Cuando llegó el otoño y Don Vicente García enfermó, todo cambió. Los vecinos llamaron al teléfono:
¡Carlos, ven ya! Tu padre está acostado y no puede levantarse solo.
Al fallecer Doña Carmen, la casa al filo del pueblo quedó sumida en un silencio pesado. Don Vicente, su marido, quedó solo. Los vecinos comentaban:
Le será muy duro sin Carmen, ella lo hacía todo: el huerto, la casa, las gallinas y la vaca.
Él, sin embargo, se aferró a la rutina. Por la mañana cuidaba al ganado, al mediodía salía al patio a reparar alguna cosa, para que sus manos no quedaran ociosas. Sentarse a lamentarse no era de su carácter. Con los años, la salud empezó a fallar; después de los setenta los pies comenzaron a cederle.
Su hijo Carlos, que vivía en Madrid, llegaba con frecuencia y se sentaba en la banca del porche:
Papá, ¿qué tal si te mudas con nosotros? Aquí te resultará más fácil, y te cuidaremos.
No, hijo reponía Don Vicente. Vosotros tenéis vuestra familia y vuestras ocupaciones. Yo no quiero ser una carga. Aquí sigo siendo dueño de cada rincón.
Carlos suspiraba, pues conocía bien el orgullo silencioso de su padre, que nunca aceptaba la lástima ajena.
La nuera, Begoña Martínez, escuchaba esas conversaciones sin intervenir. Vivía con Carlos en la capital, trabajaba como enfermera y tenía dos adolescentes. Para ella el suegro siempre parecía severo y algo distante, como si le reconociera sin llegar a mostrarle calor.
Pero aquel otoño, cuando Don Vicente se enfermó, los vecinos volvieron a llamar:
¡Carlos, ven! Tu padre está tendido y no se levanta.
Carlos no tardó en subir al coche. La casa estaba fría, la cocina vacía. Don Vicente yacía en la cama, demacrado y encorvado.
Papá se acercó el hijo, ¿por qué te quedas callado?
Nada movió la mano el anciano. No quería cargaros con mis problemas. Pasará, me levantaré.
Sin embargo, no se levantó. Tras una visita al hospital quedó claro que él solo no lograría seguir. Carlos volvió a insistir:
Múdate con nosotros, la clínica está cerca y siempre estaremos a tu lado.
No quiero ser un peso. Tenéis niños, trabajo ¿Para qué servirá yo?
Entonces Begoña tomó la palabra. Miró al cansado suegro y sintió una punzada de dolor.
Papá dijo por primera vez con sincera ternura, basta ya de resistir. No eres una carga, eres parte de nuestra familia. Ven con nosotros y todo irá mejor.
Don Vicente la miró sorprendido, como si por primera vez viera en ella no solo a una nuera, sino a una mujer de corazón cálido.
¿Y tú no te opones, sobrina? preguntó en voz baja.
En absoluto, papá respondió ella sonriendo. Tenemos sitio suficiente, los niños se alegrarán.
Así fue como llegó a la ciudad. Al principio le resultó extraño el bullicio, la gente, el patio estrecho en lugar del huerto. Begoña se encargó de que se sintiera como en casa: le preparó su garbanzado favorito, le lavó la ropa y colocó en su habitación una vieja lámpara que trajeron del pueblo.
Una noche le dijo:
Gracias, hija.
¿Por qué? preguntó ella.
Por no haberme dejado caer. Carlos es bueno, pero tú eres como Carmen. Ella también tomaba todo con el corazón, lo que fuera más duro.
Begoña contuvo las lágrimas; por primera vez en años escuchó que el suegro la llamaba hija.
Los nietos corrían a abrazar al abuelo, escuchando sus historias de juventud, de cómo él y su mujer construyeron la casa. Les enseñó a tallar barcas de madera y a cantar cantos antiguos.
Extrañamente, la casa que antes estaba siempre a contrarreloj ahora se llenaba de calidez con la presencia de Don Vicente. Begoña comprendió que no había sido ella quien había hecho un bien a su suegra, sino él quien regaló a toda la familia su presencia.
Un día Carlos le comentó a su esposa:
Jamás imaginé que lograrías esto. Papá siempre estuvo orgulloso, y temía que no nos llevarais a buen puerto.
No importa respondió ella riendo. Sólo había que ver en él a un hombre que también necesita amor.
Don Vicente vivió varios años más entre ellos, floreciendo pese a las dolencias. En las fiestas se reunían todos alrededor de la mesa y él decía:
La mayor felicidad es tener a quien ofrecer un vaso de agua y a quien tener con quien compartir la vida.
Cuando llegó su último día, agarró con fuerza la mano de Begoña y susurró:
Gracias, hija, por no dejarme morir solo.
Tras el funeral, Begoña permaneció junto a la tumba y sintió que no había perdido solo a un suegro, sino a otro padre.
Así, la historia enseña que el verdadero tesoro no se mide en bienes ni en la edad que llevamos, sino en el amor y la compañía que brindamos y recibimos; porque solo en esos lazos se encuentra la verdadera riqueza.







