aunque como jubilada no podía hacerme cargo ni adoptar a nadie oficialmente, y él no quería ni oír hablar de ir a un centro de acogida. Le di de cenar y le dejé quedarse una noche más: aquí estaría mejor que con aquella madre. Esa noche apenas dormí. Al amanecer recordé que una buena amiga, Natalia Semenova, trabajaba en servicios sociales, así que la llamé para pedir consejo. Poco después, gracias a ella, pude adoptar a Ivancito. Fue inmensamente feliz, y su madre renunció sin problemas. Ahora vivimos los dos juntos. Ivancito le cuenta a todos que soy su abuela. Yo no puedo estar más feliz de que la vida me regalara un nieto. Es un chico listo y despierto. Este otoño empezó primero de primaria y su maestra suele felicitarle. Lee con soltura y ya domina las sumas y restas.