Cuando mi tía empezó a servir la comida de la olla, saqué de mi bolso unas toallitas antibacterianas…

Recuerdo aquella vez, hace ya muchos años, cuando tuve que pasarme por la casa de mi tía Teresa en Madrid para entregarle unos papeles importantes. Apenas nos veíamos, más bien solo coincidíamos en reuniones familiares de Navidad o Semana Santa, así que aquella visita fue toda una excepción motivada por la urgencia de la situación. Mi tía, aunque nunca tuvo una vida fácil, no vivía mal en cuanto a lo material; su problema era más bien otro. Siempre he creído que la limpieza y el orden son fundamentales, que se puede vivir con pocos recursos, pero siempre manteniendo la casa decente y recogida.

Sin embargo, la casa de mi tía era el reflejo de un caos permanente. Recuerdo aquellas estanterías repletas de polvo y de toda clase de figuritas de porcelana, juegos de café antiguos y tarros de cristal guardados por si acaso, amontonados en pilas imposibles. En el baño, la bandeja del gato Benito, que mi tía apenas limpiaba una vez por semana, despedía un olor insoportable. Por el suelo, junto a la entrada, se acumulaban papeles, bolsas y hasta cáscaras de fruta. Un olor agrio a comida pasada y cañerías llenaba el aire.

Cuando me senté, mi tía me ofreció algo de comer y se puso a poner la mesa con cierta ceremonia. Mientras iba sacando platos y cubiertos, no pude evitar fijarme en lo sucios que estaban. Entonces, sin pensarlo, saqué de mi bolso unas toallitas desinfectantes y empecé a limpiar los tenedores con discreción.

Pero claro, ella se dio cuenta al instante. Al ver que removía la comida sin demasiadas ganas, mi tía preguntó, con voz ofendida:
¿Es que no tienes hambre o es que la comida no te gusta, Rosario?

¿Qué podía contestar yo en ese momento? Me sentí tan incómoda… ¿Alguna vez os habéis encontrado en una tesitura parecida?

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Cuando mi tía empezó a servir la comida de la olla, saqué de mi bolso unas toallitas antibacterianas…