13 de abril de 2024
Hoy he sentido la necesidad de poner por escrito todo lo que he vivido últimamente. Cuando le conté a mi marido la noticia de mi embarazo, esperaba ver sus ojos brillando de emoción, incluso lágrimas de felicidad en su rostro. Pero para mi sorpresa, permaneció inexpresivo, con aquella seriedad impenetrable. No supe comprenderle. Siempre habíamos soñado juntos con ser padres, habíamos superado pruebas muy difíciles, tratamientos y visitas a especialistas. Quizás, cuando por fin me quedé embarazada, ya se había resignado a que la paternidad no formaría parte de nuestro destino. Es curioso, porque no mucho antes de saber que estaba embarazada, él mismo mencionó la posibilidad de adoptar un niño. Y sin embargo, en ese preciso momento, su cara solo reflejaba una amarga insatisfacción. Pensé que solo necesitaba tiempo para asimilar la noticia y que pasaba por un mal momento. A pesar de todo, la felicidad que sentía por dentro no me la quitaba nadie.
Vivía en una nube, rebosante de una felicidad tan anhelada, que al fin era realidad. Desgraciadamente, el embarazo fue bastante complicado y pasé largas temporadas ingresada en el hospital. Al final, tuve que dejar mi trabajo por pura necesidad. Lo peor era que mi marido no solo no estaba contento, sino que se negó a apoyarme en todo ese proceso. Cada día le notaba más distante, más irritable y hasta agresivo, como si mi embarazo le resultara una molestia insoportable. Estar embarazada no es un trabajo, no llevas ningún peso encima todo el día. Yo necesito una esposa, estoy harto de llevar yo solo la casa, de trabajar como un burro de sol a sol, repetía con acritud. Intenté explicarle, una y otra vez, que los médicos nos habían advertido de no forzar el cuerpo, de no cargar pesos, de no agotarnos para no poner en peligro la salud del bebé… pero jamás quiso entenderlo.
Finalmente me tuvieron que hospitalizar de nuevo y mi marido ni siquiera llamó, ni preguntó cómo estaba, ni pasó a verme. El parto fue una cesárea de urgencia, y nuestro hijo nació prematuro. Gracias a Dios, sano. Llamé a mi marido ilusionada, creyendo que tal vez la noticia de la llegada de nuestro niño le conmovería. Su respuesta fue seca: Enhorabuena. Esas palabras, aunque sencillas, fueron lo más bonito que le escuché decir en mucho tiempo. Pero cuando regresé a casa después del alta, descubrí que se había marchado.
Sentí miedo, una soledad heladora y una tristeza que me arrastraba, pero también una fuerza nueva dentro de mí. Por el bien de mi hijo, me juré a mí misma que haría todo lo posible para construir nuestro propio camino hacia la felicidad. Debo ser fuerte, encontrar en mi interior el coraje que siempre me ha acompañado. Pase lo que pase, haré todo lo necesario para que mi niño crezca rodeado de amor y para recuperar mi alegría, aunque sea poco a poco, como las flores que renacen en la primavera castellana.






