Diario personal, jueves.
Esta mañana, al entrar en la pequeña cafetería del barrio, divisé a mi esposa sentada en una mesa junto a la ventana y justo enfrente de ella, un hombre le sostenía la mano con naturalidad, como si fuera lo más común del mundo. Por un instante pensé que me equivocaba. El local estaba casi vacío, y la luz que entraba desde la calle iluminaba justo su mesa, como si toda la escena hubiera sido dispuesta para mí.
Ella aún no se había dado cuenta de mi presencia.
La vi inclinada, hablando en voz baja, mientras el hombre la escuchaba atento. Sobre la mesa, entre los dos, había una pequeña caja oscura, del tipo que suele usarse para regalos. Me detuve junto a la puerta. Noté cómo mi corazón latía tan fuerte, que llegué a pensar que alguno de los pocos clientes allí presentes también podría escucharlo.
Llevábamos ya ocho años casados. Ocho años en los que siempre imaginé que, si algo se torcía entre nosotros, de alguna manera lo percibiría de inmediato.
Pero claramente estaba equivocado.
Avancé unos pasos hacia su mesa.
Y justo entonces ella levantó la mirada.
Su rostro se quedó sin color.
¿Qué haces aquí? preguntó con rapidez.
Miré al hombre. No mostró sorpresa. Al contrario: me observó con calma, como si hubiera estado esperando este encuentro.
Pensé que estabas en la oficina dije yo.
Ella tragó saliva.
Y yo pensaba que tú también.
Mis ojos se posaron sobre la caja entre ellos.
¿Interrumpo algo?
Se hizo un silencio denso.
El hombre se recostó en la silla.
Quizá deberías sentarte dijo con tranquilidad.
Aquella frase me molestó más de lo que hubiese querido admitir.
No lo creo.
Mi esposa, casi con torpeza, guardó la caja rápidamente en el bolso.
Pero era tarde. Ya la había visto.
¿Qué era eso? pregunté.
Negó con la cabeza.
Nada importante.
Fue en ese instante cuando noté que la situación era aún más extraña de lo que parecía. Porque ella no mostraba culpa en su expresión. Estaba asustada.
El hombre miró su reloj.
No tenemos mucho tiempo.
Le dirigí la mirada.
¿Para qué?
Suspiró y miró a mi esposa.
Cuéntaselo.
Ella titubeó. Luego, sacó la caja del bolso y la depositó entre nosotros.
Esto iba a dártelo esta noche susurró.
Abrí la caja.
Dentro, perfectamente conservado, había un reloj antiguo. Lo reconocí en el acto. Era el reloj de mi padre.
Sentí un nudo en el estómago.
Desapareció hace años.
Ella asintió.
Lo sé.
Me dirigí al hombre.
¿De dónde lo has sacado?
Me miró sin apartar la vista.
De alguien que buscó a tu padre durante mucho tiempo.
Las palabras me pusieron en alerta.
¿Cómo dices?
Mi esposa tomó aire.
La verdad es que este hombre me encontró hace unos meses.
La miré con inquietud.
¿Por qué?
Porque tu padre no desapareció por casualidad.
Fue como si todo a mi alrededor se detuviera.
Se llevó algo que no debía dijo el hombre con voz queda.
Volví a mirar el reloj. Parecía uno corriente.
No es más que un reloj murmuré.
Él negó con la cabeza.
No.
Señaló la tapa interior.
La abrí con cuidado.
En el reverso había un número grabado, diminuto.
Es un código explicó.
¿Código de qué?
Sonrió de manera triste.
De una caja fuerte en un banco que dejó tu padre.
Sentí la sangre retumbarme en los oídos.
Miré a mi esposa.
¿Y tú lo sabías?
Sus ojos brillaban, a punto de llorar.
Me enteré hace tres meses.
¿Y no me lo dijiste?
Negó una vez más.
Primero quería estar segura.
El hombre se levantó.
Ya he obtenido lo que vine a buscar.
¿El qué? le pregunté.
La verdad.
Y, dándose la vuelta, fue hacia la puerta.
Mi esposa se quedó frente a mí, con la mirada llena de miedo y de culpa.
Volví a mirar el reloj.
A veces, los mayores secretos de una familia no se esconden en palabras, sino en los objetos que dejamos atrás. Aún no sé si debería abrir esa caja fuerte o dejar que permanezca cerrada para siempre.
En el fondo, ¿quién quiere realmente saber toda la verdad sobre su familia, cuando esa verdad podría cambiarlo todo?







