«Cuando la hija rechazó a su madre por volverse ‘poco atractiva’»

«No vengas por ahora»: cómo una hija rechazó a su madre por volverse «poco presentable»

—Mamá, mejor no vengas todavía, ¿vale? —dijo Lucía con tono frío, abrochándose las zapatillas en el recibidor—. Te agradezco todo, de verdad, pero ahora… no es buen momento. Quédate en casa, descansa.

Yo ya sostenía mi bolso, lista para marcharme a cuidar a Sofía mientras mi hija asistía a sus clases de pilates. Siempre seguíamos la misma rutina: llegaba, jugaba con la niña y después regresaba a mi pequeño estudio en Vallecas. Pero aquel día algo cambió. Sus palabras me dejaron inmóvil, clavada en el suelo.

¿Qué hice mal? ¿Le puse el body al revés a la pequeña? ¿La acosté tarde? ¿Le di de comer algo inadecuado? ¿O quizás… solo mi presencia ya molestaba?

La razón fue más vulgar y dolorosa.

Todo se reducía a sus suegros. Adinerados, influyentes, con cargos públicos, comenzaron a visitar diariamente a su nieta. Desembalaban regalos de marcas lujosas, ocupaban el sofá de piel que ellos mismos compraron y, por supuesto, el piso también era suyo: un regalo de bodas a la pareja.

Hasta el té era de ellos: una caja metálica de té verde de Granada que dejaban sobre la mesa como símbolo de propiedad. Y Sofía, al parecer, también. Yo sobraba.

Yo, empleada de Renfe con treinta años de servicio, mujer sencilla, sin joyas ni títulos, con ropa de rebajas y el pelo teñido en casa.

—Mírate, mamá —susurró Lucía—. Has engordado. Las canas, la ropa holgada… Hueles a… a vagón de cercanías. ¿Entiendes?

No respondí. ¿Qué podía decir?

Al marcharse ella, me observé en el espejo. Una mujer de mirada agotada, mejillas sonrosadas por la vergüenza, jersey desgastado. La repulsión me golpeó como un aguacero inesperado. Salí a la calle, respiré hondo y entonces… el nudo en la garganta, las lágrimas ardientes.

Regresé a mi estudio, abrí el móvil antiguo. Fotos de Lucía: de niña con trenzas, en la graduación, en la boda… Y Sofía, riendo en su moisés. Ahí estaba mi vida entera. Todo por lo que trabajé. Si ahora me excluían, quizás era lo justo. Mi papel había terminado. Debía retirarme. No estorbar.

Hasta que sonó el teléfono.

—Mamá… —la voz de Lucía temblaba—. ¿Podrías venir? La canguro renunció. Los suegros… no son como creía. Y Alejandro está de viaje con amigos.

Guardé silencio. Luego respondí con calma:

—Lo siento, cariño. Ahora no puedo. Debo… arreglarme. Volverme «presentable», ¿recuerdas? Cuando lo logre, quizás entonces vaya.

Colgué. Y sonreí, por primera vez en años. Triste, pero con dignidad.

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