Cuando la esposa hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro: una historia de silencios rotos, manipulaciones familiares y el precio de la maternidad en la España actual

Mi mujer hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro

Deja ya de hacerte la santa. Todo se arreglará. Las mujeres sois de sangre ligera; grita un poco y luego se le pasa. Lo importante es que se cumplió el objetivo: ya tenemos un hijo, el apellido continúa.

Diana se quedó en silencio.

Jorge me dijo entonces con voz muy baja, hace una semana me dijiste que habías arreglado el tema del embarazo de Sonia. ¿Qué significa eso?

Jorge dejó el tenedor y se reclinó en la silla.

Lo que escuchas. Lleva cinco años mareándome con tonterías: que si no está preparada, que si la carrera profesional, que mejor más adelante.

¿Y cuándo es más adelante? Que ya tengo treinta y dos, Diana. Quería un hijo, formar una familia normal, como Dios manda.

Así que le cambié las pastillas.

Diana se quedó pasmada.

¿Se lo dijiste? ¿Cuándo?

El mismo día que se fue masculló Jorge. Empezó a gritar como una loca. Y se lo solté: acostúmbrate, querida, esto lo buscabas tú y yo solo puse una ayudita.

Creía que luego se le pasaría, que vería que no tenía otra. Pero nada… está como una cabra. Cogió una bolsa y se largó.

***

En la mesa de la cocina, junto a los biberones sucios, estaba un peine olvidado por mi hermano.

Miraba la escena y me hervía la sangre. ¿Por qué aquí todo tiene que estar desastrado?

El bebé en la habitación de al lado por fin se había dormido, pero la calma era un espejismo: en una hora, dos como mucho, volvería la función.

Me ajusté la bata y puse el agua para el té. Apenas hacía un mes que recogimos a Sonia, mi cuñada, del hospital. Jorge estaba exultante, repartiéndose entre enfermeras con ramos de flores, y Sonia…

Sonia tenía una cara como si, en vez de irse a casa, fuera caminando al patíbulo.

Yo lo achaqué al cansancio, a las hormonas, al ser primeriza… pero tendría que haberme dado cuenta antes.

De golpe se oyó la puerta: mi hermano volvía del trabajo. Entró a la cocina, quitándose la corbata de mala gana, y se lanzó directo al frigorífico.

¿Hay algo de cenar? preguntó sin ni mirarme.

Tienes macarrones en la olla. Y herví unas salchichas, Jorge. El bebé acaba de caer; por favor, no hagas ruido, ¿vale?

Jorge bufó y se sirvió en un plato.

Estoy molido, Diana. Todo el día de pie. Los clientes qué infierno.

¿Y tu pajarito qué tal?

El pajarito es tu sobrino solté, dejando la taza en la mesa con más fuerza de la planeada. Se llama Álvaro. Y ha estado llorando tres horas seguidas. Le duele la tripa.

Tú puedes con eso Jorge se encogió de hombros apenas mirándome. Sois mujeres, lo lleváis en la sangre.

Mamá también nos crio a los dos sola cuando papá andaba de viaje.

Me mordí el labio. Me daban ganas de tirarle el plato a la cabeza.

Vivía en su casa de forma provisional, hasta arreglar las deudas del alquiler de mi estudio, pero en dos semanas me había transformado en niñera, cocinera y asistenta.

Y Jorge iba como si aquí no hubiera pasado nada. Como si no hubiera su mujer hecho las maletas y desaparecido sin mirar atrás.

¿Ha llamado Sonia? le solté, viendo cómo engullía la cena.

Jorge se quedó un segundo con el tenedor a medio camino. La cara, sombría.

No coge el móvil. Me cuelga. Menuda zorra, ¿eh? Dejar a un niño así hay que estar mal de la cabeza.

Sigue cabreada porque le cambié las pastillas. Para que se quedara antes.

Eres un cerdo, Jorge le dije entre dientes.

¿Qué? abrió los ojos. ¡Si todo lo he hecho por la familia! ¡Trabajo, traigo dinero a casa!

¡Y ella abandona al niño! ¿Quién de los dos es el malo aquí?

Le quitaste el derecho a elegir me levanté. Engañaste a la persona que supuestamente querías.

¿Cómo esperaba que reaccionara? ¿Gracias, cariño, por destrozarme la vida?

Que no empieces Jorge hizo un gesto despreciativo. Ya volverá: aquí están las cosas, aquí está el niño.

Cuando se le acabe el dinero, volverá arrastrándose. De momento ¿me echas una mano?

Yo tengo el cierre contable y no puedo andar líos con el crío.

No contesté. Salí de la cocina y me fui a la habitación del niño.

Álvaro dormía, sus puñitos apretados. Mirándole, se me partía el corazón.

Por un lado, ese ser indefenso, sin culpa alguna. Por otro, Sonia, atrapada en una celda de la que ni sabía que existía.

Me dolían los dos

Saqué el móvil. Sonia estaba en línea hacía tres minutos. Escribí y borré varias veces antes de enviar:

Sonia, soy Diana. No te pido que vuelvas. Solo quiero saber que estás bien.

Y me está costando sola. ¿Hablamos? Sin gritos.

La respuesta llegó a los diez minutos.

Estoy en un hostal. En tres días me voy a una formación en otra ciudad. Era algo que ya tenía planeado, mucho antes de saber que… bueno, hace tiempo.

Cuando vuelva, pienso pedir el divorcio. No abandono a Álvaro, Diana.

Pero ahora no puedo estar ahí. No puedo mirarle. ¡Veo a Jorge en él!

Respiré hondo.

Lo entiendo. De verdad. Jorge me lo contó todo.

¿Y cómo está? ¿Orgulloso?

Más o menos. Cree que vas a volver.

Que sueñe. Diana, si no puedes con todo, házmelo saber. Buscaré cómo pagar una niñera, transferiré dinero.

Pero a él no pienso volver. Jamás.

Dejé el móvil y suspiré largamente. Tenía que buscar trabajo, pagar la deuda, rehacer mi vida.

Pero tampoco podía dejarle a Álvaro a Jorge solo, que no sabe ni cambiar un pañal.

***

Los siguientes tres días fueron eternos.

Jorge llegaba tarde, cenaba y se iba a dormir.

Cualquier ayuda que le pedía con Álvaro la respondía con un estoy agotado o un tú sabrás cómo calmarle.

Hasta que una noche, Álvaro lloró tanto que exploté.

Entré en la habitación de mi hermano y encendí la luz de golpe.

Levántate le dije, helado.

Jorge se tapó la cara con la almohada.

Déjame en paz, Diana. Me levanto a las seis.

Me da igual. Ve y coge a tu hijo. Quiere comer y yo no puedo más, me tiemblan las manos del cansancio.

¿Estás loca? se levantó furioso, despeinado. ¡Para eso vives aquí! ¡Te doy techo, pago la luz, el agua!

¿Así que soy la criada? salté.

Llámalo como quieras murmuró. Cuando vuelva Sonia, entonces descansas. Ahora curra.

Me fui sin decir más.

Esa noche no pegué ojo. Me quedé en la cocina, moviendo la cuna con el pie, pensando cómo meterle en vereda. Jorge se había crecido demasiado.

Por la mañana, cuando Jorge salió, escribí de nuevo a Sonia.

Tenemos que vernos. Hoy. Cuando él no esté. Por favor.

Sonia accedió.

Nos encontramos en un parquecillo cerca de casa.

Sonia estaba pálida, ojerosa, más delgada. Se acercó al carrito y miró mucho rato a su hijo. Tenía las manos temblando.

Ha crecido murmuró. En dos semanas…

Sonia, ni siquiera se acuerda de ti le dije suavemente.

Lo sé se tapó la cara. Diana, no soy un monstruo. A lo mejor hasta le quiero. Muy dentro. Pero si pienso en vivir con Jorge, en compartir cama con quien me hizo eso… me falta el aire.

¿Y si no vives con él? pregunté.

Sonia me miró.

¿A qué te refieres?

Jorge cree que no tienes escapatoria. Piensa que le pertenecéis tú y tu hijo.

Pero seamos claros: no es un padre, es un gestor de proyectos llamado La familia perfecta.

No se levanta por las noches, no sabe preparar un biberón. Solo quería tener heredero, no criarle.

¿Y qué sugieres?

Tú te vas de formación dije convencido. Trabaja y recupérate.

Yo me quedo estas tres semanas. Y mientras tanto, preparo todo.

¿Preparar qué?

El divorcio y la custodia. Sonia, no tienes por qué volver. Puedes alquilar un piso. Yo me iré contigo, te ayudo con Álvaro mientras trabajas.

Estoy a punto de solucionar mis finanzas, he encontrado un par de trabajos en remoto. Nos apañaremos entre las dos. Sin él.

Sonia me miraba incrédula.

¿Me vas a apoyar frente a tu hermano?

Es mi hermano, pero lo que ha hecho es deleznable. No pienso ser cómplice.

Cree que estoy de su lado porque no tengo a dónde ir. Se equivoca.

Sonia guardó silencio largo rato, mirando cómo bailaba un rayo de sol en el capó del carrito.

¿Y él? No va a soltar a su hijo tan fácil. Habrá lío.

Por supuesto asentí. Pero tenemos un as. Él mismo admitió que te cambió las pastillas. Si sale eso en el juicio, con testigos, yo apoyo cada palabra.

Y contaré cómo ayudó en el permiso de maternidad.

No le interesa el niño, Sonia. Solo quiere control.

En cuanto vea que Álvaro da trabajo real, se quita de en medio.

Le es más cómodo ir de padre sacrificado ante los amigos que criar a su hijo.

Por primera vez en mucho, Sonia sonrió.

Has madurado, Diana.

No me ha quedado otra.

¿Entonces sí?

Lo hacemos. Gracias.

Pasaron volando las tres semanas.

Jorge estaba cada vez más amargado: notaba que ya no corría a ponerle la cena en la mesa como cuando llegué.

¿Cuándo vuelve Sonia? preguntó una noche, tirando el maletín al sofá.

Mañana contesté seca, con Álvaro en brazos.

Por fin. A ver si al menos salimos a cenar fuera. Estoy harto de tus macarrones. Habrá que comprarle algún regalo, a ver si así no protesta. Un anillo, unos pendientes Las tías se pirran por eso.

Le miré con un asco casi físico.

¿De verdad crees que un anillo lo arregla todo?

Mira Jorge se me acercó para tocarme el hombro, pero me aparté. Deja ya el drama.

Todo volverá a su sitio. Las mujeres sois así: un rato de bronca y después, punto. Lo importante es que tengo al hijo y la familia sigue.

Me callé.

***

Al día siguiente, Sonia llegó cuando Jorge ya estaba en la oficina. Ni subió al piso; esperaba abajo, en el coche. Yo había preparado maletas, cosas de bebé y lo justo.

Bajé todo en tres tandas. Álvaro dormía en la sillita del coche.

Quité la llave y la dejé en la mesa de la cocina, justo donde hace tres semanas estuvo el peine de Jorge. Al lado, una nota.

Jorge, nos hemos ido. No busques a Sonia: contactará contigo su abogado. Álvaro está con él, y yo, también.

Querías una familia, pero olvidaste que la familia se construye con confianza y no con manipulaciones.

En la nevera tienes los macarrones. Ahora tendrás que apañarte tú solo.

Nos fuimos.

Sonia alquiló un pisito en el otro extremo de Madrid; pequeño, pero agradable. Los primeros días fueron durísimos: Álvaro no se aclimataba, Sonia lloraba a ratos y mi móvil echaba humo con los insultos y amenazas de Jorge.

Él chillaba, nos amenazaba con pleitos, decía que nos dejaría sin un euro.

Yo escuchaba en silencio.

Aguantamos.

A los pocos días, Jorge se fue calmando poco a poco y finalmente desapareció del mapa.

El divorcio se resolvió en el juzgado; Jorge no dijo ni pío de querer la custodia.

Yo tenía razón: no quería más complicaciones y se conformó con pasar la pensión por alimentos.

Ni siquiera luchó por ver al heredero.

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MagistrUm
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