La esposa hizo la maleta y desapareció hacia un lugar desconocido.
Deja ya de hacerte la santa, mujer. Todo se arreglará. Las mujeres sois de olvidadizas, chillas y luego os tranquilizáis murmuraba Jorge, el hermano, mientras echaba una ojeada distraída por la ventana de su salón madrileño.
La principal meta estaba cumplida: había un hijo, la estirpe no se rompía.
Inés se quedó callada.
Jorge… Inés se inclinó hacia adelante y bajó la voz hasta convertirla en apenas un susurro , hace una semana me dijiste que te habías “encargado” del embarazo de Lucía. ¿A qué te referías?
Jorge dejó el tenedor en el plato y se recostó en la silla.
A lo que oíste. Cinco años mareándome: “No estoy lista”, “la carrera”, “mejor más adelante…”
¿Pero cuándo es “más adelante”? Tengo treinta y dos, Inés. Quería un hijo, una familia normal.
Así que cambié sus pastillas por otras.
Inés se quedó tiesa.
¿Se lo confesaste? ¿Cuándo?
El mismo día que se largó gruñó Jorge. Empezó a gritar y yo le solté que se fuera acostumbrando, que en el fondo era lo que había querido y que yo solo ayudé.
Pensé que se le pasaría, que aceptaría que ya no había vuelta atrás. Pero… está loca. Cogió la maleta y desapareció.
***
Sobre la mesa de la cocina, junto a la montaña de biberones sucios, había un peine olvidado de su hermano.
Inés lo miraba y sentía hervir la rabia. ¿Por qué tenía que ser todo tan desordenado?
El bebé, en la cuna de la habitación, se callaba por fin, pero el silencio no era alivio: en una hora, o dos como mucho, todo volvería a empezar.
Echó mano al albornoz y puso la tetera. Apenas hacía un mes, recogían a Lucía, su cuñada, del hospital. Jorge estaba exultante, traía ramos enormes a las enfermeras, y Lucía…
Lucía tenía la expresión de quien no vuelve a casa sino que va al patíbulo.
Inés lo achacó al cansancio del parto, las hormonas, esas cosas… Pero tenía que haber sospechado entonces.
La puerta de la entrada se cerró de golpe: su hermano volvía del trabajo. Entró a la cocina mientras se aflojaba la corbata y sin saludar, abrió la nevera.
¿Hay algo para cenar? masculló, sin mirarla.
Macarrones en la olla. Y cocí salchichas.
Jorge, acabo de dormirle. ¿Puedes hacer menos ruido?
Jorge bufó mientras buscaba un plato.
Estoy agotado, Inés. Todo el día de pie. Los clientes me tienen frito…
¿Qué, sigue igual el chaval?
A tu hijo, Jorge, dijo Inés dejando la taza sobre la mesa un poco más fuerte de lo normal le llamamos Mateo.
Y ha estado tres horas llorando. Le duele la tripa.
Tú puedes con ello encogió los hombros Jorge, indiferente, sentándose a la mesa. Las mujeres venís preparadas para esto.
Mamá también lidió sola con nosotros dos cuando papá se iba de viaje.
Inés se mordió el labio. Hubiera querido tirarle el plato.
Vivía allí de paso, hasta saldar unos atrasos del alquiler de su estudio, pero en dos semanas era niñera gratuita, cocinera y asistenta.
Y Jorge actuaba como si nada pasara, como si su esposa no hubiera recogido todo y huido sin rumbo.
¿Ha llamado Lucía? preguntó Inés, observando a su hermano devorar la cena a toda prisa.
Jorge se quedó con el tenedor suspendido en el aire, la cara se le ensombreció un instante.
No lo coge. Lo rechaza. Qué… ¿Te imaginas? Dejar al niño… No me entra en la cabeza.
Está enfadada porque le cambié las pastillas. Para que se quedara embarazada más rápido.
Eres un canalla, Jorge dijo Inés, muy bajo.
¿Perdona? Jorge abrió los ojos de par en par . ¡Lo hacía por la familia! ¡Trabajo, traigo dinero!
¡Y ha abandonado al niño! ¿Quién es el malo aquí?
Le quitaste la posibilidad de elegir Inés se levantó . Le mentiste a la persona que supuestamente amabas.
¿Cómo esperabas que reaccionara? ¿”Gracias, cariño, por arruinarme la vida”?
No empieces, Jorge agitó la mano . Se le pasará. ¿Dónde va a ir? El niño aquí, sus cosas aquí…
Cuando se le acabe el dinero, volverá. Mientras tanto… ¿me echas una mano?
No tengo tiempo, en la oficina cierran balances.
Inés no respondió. Salió de la cocina y fue al cuarto del niño.
Mateo dormía con los puñitos cerrados. Inés lo miraba y sentía el corazón desgarrarse.
Por un lado ese ser indefenso, sin culpa. Por otro, Lucía, atrapada en una trampa.
Lastimaba a ambos…
Sacó el móvil y abrió el chat. Lucía había estado en línea hace poco. Inés tecleó, borró y volvió a escribir varias veces.
“Lucía, soy Inés. No te pido que vuelvas. Solo quiero saber si estás bien.
Y… estoy agotada. ¿Podemos simplemente hablar? Sin gritos”.
La respuesta llegó diez minutos después:
“Estoy en un hostal. En tres días tengo que irme de viaje profesional a Zaragoza por tres semanas.
Estaba planeado mucho antes de… bueno, de enterarme de todo.
Cuando vuelva, tramitaré el divorcio. No he abandonado a Mateo, Inés.
Pero no puedo estar allí ahora. No puedo mirarle a la cara; cuando lo hago, veo a Jorge”.
Inés suspiró.
“Lo entiendo. De verdad. Jorge me lo ha contado todo”.
“¿Y él qué tal? ¿Orgulloso?”
“Algo así. Está seguro de que volverás”.
“Que sueñe. Inés, si no puedes más, dímelo. Buscaré a alguien que cuide al niño y te enviaré dinero.
Pero yo con él no vuelvo. Jamás”.
Inés apartó el móvil y exhaló muy hondo. Necesitaba encontrar trabajo, saldar deudas, rehacer su vida.
Pero dejar a Mateo con Jorge, incapaz de cambiar un pañal, tampoco podía.
***
Los tres días siguientes fueron un sueño turbio y sin fin.
Jorge llegaba tarde, cenaba, se tiraba en la cama.
A cada súplica de ayuda respondía: “Estoy muy cansado” o “Tú lo haces mejor”.
Una noche, Mateo lloró tanto que Inés no soportó más.
Entró en el cuarto del hermano y encendió la luz.
Levántate dijo, helada.
Jorge se tapó la cabeza con la almohada.
Inés, déjame, madrugo a las seis.
Me da igual. Ve y acuna a tu hijo. Quiere comer y yo ya no puedo de puro agotamiento.
¿Estás loca? Jorge se sentó, revuelto y furioso. ¡Por eso vives aquí! ¡Te doy techo, pago la luz y el agua!
¿Así que soy la criada? estalló Inés.
Llámalo como quieras refunfuñó. Cuando vuelva Lucía, descansas. Mientras tanto, trabaja.
Inés salió de la habitación en silencio.
Esa noche no volvió a dormir. Sentada en la cocina, mecía la cuna con el pie y pensaba en cómo darle una lección a su hermano. Jorge se había pasado de la raya.
Por la mañana, cuando Jorge se fue, Inés volvió a escribirle a Lucía:
“Tenemos que vernos. Hoy. Aprovechemos mientras no está. Por favor”.
Lucía aceptó.
Quedaron en un pequeño parque de barrio, cerca de casa.
Lucía estaba deshecha: pálida, ojos hundidos, delgada. Se acercó al carrito y miró mucho rato a Mateo. Le temblaban las manos.
Ha crecido susurró . En dos semanas ha cambiado…
Lucía, no te reconoce dijo Inés suavemente.
Lo sé Lucía se cubrió la cara. Inés, no soy una monstruo. Supongo que lo quiero, hay algo ahí dentro, tan hondo…
Pero si tengo que volver con Jorge, compartir la cama con alguien que me ha traicionado así… se me corta el aire.
¿Y si no tienes que volver? preguntó Inés.
Lucía se irguió.
¿A qué te refieres?
Él está convencido de que no puedes escapar. Cree que eres suya y del niño.
Pero mira bien: no es un padre. Es el gerente de un proyecto llamado “Familia Perfecta”.
No se levanta por la noche, no sabe preparar un biberón. Solo quería el diploma de “heredero logrado”, no la paternidad real.
¿Y qué me propones?
Vas a tu viaje. Descansa, trabaja, recupérate.
Yo aguanto tres semanas cuidando a Mateo. Pero en ese tiempo sentamos las bases.
¿Qué bases?
El divorcio. Y la custodia. Lucía, no necesitas volver a él. Busca piso, yo me mudo contigo y te ayudo con Mateo cuando trabajes.
Mis finanzas están remontando; tengo un par de encargos a distancia. Aguantamos juntas. Sin él.
Lucía la miró, incrédula.
¿Te enfrentarás a tu hermano?
Es mi hermano, sí, pero ha sido miserable. No quiero ser cómplice de su engaño.
Él cree que estoy de su lado porque no tengo adónde ir. Se equivoca.
Lucía quedó un buen rato en silencio, viendo a un rayo de sol brincar en el capazo.
¿Y él? No soltará al niño sin pelear. Montará un escándalo.
Lo hará asintió Inés . Pero tenemos un as bajo la manga. Confesó la trampa de las pastillas. Si sale en el juicio, con testigos… Yo lo confirmaré todo.
También diré que nunca te ayudó con Mateo.
No le importa el niño, Lucía. Solo tener alguien que controlar.
Cuando vea que tener a Mateo requiere sacrificio, lo dejará ir.
Preferirá el papel de “padre abandonado y mártir” que enfrentarse al día a día de un bebé.
Por primera vez en mucho tiempo, Lucía esbozó una leve sonrisa.
Has madurado, Inés.
No quedaba más remedio suspiró. Entonces… ¿lo hacemos juntas?
Sí. Gracias, de verdad.
Las tres semanas pasaron volando.
Jorge era cada vez más arisco, irritado porque Inés ya no volaba a servirle el plato cuando llegaba.
¿Cuándo vuelve Lucía? preguntó una tarde, lanzando el maletín en el sofá.
Mañana contestó Inés, abrazando a Mateo.
Por fin. Así podré ir a comer a un sitio decente. Estoy harto de tus macarrones.
A lo mejor le compro algo de regalo. Un anillo, unos pendientes… Eso les gusta a las tías.
Inés lo miró con repugnancia física.
¿De verdad crees que un anillo lo arregla todo?
Oye Jorge se acercó e intentó palmearle el hombro, pero ella se apartó . Basta ya de santa.
Todo pasará. Las mujeres sois así, gritáis y calmáis. Lo importante es que ya hay hijo, la estirpe sigue.
Inés calló.
***
Por la mañana, Lucía llegó mientras Jorge trabajaba. No subió a la casa; esperó en el coche. Inés ya tenía preparadas las bolsas del niño y sus cosas.
Tuvo que hacer tres viajes para bajar todo. Mateo dormía tranquilo en la sillita.
Cuando sólo quedaba dejar las llaves, Inés regresó a la cocina. Las dejó justo donde semanas atrás quedó el peine de Jorge. Encima, una nota:
Jorge, nos hemos ido. No busques a Lucía, ya contactará ella contigo a través del abogado. Mateo está con ella. Yo también.
Querías una familia, pero olvidaste que la familia se construye con confianza, no con mentiras.
Tienes macarrones en la nevera. Ahora te toca apañarte a ti.
Y se marcharon.
Lucía alquiló un piso pequeño pero acogedor en el otro extremo de Madrid. Los primeros días costaron: Mateo lloraba en el sitio nuevo, Lucía rompía a llorar; el móvil de Inés no paraba de sonar con los gritos y amenazas de Jorge.
Jorge chillaba, maldecía, prometía denunciar y reclamar el niño, dejarles sin un euro.
Inés escuchaba, impasible.
Aguantaron.
Pasados unos días, Jorge se calmó y desapareció poco a poco del mapa.
El divorcio fue en el juzgado. Jorge no dijo ni una palabra sobre querer a Mateo en exclusiva.
Inés tenía razón: Jorge no quería problemas, prefería pagar una pensión.
Ni siquiera insistió en ver al heredero.
Madrid siguió, fría y absurda, como en una pesadilla. Y la vida siguió, entre sollozos, risas y la extraña libertad de empezar de nuevo.







