Cuando la chispa se apaga: ¿Reavivar el matrimonio o abrazar la libertad? La inesperada propuesta de Víctor y la decisión de Elena tras veinticinco años juntos en Madrid

Escucha, Begoña… ¿Y si probamos una relación abierta? susurró Óscar, como si temiese que las paredes pudieran enfadarse.
¿Qué dices? Begoña tardó en reaccionar, como si su nombre acabara de perder sentido.¿Hablas en serio?
Pues sí… Es algo normal contestó él, encogiéndose de hombros, esforzándose para que su voz sonara despreocupada. En otros países europeos lo hacen. Hasta dicen que así el matrimonio se mantiene vivo. Te lo dije: un poco de dulce con la dieta nunca ha matado a nadie, ayuda a no pasar hambre. Pues esto es igual, un poco de variedad.

Begoña parpadeó, con la extraña lentitud de los sueños. Comparar a una amante con un bombón le pareció tan absurdo que hasta las paredes del salón susurraron de burla.

Óscar… Si te quieres ir, vete, de verdad. Te concedo la libertad, pero no me arrastres a esta pantomima.
¡Pero mujer, no te pongas así directamente! Yo te quiero. Pero… se ha apagado el chisporroteo. Estamos como dos estatuas tumbadas espalda contra espalda, siempre hablando de Mercadona y de facturas de la luz. Nos falta una sacudida. No te corto las alas. Sal, conoce a alguien, diviértete. ¿Es tan grave?

Begoña degustó esas palabras con el paladar del alma. Por cómo tamborileaba los dedos en la mesa, supo que mentía. Decía desear libertad hoy, pero ya la andaba deseando desde hacía años.

Sincérate, Óscar. ¿Ya tienes a alguna, verdad? ¿Por eso buscas lavarte la conciencia con esta farsa?
Jolín, ya estás con esas se defendió Óscar, levantando la mano en gesto teatral. ¿Para qué te lo iba a preguntar entonces? Ya me arrepiento de haberlo mencionado. Eres una mujer de otro siglo. Olvídalo

Se marchó con aire de mártir ofendido, dejando tras de sí ráfagas de rencor. Begoña se quedó sola, con pensamientos que marchaban alrededor de la lámpara como avispas enloquecidas.

Veinticinco años juntos. Había soportado su euforia y sus miserias, la crisis, el estirar el euro como un chicle, esperas eternas frente al reloj mientras aquel le hablaba de horas extras. Ahora, él, pulcro y satisfecho, le proponía una fechoría contra todo lo que habían sido. «Diviértete», había dicho. Qué palabra tan cómoda.

Esa noche, durmieron cada uno en distintas habitaciones. O eso aparentaron, porque dormir, dormir sólo dormían los espejos. Begoña, en la penumbra, recordó las lilas de los aniversarios, el ardor del primer beso junto al acueducto segoviano, la celebración del nacimiento de su hija. Ahora… Mejor sería que se hubiese ido sin más.

¿Dónde fue el punto de no retorno? ¿Cuando dejó de perfilarse los labios solo para él? ¿Cuando él olvidó la fecha por tercera vez, alegando líos en la empresa? Quizás no importaba ya.

Por un lado, pensó en romperlo todo y pedir el divorcio. Por otro, ¿cómo deshacerse de golpe de media vida?

No había pasión, pero sí costumbre y rutinas tejidas a fuego lento. El hogar era pequeño, pero era refugio. La hija, Lucía, hacía años que se fue a Madrid. Solo les quedaba la vejez, unos muebles viejos y los recuerdos comunes, como aquellos garbanzos del cocido que siempre se quedaban pegados al fondo de la olla. Y Óscar, aunque ya fuese sombra, era también pilar; le pagó la operación a su madre incluso, vendiendo su vieja Harley. Pocos harían eso.

Dentro de Begoña hervía una extraña mezcla de tristeza, rabia y miedo. ¿Pensaría que ya no podría encontrar a nadie? ¿Que era una sombra de mujer, condenada a pasar los días tejiendo jerséis a los nietos y removiendo lentejas, mientras él llegaba a casa oliendo a perfume barato tras sus aventuras librescas?

No, no y no.

Vale declaró al alba. ¿Quieres libertad? Tendrás libertad.
¿Cómo?
Que acepto tu propuesta, Óscar, relaciones abiertas.

Él se ahogó con el café, esperando bronca y sólo hallando una aceptación tranquila.

Bueno… Pues ya veremos, a lo mejor hasta te gusta musitó. Por cierto, hoy llegaré tarde a casa.

Un latido le arañó el corazón. Así de rápido…

El atardecer flotaba gris sobre los tejados de Valladolid. Begoña se sintió vacía, un teléfono Nokia de botones olvidado en un cajón.

Se miró en el espejo. Ojeras, arrugas en las comisuras, la piel menos tersa, pero todavía firme. Cabello abundante. ¿Quizás aún era guapa? Igual el problema no era suyo, sino de Óscar.
Otros hombres sí la miraban. Por ejemplo, Pablo, el nuevo jefe de Recursos Humanos, trasladado hace poco de Burgos. El disimulo nunca fue su fuerte: le lanzaba piropos, sostenía la puerta, le traía café, la invitó varias veces a comer y hasta una noche le propuso cenar en aquel restaurante de la Plaza Mayor.

Pablo, estoy a dieta. Se llama casada respondió Begoña con una sonrisa.
Begoña, estar casada es un trámite, no una condena replicó él, guiñándole. Pero lo que tú quieras.

Óscar pedía relaciones abiertas, animaba a que «disfrutara». Pues bien. Había llegado su oportunidad.

Buenas noches, Pablo. ¿Sigue en pie lo de la cena? Me apetece saltarme la dieta le escribió por WhatsApp.

No era venganza, ni siquiera revancha. Quería recordarse mujer, recuperar el latido que su marido había pisoteado una y otra vez.

La velada fue una extraña mezcla de euforia y vértigo. Pablo era galante, llenaba la copa, escuchaba con atención minuciosa, la miraba como si fuese la única mujer en Castilla.

Begoña sintió pudor, pero también esa vitalidad descarriada que creía enterrada bajo años de cocidos y calcetines por lavar.

¿Vamos a mi piso? propuso él, cuando ella terminó el flan de huevo. Compramos un Rioja y seguimos la noche.

Begoña asintió, aunque dentro de sí una vocecilla chillaba: «¡Despierta!». Pero el rostro de Óscar, ofreciéndole libertad como si fuese una croqueta reseca, la empujó hacia adelante.

Al llegar, el móvil vibró insistente. Óscar. Cortó la llamada una vez, dos, tres. Nada.

¿Sí? contestó, mascando la compostura.
¿Dónde demonios andas? espetó él. ¡Son las diez! ¡En la nevera se oyen grillos y tú sin aparecer! ¿Te has vuelto loca?

El mundo se volvió cristal roto. Pablo, comprendiendo el torbellino, se esfumó a otra habitación.

Estoy en una cita, Óscar.
¿Cómo que en una cita?
¿Tengo que repetírtelo? Fuiste tú quien propuso esto, me dijiste que probara… Así que eso hago. ¿Ves cómo duele cuando la flecha señala hacia el otro lado?

Silencio, roto por su respiración enfurecida. Luego, una represa estalló.

¿De verdad has ido con otro? ¡Era una broma! ¡Solo quería comprobar si tú! vaciló, balbuceó. ¿Tanto te faltaba que ni una noche aguantaste?

Begoña se quedó muda.

¿Y tú? ¿Esta noche con quién estabas?
¡Con nadie! En la oficina, como siempre bufó él. Mira, no quiero líos. O recoges tus cosas, o me voy yo. Fin.

Colgó. Begoña se quedó ante la pared, sintiendo el descenso al abismo.

¿Todo bien? preguntó Pablo, asomándose.
Es sólo una tontería intentó sonreír, sin conseguirlo.
Mira, Begoña, creo que la noche se ha agriado. Mejor vete a arreglar tus cosas dijo él, con delicadeza de cirujano.

El hechizo se rompió, la carroza fue calabaza, el caballero se esfumó en la niebla. Nadie quiere participar en la tragedia doméstica de otro. Él buscaba una aventura, no la biografía de un divorcio.

Lo más sensato habría sido simplemente firmar los papeles. Pero las mejores decisiones llegan siempre, como los trenes, cuando una ya está en el andén equivocado.

Esa noche, Begoña no volvió a casa. Se instaló en una pensión céntrica. Temía la explosión de Óscar y necesitaba tiempo para asumir que el pasado nunca volvería.

Tres años después…

La vida decidió, como un escultor implacable, amputar todo lo que sobraba, aun a costa de herir.

Óscar halló sustituta mucho antes de lo firmado. Tan pronto vendieron el piso, la nueva novia le abandonó fugazmente, llevándose su parte del dinero.

Con Pablo tampoco llegó a nada. Seguían viéndose en la oficina, sí, pero sin gestos ni sonrisas. Descubrió que, cuando la palabra «compañero de vida» asoma en el horizonte, muchos hombres evaporan su entusiasmo.

Pero Begoña no buscó a nadie más. Descubrió, en su nueva casa, que sobran horas y energía cuando una deja de cargar con el traje invisible de esposa abnegada.

Empezó a nadar por las mañanas, y el dolor de espalda se evaporó. Apuntóse a inglés y cortó su melena a lo garçon. Cambió el vestuario; ya no para gustar a nadie: ahora solo se gustaba a sí misma.

Y lo mejor: se convirtió en abuela.

Lucía, su hija, tuvo una niña hacía seis meses. Al principio, durante el estallido del divorcio, Lucía se puso al lado de su padre, que se vistió de víctima con gran habilidad, pintando a Begoña como la culpable de su desgracia. Pero el tiempo dio la vuelta a todo. Lucía cruzó Castilla para hablar, para mirar a su madre a los ojos. No halló una mujer alegre y traicionera, sino a alguien cansada, sincera.

Begoña contó la verdad: que fue Óscar quien propuso aquello. Que la soledad convivía con ella desde hace años. Lucía, ya casada, entendió. Y cuando Óscar se enredó con otra tan deprisa, la lealtad acabó definitivamente del lado de la madre.

Ahora, Begoña mecía a su nieta, Sofía, en la cocina de Lucía. La pequeña intentaba atraparle el dedo pulgar con ambas manos.

Papá ha vuelto a llamar masculló Lucía, torciendo el gesto. Que si podía venir a ver a Sofía.
¿Y tú?
Le he dicho que este finde no estamos, suspiró Lucía. No quiero que venga. Habla mal de ti; otras veces me pide ayuda para que volváis. Me pongo de los nervios cuando aparece. Tampoco quiero que acabe enfrentando a Sofía contigo. Que siga disfrutando de su libertad…

Begoña guardó silencio y estrechó más a la niña.

Óscar lo consiguió: absoluta libertad. Nadie le esperaba para cenar, nadie le recordaba sacar la basura ni apagar la tele. Por fin supo a qué sabe la libertad amarga, como la soledad cuando ya es demasiado tarde.

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MagistrUm
Cuando la chispa se apaga: ¿Reavivar el matrimonio o abrazar la libertad? La inesperada propuesta de Víctor y la decisión de Elena tras veinticinco años juntos en Madrid