Hace seis meses que el marido de Inés la dejó y, desde entonces, he intentado apoyarla en todo lo que he podido en este momento tan complicado. Sin embargo, el último mes apenas parecía interesarse por hablar conmigo; se la notaba distante y evitaba cualquier tipo de contacto. Intrigado y algo preocupado por su estado, tomé la decisión de pasarme por su casa y ver cómo estaba realmente.
Al llegar, Inés me recibió casi sin ganas, con un semblante serio y poco amigable. Estaba metida en la cocina preparando algo y, buscando romper el hielo, le comenté lo bien que olía la comida. Ella respondió deprisa y enseguida volvió a la cocina diciendo que tenía que vigilar que no se le quemara lo que tenía al fuego.
Mientras esperaba en el salón, recibí una llamada de mi mujer en la que me avisaba de que tendría que quedarse en la oficina hasta tarde, algo que, la verdad, se venía repitiendo últimamente mucho más de lo normal. Curiosamente, fue justo por esta época cuando noté que Inés, que antes siempre me contaba con detalle todo lo que le ocurría, había dejado de confiarme cualquier cosa de su vida personal.
Justo después de colgar con mi mujer, sonó el móvil de Inés, que estaba apoyado a mi lado en la mesa. Al mirar la pantalla, vi el nombre de mi esposa. Sin apenas pensarlo, descolgué la llamada y, efectivamente, era mi mujer al otro lado. Pero, para mi sorpresa, se dirigió a Inés con una calidez impropia y le dijo que llegaría en breve porque la echaba muchísimo de menos.
En ese instante me golpeó la verdad como una ola: mi amiga Inés llevaba meses acostándose con mi mujer a mis espaldas. Abrumado por la revelación y sin apenas poder gestionar esa avalancha de sentimientos, salí de la casa. Me sentía desconcertado, pero a la vez tuve una sensación extraña de alivio, como si por fin me quitara una losa de encima. Ya no tenía que soportar más a una pareja perezosa, poco trabajadora y que apenas aportaba algo a nuestra vida, siempre dependiendo de mí para todo, incluso en lo económico.
Con el tiempo, decidí observar cuánto tardaría mi mujer antes de que Inés se cansara de ella. Sorprendentemente, convivieron juntos unos seis meses, hasta que Inés, finalmente, la puso de patitas en la calle. Mi mujer pensó que la acogería de nuevo, pero yo tomé la decisión de cerrar esa puerta para siempre. Ahora disfruto de una vida tranquila en Madrid, libre del peso y la toxicidad de esa relación.
Esta experiencia me enseñó que, a veces, los peores golpes pueden convertirse en el comienzo de una nueva libertad. Hay pérdidas que son, en realidad, inesperadas oportunidades para empezar de nuevo.




