Cuando la llave giró en la cerradura, el corazón de Elvira estuvo a punto de salírsele del pecho, y su alma corrió a su encuentro
¡¿Cuántos errores más vas a cometer?! ¡Y además estos fallos son de risa! ¡Fíjate! María del Pilar, su jefa, clavó una uña perfectamente esmaltada en el informe mensual, a punto de romper su manicura.
¡Venga, fuera, reházmelo! Y, en serio, si no puedes con esto márchate. A pesar de haber sido siempre una mujer elegante y con carácter, cuando se enfadaba la transformación era casi demoníaca.
Elvira salió del despacho en silencio. Apenas quedaba una hora de jornada. Aun así, tenía que rehacer el informe, aunque ya le habían quitado la paga extra.
Era como si todo el universo le diera la espalda. Solo la semana pasada, su madre la había llamado desde Toledo; y, como tantas otras veces, la conversación acabó en gritos. Su madre la acusó de todas las desgracias posibles y le colgó sin más. Elvira no conseguía acostumbrarse, y el dolor le hacía temblar por dentro. Ahora, hasta llamar a su madre le daba miedo.
Dos días antes, había perdido su tarjeta de crédito y tuvo que bloquearla y pedir una nueva, con las molestias y líos que eso implica.
Y a eso se sumó lo de ayer: su única compañía en la vida, la gata tricolor Luna, con apenas un año, se lanzó tras un pájaro al balcón y cayó desde un tercer piso. Elvira vio cómo la gata, tras caer sobre un arbusto, se sacudió y salió andando sin problema pero cuando bajó a buscarla por el patio del bloque, Luna había desaparecido. Ya llevaba casi un día sin aparecer y no había rastro de ella.
Con mucha pena, entregó el maldito informe y se fue dirección a su apartamento en Lavapiés. Ni ganas tenía de pasar por el supermercado.
En casa, se desplomó en el sofá y rompió a llorar de rabia e impotencia. Lloró hasta que le dolieron los ojos y el nudo en el pecho no se soltó ni cuando las lágrimas se secaron. Pensamientos malos le reptaban la mente como culebras. ¿Para qué seguir? A su madre le daba igual, no tenía pareja ni familia, su gata se había esfumado. Y en ese instante, decidió algo sin retorno, sintiendo un extraño alivio.
«Que luego hagan lo que les dé la gana, a ver si así despiertan», pensaba con una rabia sorda. «Pero será demasiado tarde».
Le reconfortaba la idea de no tener que ir al trabajo ni de llamar a su madre una vez más para pedirle perdón por algo que no había cometido. La invadió una especie de euforia vacía.
Justo cuando estaba a un paso de dejarlo todo, sonó el móvil. Un número desconocido destelló en la pantalla. Dudó en cogerlo, pero pensó que quizá, solo quizá, sería la última voz humana que escucharía.
¿Sí? nadie contestaba, y eso la desesperó. ¿Por qué llama si no dice nada? preguntó con fastidio.
Hola la voz grave de un hombre retumbó por el altavoz. Por favor, no cuelgues
¿Quién eres? ¿Qué quieres? Elvira apenas tenía paciencia, ya tenía bastante con lo suyo.
Solo quería oír una voz. Llevo una semana sin hablar con nadie. Pensé, si nadie me responde, pues ya está suspiró al otro lado.
¿Cómo? ¿No tienes a nadie con quien hablar? Baja al parque, da una vuelta. ¡Eso es fácil! Elvira se subió con las piernas al alféizar.
No puedo. Vivo en un quinto, y hace una semana mi mujer se fue la voz perdió fuerza.
Por eso mismo me habría ido yo ¿Pero eres un hombre o qué? No entendía nada, ni la historia de ese desconocido.
Estoy en silla de ruedas. Desde hace menos de un año. Subir o bajar cinco pisos sin ascensor es imposible para mí la voz cobró entonces firmeza.
¿No tienes piernas? soltó Elvira, descompuesta, y se arrepintió al instante.
No, es la médula. No puedo andar, pero aquí estoy, aún puedo sonreír parecía sonreír incluso al decirlo.
Conversaron media hora más, los dos desahogándose entre risas y silencios. Elvira apuntó su dirección en Vallecas y en menos de una hora llamó a su puerta con las bolsas cargadas de comida.
La atendió un joven guapo, en su silla de ruedas.
Soy Elvira solo entonces reparó en que no sabía ni cómo se llamaba él.
Me llamo Sergio y sonrió con tanta luz, con tanta esperanza, que parecía llevar toda la vida esperando ese momento.
Vivían más cerca de lo que pensaron. Elvira empezó a visitarle a diario, y pronto entendió que, comparado con lo de Sergio, sus problemas no eran nada. Y en ese ir y venir, su carácter cambió: se volvió más fuerte, menos frágil, y sabía que podía seguir adelante pase lo que pase.
Como obra de magia, Luna apareció una mañana sentada sobre el felpudo, esperándola a su vuelta del trabajo.
La jefa, como siempre, intentó empezar el día gritando, pero Elvira le puso un alto con aplomo:
María del Pilar, no tiene usted derecho a levantarme la voz ni a humillarme. No sé si podré seguir con este estrés. Si me da una crisis de migraña, me cojo la baja enseguida. ¿Dónde va a encontrar a alguien que le aguante? las otras del departamento no pudieron evitar soltar una risita. La jefa se giró y se fue sin decir palabra.
Poco después, la madre de Elvira la llamó, nerviosa tras varios días de silencio:
¿Pero cómo puedes pasar de tu madre así, hija? ¿No te importa si estoy viva o muerta? ¡Serás insensible, ingrata! ¡Elvira! ¿Me escuchas? Elvira no se dejó llevar.
Hola, mamá. No voy a discutir contigo en ese tono, si quieres hablamos con calma. Su voz fue firme y serena.
¡Cómo te atreves! ¡Cuelgo! chilló ella.
Cuélgalo, si quieres. respondió su hija con serenidad.
Dos días después, la madre la llamó de nuevo. No pidió perdón, no era su estilo, pero por primera vez en mucho tiempo el tono fue pausado y civilizado.
Un mes después, Elvira se mudó a casa de Sergio y alquiló la suya, usando el dinero para costearle un fisioterapeuta y apuntarle a natación los fines de semana en la piscina municipal.
Y, oh milagro, Sergio comenzó a recuperar sensibilidad poco a poco: ya podía mover los dedos de los pies.
Un día, la madre de Elvira enfermó. Ella pidió dos días libres y fue a visitarla a Toledo.
Sergio la esperaba y la echaba terriblemente de menos. Como un perro fiel, pasaba los días tumbado en el sofá, mirando el reloj, deseando que volviera.
Era febrero. Una ventisca azotaba las calles de Madrid. Sergio sabía la hora aproximada en que el autobús regresaría, calculó en qué momento debería verla cruzar el portal, subir los cinco pisos Todos los tiempos se le quedaron cortos y Elvira no aparecía. Se sentó junto a la ventana, sin despegar la vista del vendaval blanco.
No se veía nada. El teléfono de Elvira llevaba horas apagado. Así pasaron uno, dos, tres horas
Cuando la llave giró finalmente en la cerradura, a Sergio casi se le paró el corazón, y su alma corrió hacia ella antes que sus palabras.
¡Sergio, el autobús se quedó atascado en la nieve! Tuvimos que esperar a los de la carretera, y encima el móvil se me apagó enseguida gritó quitándose el abrigo en el recibidor. ¡Sergio! entró al salón y de pronto se quedó helada.
Él estaba de pie, a dos pasos de su silla, sonriéndole.







