Doña Esperanza León enfermó de repente. Ninguna de sus hijas vino a visitarla mientras estuvo en cama. Solo su nieta Amalia se ocupó de cuidarla. No fue hasta los días previos a Semana Santa cuando se presentaron las hijas, como siempre, con la excusa de llevarse los manjares del pueblo que su madre había preparado.
Esperanza León salió al portón a recibirlas.
¿Y vosotras, a qué habéis venido? preguntó ella, fría.
La mayor, Carmen, se quedó pasmada.
¿Pero mamá, qué te pasa? exclamó atónita.
¡Nada! Ya está bien, queridas mías. Lo he vendido todo
¿Cómo? ¿Y nosotras? las hijas no entendían nada.
La vida en Valdeolivas era sosa y monótona. Todo lo que alteraba la calma de aquel lugar se convertía en acontecimiento memorable.
La llegada de Amalia, nieta de la antigua encargada del ultramarinos del pueblo, fue todo un revolcón. Decían que alguna mujer de sensibilidad fina suspiraba de la impresión al verla.
¡Ay, qué Amalia! decían las vecinas. ¡Qué lista es! ¡A todas nos ha adelantado! ¡Que se mueran de envidia las demás!
Era verdad: la mayoría de las “señoras” del pueblo no podían ocultar su recelo cuando veían a Amalia recorrer las polvorientas calles en un reluciente todoterreno, tan caro como brillante.
Todo el vecindario salía a la puerta para no perderse el histórico momento. Las viejas hasta se secaban alguna lagrimita con el pañuelo.
¡Parece un cuento de hadas, como el de la Cenicienta!
¡Si ya la llamaban “Cenicienta” desde niña!
Ahora Amalia podía mirar con indulgencia a sus paisanos, esos mismos que antes se reían de ella abiertamente.
Desde el coche saludó con la mano a Pablo, el músico local.
¡Don Pablo, qué alegría verle! ¿Y la salud?
Todo bien, Amalia. Pásate un día por el centro cultural, estamos con los ensayos.
¡Claro que sí, Pablo!
El imponente coche se perdió en la curva del camino y los curiosos fueron dispersándose poco a poco. Pablo se sentó satisfecho en el banco junto a la entrada del centro cultural.
¡Vaya muchacha! Ha logrado lo que quería. Ahora les toca demostrar a nuestros médicos lo que valen.
La vieja Casilda preguntó:
¿Y eso por qué, Pablo?
Porque hoy a muchos les va a entrar la envidia, Casilda. ¡Ya verás!
Casilda negó con la mano, se santiguó y se marchó a su casa.
Pablo no se ofendía: no lo decía con maldad. Sus pensamientos volaron al pasado, removidos por el regreso de Amalia…
En la vida de Amalia, Pablo había sido fundamental. Literalmente.
La niña quedó huérfana muy pronto. Su madre falleció y el padre, hacía tiempo que había desaparecido. De toda la parentela, nadie quiso cargar con ella y Amalia pasó casi dos años en un internado. Pero algo se removió en el corazón de Esperanza y fue a por su nieta.
El pueblo vio su gesto con buenos ojos. Todavía trabajaba en la tienda y su jefa la elogió entre sus compañeras:
¡Si todas fuéramos como Esperanza León!
Pero no todos eran tan benévolos:
Ahora dan buena ayuda económica, por eso la ha recogido. ¿De verdad creéis que esa mujer tiene bondad en el alma? ¡Si tiene un genio!…
La fama de la antigua encargada del ultramarinos no era impoluta precisamente. Buscaba la trampa en cada transacción, pero nadie la enfrentaba. Así era la costumbre.
Esperanza era famosa también por sus broncas con los vecinos.
Solo a sus dos hijas y a su hijo trataba bien. El hijo, médico en el hospital de la comarca; las hijas, en Madrid. Pero venían a menudo a casa para reponer despensa; en eso, la señora Esperanza sí que tenía arte.
Gallinas, patos, algún cerdo en el corral,… Con dos hectáreas de tierra, la producción era para envidiar.
Pero la señora ya notaba el peso de los años. Pagar a alguien para ayudar costaba demasiado. Así que pensó en su nieta.
Contaba a su amiga de toda la vida, Zoila, su plan.
Voy a traerme a Amalia. Basta de internados. Encima la gente me critica por haberla dejado allí.
Zoila dependía de Esperanza: también trabajaba en la tienda.
Haz bien, Esperanza. La niña ya es mayor, te servirá de ayuda en la casa.
¡Claro! Mientras yo trabajo, ella cuida el corral.
¿Y el colegio? Que ahora los críos llevan una marcha tremenda…
Sin tonterías ni actividades extraescolares. ¡Bastante tengo con alimentarla!
La pequeña Amalia estaba feliz. Cumplía obediente lo que la abuela mandaba, y pronto todos la llamaban Cenicienta.
Muchas del pueblo lo criticaban. Al poco, hubo quien se lo dijo claro a la abuela:
¡Esperanza, te pasas! ¡Da pena ver a Amalia tan delgadita!
Pero ella cortaba de raíz:
¡No os metáis! Mirad vuestras casas. Además, la niña quiere trabajar. Cuando acabe el colegio, la mando a estudiar veterinaria.
A Esperanza ya le había dictado el destino. Todo habría seguido igual… si no se hubiera cruzado el azar.
Un día de verano llegó una nueva directora al centro cultural. Marina, recién salida del Conservatorio de Castilla, venía con ganas de buscar talento. Pablo no tardó en ofrecerse para echar una mano.
Señora Marina, nada más quiero un instrumento mejor y me vuelvo a volcar con la música popular. Antes íbamos por todos los pueblos animando las fiestas.
Al día siguiente, Marina le invitó a probar los instrumentos.
No son gran cosa, Pablo, pero alguno sirve.
Pablo cogió el acordeón y se puso con una melodía alegre.
Por mujeres no faltaban para formar un grupo, pero faltaba la solista. Él se lo dijo a Marina:
Dirigir un grupo sin solista es como un cocido sin garbanzos. ¿Dónde hay una jovencita que cante bien?
Ella sonrió:
Sé dónde buscarla. ¡Llévese el acordeón!
En la escuela, el casting era todo un acontecimiento. Amalia, animada por su tutora, fue a probar, aunque ella dudaba:
Señora Ana, no puedo. Mi abuela se enfadará.
No pasará nada, hablaré con ella. Es como si la suerte llamara a tu puerta.
Amalia tenía la mirada entre el miedo y la curiosidad.
Está bien… Pero que sea rápido.
Cantó todo su repertorio, lleno de coplas y canciones populares, que solía entonar para las cabras.
Marina no se pudo contener:
¡Qué voz! Es un diamante en bruto.
La eligieron y, tras la intervención de las maestras, la abuela tuvo que reducirle responsabilidades en el campo.
A Esperanza le sentó fatal:
¿Y qué? ¿Ahora la alimento para que ande de concierto en concierto? ¿Y de qué me sirve a mí?
Zoila, soñadora, le decía:
Tú ahora reniegas, pero imagina cuando Amalia sea artista y salga en la tele…
¿Y qué me trae eso? Aquí hace falta ayuda en la casa.
Zoila la miró como si la desconociera:
¡Dicen la verdad, que eres como la madrastra de la Cenicienta! ¡Amalia siempre cansada!
Tras esa charla, la amistad de toda la vida se quebró y Esperanza se quedó sola.
Mientras, Amalia empezaba a ser celebridad provincial, paseándose con el grupo por festines y ferias. En el concurso de la comunidad ganó de calle. Pero la fama no la cambió; seguía mimando a su abuela y, cuando Esperanza enfermó, no se separó de su lado.
Ninguna hija vino a verla. Solo llegaron, como siempre, antes de Semana Santa, queriendo viandas.
Esperanza salió a recibirlas.
¿A qué venís? preguntó, helada.
¿Pero mamá? Carmen apenas reconocía a la madre.
Nada. He vendido la finca y la granja. Ya no puedo seguir con todo esto.
¿Y nosotras?
Vais al mercado a comprar lo que necesitéis. ¡Ya no me queda salud!
¿Y Amalia?
Esperanza se afirmó:
Amalia no es sirvienta vuestra, ni tiene obligación de trabajaros. Cuando enfermé, ninguna vino. ¡Solo os acordáis cuando hay algo que sacar! Se acabó. ¡Yo también quiero disfrutar mi vejez!
Que Amalia estudie, que igual sí llega a ser artista.
Las hermanas se marcharon con las manos vacías. Esperanza fue a casa de Zoila:
Gracias por abrirme los ojos. Estuve a punto de arruinarle la vida a Amalia. Ahora ayúdame a vender la carne.
¿Qué carne, Esperanza?
Todo, menos una cabra que me reservo.
Bien hecho. ¿Y las hijas?
Nada. No dependo de ellas, que aprendan a buscarse la vida…
Pasaron los años y Amalia no volvió a Valdeolivas, pero llamaba a su abuela, le enviaba dinero y, con tantas giras y clases, apenas sacó una semana para regresar.
En el asiento trasero, el pequeño Mario preguntó con voz adormilada:
¿Mamá, falta mucho para llegar donde la abuela?
No, hijo, ya hemos llegado. Mira, allí nos espera.
A su edad, Esperanza estaba vital. Cogió a su bisnieto en brazos y lo colmó de besos.
¡Ay, mi sol! ¡No pensé que llegaría a ver este día!
A Amalia la abrazó más con mesura, sin despeinarle el moño.
¡Te vi por la tele y eras la más guapa!
No exageres, abuela. Sigo siendo sencilla, solo canto un poco…
¡Qué va! ¡Eres una verdadera artista!
Si no hubieras estado tú, y don Pablo, nada de esto habría pasado. Seguiría siendo una Cenicienta.
En los cuentos, la hada madrina hace magia. Pero tú te ganaste todo con tus manos…
Amalia escondió sin querer sus manos, que de niña tanto trabajaron. La abuela notó el gesto.
Se abrazó a ella, llorando y pidiéndole perdón, aunque su nieta hacía tiempo que había dejado atrás los rencores.
Lo importante era saber que, pase lo que pase en la vida, tenía a alguien propio a quien cuidar y querer…







