Recuerdo que, cuando llevé a Luz a casa, mi padre quedó boquiabierto; el sudor cubrió su rostro como si acabara de subir una colina bajo el sol de Madrid.
Aquella primera traición quedó grabada en mi mente como una lección que jamás olvidaré.
Desde pequeño había sido inseguro por mi estatura diminuta. En el jardín de infancia era el más bajo de la clase; incluso las niñas parecían más altas que yo. No tenía amigos y jugaba solo; cuando los demás niños me quitaban los juguetes, me mantenía callado y soportaba el desdén sin quejarme a mis padres.
En la escuela primaria la situación no mejoró. Me apodaban «el chiquitín», me ridiculizaban y yo, aprisionando los puños, aguantaba el maltrato. Cuando las burlas se hicieron insoportables, pedí a mis padres que me inscribieran en una sección deportiva.
Pasaron los años y nadie me reconoció. Crecí, me fortalecí; mi cuerpo se volvió musculoso y atlético. Ya en cuarto de la ESO, las chicas empezaron a fijarse en mí, pero yo guardaba las heridas de la infancia y no quería acercarme a nadie.
El primer romance y la primera desilusión
Al entrar en la universidad, mi vida cambió. Gané confianza, hablaba con facilidad y las muchachas mostraban interés sin mucho esfuerzo. Así fue como conocí a Alicia, estudiante de arquitectura que vivía sola en un piso de Lavapiés. Al principio solo la acompañaba hasta la entrada del edificio, pero una noche ella me invitó a su salón y empezó nuestra relación íntima.
Sin embargo, aquello no me colmó de verdadera felicidad. Un día, siguiendo el dictado de mi corazón, le propuse:
Casémonos.
Alicia soltó una carcajada:
Pablo, tienes toda la vida por delante. Eres guapo, atlético y, créeme, tendrás muchas más chicas. Puedes salir con quien quieras y, al final, escoger a la mejor.
¿Hablas en serio? mi voz se volvió helada.
Claro encogió de hombros tengo un novio. Es el más apuesto y adinerado del barrio, me envía dinero para no vivir en la residencia. Solo nos vemos en vacaciones; contigo paso las noches.
Sus palabras me hirieron como puñalazos.
¿Solo soy una opción temporal? pregunté amargado.
Pablo, me gustas de verdad, pero tú sabes replicó.
Me levanté y empecé a recoger mis pertenencias.
¿Te has ofendido? se burló Alicia, mirándome con desdén. Mejor que hayas descubierto la verdad ahora. No confíes en una chica a la primera; conócela bien antes de entregar el corazón.
Me alejé sintiéndome utilizado.
El calor del hogar en vez de ilusiones rotas
Al volver a casa dejé la maleta junto al portal.
Hijo, ¿qué ha pasado? preguntó mi madre, preocupada. ¿No habrá boda?
Que se joda respondí brevemente, sacando de mi bolsillo un anillo. Tócalo. Te será más útil a ti que a mí.
Mi madre, con melancolía, lo miró.
Qué anillo más bonito, lo usaré yo misma exhaló. Ven a la cocina, he horneado tus empanadillas favoritas y preparado té de menta. Sentémonos, hablemos.
Sentí el calor y el cariño que tanto me había faltado en los últimos días.
Otro golpe al orgullo
En la universidad evité a Alicia, pero ella actuaba como si nada hubiera sucedido. Salía de clase tomada del brazo de Carlos, le susurraba al oído y luego desaparecía por la calle.
Comprendí que sus palabras no eran más que excusas; yo solo había sido un entretenimiento pasajero, una pieza de sustitución hasta que surgiera una opción mejor. Esa idea dejó una amargura profunda en mi pecho.
Días después, un nuevo desafío se presentó.
Pablo, ven a mi fiesta de cumpleaños me dijo inesperadamente Teresa, una de las chicas más guapas del grupo.
¿Sería esa una oportunidad de algo sincero o una trampa más?
Así quedó escrita aquella etapa de mi vida, recordada ahora con la nostalgia de quien ha aprendido que la confianza se gana, no se regala, y que las ilusiones de la juventud a menudo se disuelven en el crudo reflejo del tiempo.







