Cuando me jubilé, vivía solo en un piso grande de dos habitaciones en pleno barrio de Chamberí, aquí en Madrid. Te diré, en nuestro bloque éramos un montón de jubilados que seguían en casas mucho más grandes de lo que realmente necesitamos. Cuando los hijos crecen y la familia está toda junta, pues claro, un piso amplio es necesario, pero cuando cada uno toma su camino, lo que sobra es espacio vacío… y eso da una sensación de soledad tremenda. No es lo ideal, y menos cuando tu casa ya pide una reforma, pero ni las fuerzas ni la pensión dan para meterse en grandes obras.
Solo pagar la luz, el agua y la comunidad me costaba casi la mitad de mi pensión, y para colmo, ni siquiera utilizaba la mitad de los metros. Y entre limpiar cristales, pasar la fregona y mantener todo impoluto en un piso tan grande, acababa cada día molido, ya ni te cuento.
Veía claro que tenía que mudarme a algo más pequeño, pero me costó una barbaridad decidirme. Le tenía cariño al piso y al barrio, y pensar en dejar atrás a mis amigos y a toda una vida me daba vueltas en la cabeza. Pero cuando me di cuenta de verdad de que ni de lejos podía mantener aquel pisazo, ni en lo económico ni en lo físico, ya no hubo marcha atrás.
Por suerte, mis sobrinos me echaron una mano con todo el lío de la mudanza; yo solo ni de broma lo habría hecho. Mi hija Lucía y su marido, Álvaro, fueron los que me ayudaron a buscar un piso nuevo y lo dejaron listo para entrar a vivir. Aunque ahora tengo mucha menos superficie, te juro que no me arrepiento para nada de haber dado el paso.
Para los que vivimos solos y ya peinamos canas, un apartamento de una sola habitación es perfecto. Los gastos han bajado un montón, limpio a fondo en una horita y luego, con sólo diez minutos al día, mantengo todo decente.
No me siento nada atrapado, todo lo que necesito cabe justito: mis muebles de siempre, los electrodomésticos… incluso sobra algo de sitio. Los dueños anteriores dejaron un armario esquinero enorme que me hace de trastero, y el balcón lo tengo aprovechado para los cacharros de la limpieza. En la habitación, solo lo esencial: un sofá cama, una estantería y la mesa baja de siempre.
Todo lo viejo, la vajilla esa de toda la vida, y el montón de cosas que guardas “por si acaso” se fueron al punto limpio. Aquí no hay hueco para acumular, y la verdad, que ni falta que me ha hecho nada de eso.
Hay gente que piensa que un estudio es demasiado pequeño para vivir cómodo, y sí, es verdad que si vienen invitados a dormir no tienes dónde ponerles, pero a mí nadie me ha pedido nunca quedarse a dormir y, sinceramente, no me apetece cambiar eso. Llevo años con mis costumbres y mi ritmo, y la presencia de alguien más me rompería la rutina. Así que como no hay cama extra, el problema se resuelve solo.
Mi hija y sus hijos viven a dos calles, y cuando vienen de visita charlamos, tomamos café, y luego cada uno a su casa. Mis amigas se pasan de vez en cuando, pero todas se marchan después del rato. Seguramente alguna querría quedarse, pero no es práctico compartir la habitación.
Cada cual tiene su propia idea de dónde quiere pasar la vejez. Hay quienes no dejan su piso grande ni por todo el oro del mundo, y otros no tienen problema en cambiarlo por un sitio más recogido. Yo con la edad ya no necesito un piso gigante, pero si tuviera salud y dinero quizá podría permitirme algo más amplio.
Cuando un jubilado piensa si quedarse o mudarse, yo creo que no solo hay que fijarse en los metros. Importa mucho tener cerca una buena farmacia, el mercado, el centro de salud, y sin duda que los hijos vivan cerquita, para que no sea un mundo ir a verlos. También viene bien contar con un parque donde pasear o una placita, que siempre anima a salir de casa.




