Mira, te tengo que contar lo que me pasó con la madre de Víctor… De verdad, parece sacado de un capítulo de Los Serrano pero sin risas enlatadas. Esta vez vino más crítica que nunca, como si fuera la mismísima inspectora de sanidad. Según entra por la puerta, ya me suelta:
Lucía, hija, ¿has dejado de pasar la aspiradora del todo? Que tengo los ojos llorosos de la cantidad de polvo Mira, parece que tienes una alfombra de pelusas en el suelo
Yo, sentada en la mesa, apretando los puños bajo el mantel, solo la veía recorrer el piso buscando defectos: que si las estanterías, que si el alféizar, que si los juguetes tirados… Lleva tres años con las mismas visitas y ya se me hace eterno cada vez que viene Carmen, con ese aire de majestad como si fuera la dueña del piso.
Pues ayer limpié todo, hasta pasé la aspiradora y quité el polvo le respondí intentando que no se me notara el tembleque en la voz. Lo que pasa es que por la mañana los críos han estado jugando.
Ya, pero es que hay que limpiar cuando toca, no cuando apetece. En mis tiempos
Y se sienta en el sofá como una reina, pasando el dedo por el brazo del sillón, buscando una pizca de polvo para hacerme la cruz.
Cuando yo tenía tu edad los suelos estaban tan limpios que te podías retocar el pintalabios en el reflejo. Los niños siempre perfectos, ni una arruga en la ropa, y la casa, qué orden. Que mi suegro, en paz descanse, podía venir cuando le daba la gana a inspeccionar y ni una mota de polvo encontraba. Así te lo digo.
La historia del suelo reluciente la habré escuchado ya unas cincuenta veces, y no exagero, ¿eh?
¿Y hoy qué les has hecho de comer a los niños?
Sopa de verduras.
¿Está en la nevera? y se levanta directa para la cocina. A ver, enséñamela.
Saca la olla, la olfatea como si fuera a encontrar algo sospechoso y prueba un cucharón con tal cara que dan ganas de reír.
Te has pasado con la sal. Y mucha zanahoria… Lucía, que los niños no son conejos. A Víctor de pequeño yo le hacía otro tipo de sopas. Siempre se las terminaba y hasta pedía repetir.
Me callo ¿Para qué discutir?
¿Y para desayunar qué les das? ¿Otra vez los cereales esos del súper? Lucía, ya te lo he dicho que solo grano natural, por Dios. Mira, Clara, la mujer de mi sobrino Sergio, pues deja el grano en remojo toda la noche y por la mañana hace gachas recién hechas. Y así sus niños nunca enferman.
Clara, la perfecta. Con los hijos perfectos y la avena en remojo más perfecta aún.
Carmen, los copos de avena también son naturales, ¿eh?
Ay, no me hagas reír. Si todo es comida rápida con vosotras… En mis tiempos ni la palabra existía. Nosotras todo hecho en casa, con mimo, horas en la cocina.
Y después, a repasar la habitación de los niños
Oye, y a dormir, ¿a qué hora los metéis en la cama? Porque yo anoche llamé a las nueve y Martina todavía estaba despierta.
Sobre las nueve y media, normalmente.
Eso es tardísimo. La rutina en la infancia es sagrada. El mío a las ocho ya estaba en la cama y ni rechistaba. Porque había disciplina. Aquí os tiráis el día mimando
Muerdo el labio, de verdad. Me dan ganas de decirle que ya no estamos en la posguerra, que la psicología infantil ha cambiado, que mis niños no son como era Víctor de niño Pero ¿para qué? Si solo se escucha a sí misma.
Y tanto taller moderno mira los dibujos de Martina. Que si manualidades, que si pintura Vamos, tonterías. A Víctor le apunté a natación y ajedrez, eso sí que es crecer Lo de pintar pueden hacerlo en casa sin gastar dinero.
Pero a Martina le encanta dibujar, de verdad. Tiene talento.
¡Talento! bufa. Eso te lo dicen en la academia para sacarte el dinero. ¿Qué talento a los cuatro años?
Vuelve a sentarse, cruzando los brazos con drama.
Mira, Lucía, las madres de ahora os habéis vuelto muy blandas. Solo sabéis del móvil y del internet. La casa manga por hombro, los niños malcriados, los maridos muertos de hambre. Mira Clara, lo tiene todo: trabaja, la casa reluciente, tres niños, todo. Y tú, con dos, y ya te agobias.
Otra vez Clara. Santa Clara de las sábanas impecables.
Yo también trabajo, Carmen.
Sí, sí, claro. Todo el día sentada delante del ordenador con los papeles. ¡Eso es trabajo! En mis tiempos, tenía tres críos, huerto, casa y lo hacía todo. Y a mi suegra nunca le llevé la contraria.
Intenté explicarle lo de los proyectos, que yo también tengo mucha responsabilidad. Pero nada, ella seguía a lo suyo, con la sonrisilla esa de quién sabe que, pase lo que pase, no vas a llegar a su nivel.
Cada vez que venía era otro examen que sabía que iba a suspender: las toallas mal dobladas, el té hirviendo, las plantas mustias, las cortinas que ya iban pidiendo un lavado Tres años sí, tres, con esta presión. Pero yo aguantando, por Víctor, por no montar líos en casa.
Y aquella tarde venía con la lengua afilada. Nada más pisar la cocina, me suelta un bufido por una sartén en la pila.
El pequeño, Diego, de cuatro años, con su plato de sopa delante, también estaba en modo rebelde.
¡No quiero! ¡Está mala!
Lo ves dice Carmen con tono triunfal. Ya te lo decía yo, el niño no come, porque tú no sabes cocinar. Ahora verás cómo se hace una sopa de verdad para niños. Coges un pollo (pero de corral, no esos del supermercado que parecen chicle)…
Y de pronto, algo se me partió por dentro, así, en silencio, como si se rompiera un hilo muy fino. Los años de comparación con Clara, las críticas, el desprecio disfrazado de consejos… Todo me hirvió por dentro. Y por primera vez me levanté de la mesa, mirándola con una frialdad desconocida en mí.
Carmen, ¿usted vino aquí a casa de su marido o lo trajo él a usted cuando se casaron?
Se quedó con la cuchara al aire, sin saber ni qué decir.
¿Qué?
Digo, que si cuando se casó fue a vivir a casa de su marido o él a la suya.
Pues claro, me fui a casa de mi marido… pero eso…
Pues yo a Víctor lo traje aquí. A este piso. De tres habitaciones, que compré con mis ahorros. Ganados haciendo mi supuesto no trabajo delante del ordenador.
Y ahí empezó a palidecer, te lo juro.
Así que aquí decido yo cómo se hace la sopa, a qué hora se acuestan los niños y a qué actividades van. ¿O es que usted ha trabajado mucho fuera? ¿Ha ganado tanto como para comprar algo así?
Le cambió la cara, roja de la rabia.
Pero tú cómo te atreves
No le estoy faltando al respeto, solo le informo: mi sueldo es de tres mil seiscientos euros al mes. Más del doble que Víctor. Así que la próxima vez que quiera darme lecciones, acuérdese de eso.
Diego se quedó mirando boquiabierto, hasta olvidó la sopa. Silencio, tan espeso, que se oía el tic-tac del reloj.
De repente, entra Víctor por la puerta y se quedó frío.
¡Víctor! salta Carmen corriendo hacia él. ¡¿Sabes lo que tu mujer me ha dicho?! ¡Me ha ofendido, humillado!
Para. Víctor la cortó con la mano en alto. Lucía, ¿qué ha pasado?
Y ahí, hablando bajito y con la voz cansada, le solté todo: tres años de comparaciones, de sentirme poca cosa, de críticas por todo, de meterse en la educación de los niños
Le iba cambiando la cara desde el desconcierto al entendimiento, y de ahí a la vergüenza. Se frotó la frente, como si se le hundiera el mundo.
Mamá, ¿de verdad llevas tres años diciéndole esas cosas a Lucía?
¿Yo? ¡Solo consejos!
Sobre la sopa, los talleres, la cama, el polvo cada vez, ¿no?
Ella ni pudo defenderse.
Yo ya me había dado cuenta siguió él, que Lucía cada vez que venías estaba de peor humor, pero pensaba que era el cansancio. Y aquí resulta que lleva aguantando todo esto para no montar jaleo.
Víctor
Mamá le soltó, cansado. Si vuelves a meterte con mi mujer, aquí no vuelves más.
Se quedó petrificada, agarrada a la mesa con los nudillos blancos.
¿Lo dices en serio? ¿Por ella?
Por mi mujer, la madre de mis hijos, la que ha comprado este piso y la que te ha aguantado tres años en silencio para no darme disgustos. Porque sí, mamá, lo digo absolutamente en serio.
Ella lo miró incrédula unos segundos, luego agarró su bolso y se fue dando un portazo, ni se molestó en contestar. Solo levantó la mano al irse, como bendiciéndonos o despidiéndose para siempre.
El silencio aquel pesaba. Solo se oía el reloj y a Diego hurgando en la sopa.
Víctor me abrazó fuerte y yo, por primera vez en años, sentí que me quitaban la soga del cuello.
¿Por qué has callado tanto tiempo? me susurró acariciándome la espalda. Tres años, Lucía, ¿por qué?
No quería que discutierais Es tu madre.
Pero tú eres mi familia. Tú y los niños. Mi madre tendrá que entenderlo. O dejar de ver a los nietos.
Le miré y, te juro, me entraba la risa floja. Por fin me sentía libre. Sentía que por fin cabía aire en el pecho.
¡Mamá, mamá! saltó Diego de repente. ¿Se ha ido la abuela? ¿Ya no tengo que comer la sopa?
Nos miramos Víctor y yo, y de pronto nos reímos como nunca en años.
La sopa hoy hay que comérsela dije, sonriendo. Pero mañana te hago la que más te guste, peque.




