Cuando, hace ya muchos años, plasmé en una hoja blanca «Renuncia María Llopis», no lo hice por debilidad. Lo hice porque ya tenía un plan.
Durante ocho años borraba los rastros de mi pasado del despacho de Nicolás Ortega, y ahora había llegado el momento de devolverlos, uno a uno.
Todo empezó aquella tarde, cuando lo volví a oír alardear de la «historia graciosa» de sus días de instituto. Hablaba en voz alta, con una sonrisa satisfecha, mientras sus compañeros se reían. En la sala también estaba su nueva asistente, una joven de ojos tímidos y voz suave, llamada Begoña.
Cuando los hombres salieron, la encontré en el baño, con lágrimas en los ojos.
¿Qué te pasa, niña? le pregunté.
Nada es que él me humilla. Me habla como si no fuera una persona.
Entonces comprendí que yo no era la única a quien había herido.
Desde aquella noche empecé a observarlo. Cada paso suyo.
Su reloj, siempre dejado sobre el escritorio. El portátil que nunca cerraba con contraseña. Los archivadores del cajón inferior, repletos de firmas falsas y nombres de empresas inexistentes.
Una noche, con el móvil de César, el único recuerdo que quedaba de él, capturé fotografías.
Ayúdame, hijo susurré mientras disparaba en la penumbra del despacho.
Al día siguiente me acerqué a la directora de Recursos Humanos, la señora Pérez, una mujer de mirada aguda y juicio firme.
¿Está segura de lo que hace, María? preguntó.
Él robó no solo dinero, señora Pérez. Robó mi vida.
Dos semanas después estalló el caos en la compañía. Revisiones, auditorías, conversaciones tensas, puertas cerradas con llave. La gente murmuraba por los pasillos.
Nicolás irrumpió en el edificio, traje arrugado, corbata torcida, ojos sin confianza ni sueño.
¿Quién lo ha hecho? ¡¿Quién se ha atrevido a hurgar en mis asuntos?! gritó.
Nuestros miramos se cruzaron.
Por un instante se hizo silencio.
¿Fuiste tú? susurró.
¿Yo? Yo solo limpio, señor. Como siempre.
Días después me convocaron para que diera explicaciones. Dije la verdad: había encontrado documentos sospechosos y los había fotografiado.
No mencioné a César. Ni a nosotros.
Lo despidieron.
Pronto todos los medios hablaban del escándalo:
«Director ejecutivo del Grupo Ortega acusado de estafas financieras y abuso de poder».
Por primera vez en años respiré tranquila. Pero no sentí alegría, solo un silencio denso.
Una noche lluviosa, mientras recogía el cubo y el trapo, se abrió la puerta del despacho.
Allí estaba él, empapado, encorvado, con la mirada vacía.
¿Por qué me lo has causado? preguntó con voz queda.
Por todos los años que has dormido tranquilo sabiendo que habías destrozado dos vidas.
¿Qué quieres decir?
Hablo de tu hijo, Nicolás. Del niño que abandonaste.
Su rostro se palideció.
¿Mi hijo?
Sí. César. Tenía tus ojos. Murió a los nueve años. No logré reunir los sesenta mil euros que necesitaba.
Se hizo un silencio tan pesado como una losa.
No lo sabía, María no lo sabía
Lo sabías. Solo te resultó cómodo olvidar.
Alcanzó a dar un paso hacia mí.
Permíteme al menos ahora ayudarte.
Es tarde, señor. No necesito tus disculpas.
Salí sin volver la mirada.
Esa misma noche el teléfono sonó.
¿Señora Llopis? Le habla el periódico «El Courier de Madrid». ¿Trabajó en el Grupo Ortega, verdad?
Sí, ¿por qué?
Queremos entrevistarla por el valor de decir la verdad.
Guindé el silencio largo. ¿Valor o solo el dolor que, al fin, encontró voz?
Una semana después salió el artículo:
«La mujer que ocho años limpió el despacho del hombre que destruyó su vida».
Una pequeña foto en blanco y negro acompañaba el título. Nicolás había desaparecido. Nadie lo volvió a ver.
Me mudé a un pequeño piso en Valencia. Cada mañana regaba una flor en la ventana, la llamé «César».
Crecía despacio, pero con vigor, aun sin sol.
Una domingo, Begoña llamó a mi puerta.
Señora María, solo quería agradecerle. Desde que contó la verdad, muchas mujeres han encontrado fuerzas para hablar.
Sonreí.
No fui yo quien habló, querida. Fue la vida la que lo hizo.
Al marcharme, abrí el cajón.
Dentro, una vieja foto de César sonriendo.
Encendí una vela y susurré:
¿Ves, hijo? Ahora lo sabes. Y nunca más descansará en paz.
Apagó la lámpara.
Por primera vez en muchos años sentí paz.
Todas las lágrimas que había dejado sobre el frío suelo de su despacho volvieron, como una ola.
Comprendí entonces que la justicia a veces no llega al tribunal.
A veces llega en manos de una mujer corriente, con un trapo, el corazón hecho pedazos y la firmeza de no olvidar jamás.







