Cuando los propios hijos se vuelven extraños: historia de una madre
En mi juventud, llena de energía y esperanza, yo, Natalia Fernández, me dedicaba por completo a mis hijos. La gente a mi alrededor advertía: “No te disuelvas en ellos por completo, deja algo para ti”. Pero yo no escuchaba. Ahora, con 69 años, me encuentro sola y no hay nadie que me acerque un vaso de agua. Las palabras de esas personas ahora resuenan en mi cabeza como un eco, y lamento amargamente mi comportamiento pasado.
Mi esposo, Alejandro, falleció cuando nuestro hijo tenía solo cuatro años y nuestra hija seis. Quedarme sola con dos niños pequeños fue un desafío. Trabajaba en dos empleos para asegurarles todo lo necesario. Mi madre me ayudaba, pero solía recordarme: “Los niños necesitan a una madre, no solo el pan de cada día”. Pero ¿quién nos habría mantenido si me quedaba en casa?
Intentaba compensar la ausencia de su padre rodeando a mis hijos de cariño y mimándolos. Pensaba que así podría llenar el vacío que dejó la muerte de Alejandro. Los niños crecieron y formaron sus propias familias. Me esforzaba por ser una abuela ideal para mis nietos, continuando con la dedicación total a la familia.
Una mañana me desperté y me di cuenta de que no sentía mis piernas. Con dificultad logré alcanzar el teléfono y llamé a mi hijo. Él contestó: “Mamá, tengo muchas cosas ahora, no puedo ir”. Mi hija no respondía las llamadas. Llamé a emergencias y llegaron sin hacer preguntas.
En el hospital diagnosticaron trombosis en las piernas. Los médicos dijeron que los coágulos podrían haberse desprendido en cualquier momento, lo que habría llevado a una tragedia. Me esperaba un largo tratamiento y estricto reposo. Rogué a mis hijos que me visitaran. Cuando finalmente vinieron, dijeron directos en la habitación: “Tenemos nuestras propias preocupaciones, no podemos cuidarte”.
Mi hija explicó que su hijo menor iba a entrar en la universidad y que la esposa de mi hijo estaba con gripe. Consideraron que estaría mejor sola en el hospital. Tales “razones de peso” para dejar a su madre en una situación grave.
Al ser dada de alta, volví a mi vacío apartamento. No tenía fuerzas ni para cocinarme. Mi vecina, Ana García, ofreció su ayuda a cambio de un pequeño pago. Nos hicimos amigas, apoyándonos mutuamente con nuestras modestas pensiones.
Ahora, mirando atrás, entiendo que la sobreprotección y los mimos no sustituyen el amor y el respeto verdaderos. No enseñé a mis hijos a valorar y respetar a los demás. En mi juventud sembré permisividad, y en la vejez cosecho soledad.
Quiero dirigirme a todos los padres: no os diluyáis por completo en los hijos, no os olvidéis de vosotros mismos. Enseñadles amor y respeto, no solo a satisfacer sus caprichos. Lo que sembréis en sus corazones en la juventud determinará lo que recogeréis en la vejez.







