Cuando mi marido y yo estábamos justos de dinero, mi suegra se compró un abrigo de piel, un televisor y vivía como una marquesa en Madrid.
Pero, años después, la vida le cambió…
A los dieciocho me quedé embarazada. Mis padres, en ese momento, no me apoyaron; pensaban que era demasiado joven para tener un hijo. Para colmo, mi marido acababa de entrar en el servicio militar. Las abuelas de ambos lados, como si se hubieran puesto de acuerdo:
-El bebé es problema tuyo.
No pienso hacerme cargo de tu criatura ahora mismo me soltó mi madre con toda la tranquilidad del mundo.
Y mi suegra directamente ni quería hablar conmigo. Así que acabé viviendo con mi tía paterna.
Ella tenía entonces 38 años, sin hijos, volcada por completo en su trabajo. Nunca criticó a mis padres:
Lo entiendo, no lo tuvieron fácil cuando naciste. Se dejaron la piel por sacarte adelante. Hubo días que no había ni para comer. Mi padre trabajaba descargando camiones por las noches para traer algo de dinero.
Pero ahora están bien, cómodos. Papá cobra un buen sueldo y tienen un piso de dos habitaciones. Mamá también trabaja. Y yo estoy a punto de tener un niño.
¿De verdad no les importará? le pregunté preocupada a mi tía.
Ahora mismo buscan vivir un poco para ellos, no te lo tomes mal. Ya vendrán tiempos mejores, tú tranquila.
Así que nada de ayuda por su parte. Recogí mis cosas y me mudé con mi tía.
Cuando mi marido terminó la mili, nuestro hijo tenía ya casi año y medio. Mientras él estuvo fuera, mi suegra jamás vino a ver a su nieto. Mis padres aparecieron contadas veces, dos en total.
Mi marido encontró trabajo como mecánico y, aunque intentó sacarse el graduado al mismo tiempo, le fue imposible. Seguimos viviendo con mi tía hasta que, cuando mi hijo empezó la guardería y yo conseguí trabajo, mi tía tuvo que mudarse a otra zona de Salamanca. Así que nos buscamos un piso de alquiler.
Al poco tiempo falleció la abuela de mi marido.
Mi suegra vendió el piso de la abuela y, con ese dinero, se puso a hacer reformas y a comprarse todo capricho que le apetecía. Mi marido le suplicó que no vendiera el piso: incluso le propuso pagarle una mensualidad para recuperarlo en el futuro, pero ella ni caso.
¿Y por qué iba yo a sacrificarme? Bastante llevo esperando para poder reformar la casa y darme algún gusto. ¿Vais a hacerlo vosotros? soltó mi suegra con toda su ironía a la petición de su hijo.
Pasaron cinco años y nació nuestra hija. Sabíamos que necesitábamos una casa propia. Mi marido empezó a irse a trabajar fuera, a Alemania. Pero ahorrar suficiente para un piso en España fue una odisea. Seguíamos de alquiler, luchando por llegar a fin de mes.
Mientras, mi madre estaba sola en un piso de tres habitaciones; mi padre, que se había divorciado hacía dos años, no tenía hueco para su hija y sus nietos. Irme a casa de mi suegra, ni pensarlo: renovaciones constantes y poco interés en ayudar.
Después de varios años de esfuerzo, conseguimos ahorrar y comprarnos nuestro propio piso en Valladolid. Nadie nos ayudó.
Hoy nuestro hijo mayor termina Segundo de ESO, y la pequeña está en Primaria. Saben lo que es luchar por cada euro. Nos costó, pero ahora no nos falta nada: cada uno tiene su coche, y todos los veranos nos vamos a la playa, generalmente al sur.
Y la única persona a la que de verdad le debemos todo es a mi tía. Siempre, para lo que necesite, puede contar con nosotros.
Nuestros padres, sin embargo, han tenido sus propios reveses. A mi madre la despidieron y hace poco llamó a pedirme ayuda. Le dije que no.
Mi suegra ha acabado igual. Se jubiló, pero no quería vivir ajustada. Se fundió hasta el último euro de la venta del antiguo piso. Mi marido le aconsejó que vendiera su casa grande, reformada, y que se pasara a una más pequeña, de una sola habitación.
Al final, ni mi marido ni yo le debemos nada a nadie. Criamos a nuestros hijos de otra forma, como nos habría gustado a nosotros. Siempre los vamos a ayudar en todo. Y estoy segura de que cuando seamos mayores, podremos contar con ellos igual que nosotros hemos estado ahí para ellos.





