Mira, Begoña, te cuento lo que me está pasando. Cuando estaba en el curro, mi marido, Juan, fue a buscar a los niños al cole y, cuando llegué a la puerta de su piso en el centro de Madrid, él no me la abrió. Vivo ahora con mis padres, y los peques están con Juan, no porque los quiera mucho, sino porque él ha decidido castigarme así.
Nos conocimos de manera muy guay, gracias a un amigo en común. Nos gustamos al instante y, sin darle muchas vueltas, decidimos casarnos sin esperar más. Un año después nos casamos, y yo ya estaba embarazada. Los papás de ambos nos echaron una mano con la búsqueda del piso: nos compraron una modesta vivienda de una habitación en Lavapiés. Era pequeña, pero era nuestro hogar.
En cuanto nació nuestro hijo, Alejandro, empezaron los problemas. Juan no estaba preparado para los cambios de humor del bebé, las noches sin dormir y el caos de juguetes por todos lados. Le molestaba que tuviera que cambiar pañales a cada rato y que yo estuviera siempre al pie del cañón con nuestro pequeño.
Un año más tarde, otra buena noticia: llegaba otra bebé, Lucía. Pero la relación con Juan se fue deteriorando. Vivir en esa habitación era un agobio, él se ponía irritable y estábamos discutiendo a cada momento. Juan me echaba la culpa de todo: de que mis padres no nos hubieran conseguido una vivienda decente, de que había engordado después de los dos partos, de que era una mala madre y de que los niños hacían mucho ruido. Poco a poco la familia se fue desmoronando.
Decidí meter a los niños en una guardería y buscar trabajo, porque antes solo estaba en casa. Juan empezó a llegar cada vez más borracho y las exigencias contra mí y los peques fueron aumentando. Entonces pensé que lo dejaría, que saldría con los niños a un piso alquilado y que me ganaría la vida por mi cuenta.
Conseguí un curro y, por casualidad, conocí a un tío muy agradable. Empezamos a salir, y eso me sirvió de válvula de escape. En casa sólo había que limpiar, lavar, cocinar, planchar y aguantar al marido beodo. Un día ya no aguanté más y tomé una decisión.
Cogí a los niños y me fui. Pasé unos días con mis padres y después alquilé un piso. Un día, mientras trabajaba, Juan apareció en la guardería y se llevó a los niños. Corrí hacia él, pero no me abrió la puerta aunque estaba en casa.
Ahora me ha puesto una condición: o vuelvo al piso, o él presentará el divorcio, los niños se quedarán con él y yo tendré que pagar la pensión. Tengo miedo, porque él tiene relaciones y el juez podría favorecerle. Lo peor es que él no se preocupa por los niños; los usa solo para manipularme. En el fondo sé que, si no cedo a sus condiciones, los niños acabarán cansándose de él y volverán a mí. Pero no sé cómo aguantar hasta que eso pase







