Cuando ella servía algo del puchero, saqué de mi bolso toallitas antibacterianas y empecé a limpiar los tenedores. Se dio cuenta.

Hace poco me vi envuelta en un sueño extraño: aparecí, como caída del cielo, en el piso de mi tía Rosa, llevando unos papeles que debía entregarle urgentemente. Normalmente solo nos vemos en Nochebuena o en alguna boda perdida, pero aquella tarde gris en Madrid el tiempo parecía fluir como una corriente de agua fría.

La casa de tía Rosa, escondida en una callejuela cerca de Lavapiés, era un museo de objetos impensables. En las paredes, un ejército de trastos y figuras: toros de cerámica, jarras desportilladas, tazas con la bandera de España y botes vacíos de pimientos del piquillo, apilados como si esperasen turno para una partida de dominó. El aire olía a tuberías y lentejas olvidadas en la cocina desde el mes pasado.

En el baño, la arena para su gata llamada Trini era cambiada según el ritmo de los domingos, pero el resto de los días se convertía en una duna sospechosa junto a la pila de basura que crecía bajo el fregadero, como un monumento a la desgana. Abundaba polvo, ecos de duchas pasadas y el espejo, empañado, mostraba mi reflejo como un visitante inesperado.

Mi tía ofreció prepararme algo de comer una tortilla que salió rebotando de una sartén pegajosa y comenzó a poner la mesa. Los platos y cubiertos, al ser depositados ante mí, mostraban la huella de mil comidas pasadas. Mientras ella iba sacando la comida de una olla, saqué de mi bolso unas toallitas húmedas y comencé a limpiar los tenedores con movimientos hipnóticos, como si estuviera pintando al óleo.

Sus ojos, atentos y curiosos como los de su gata Trini, no tardaron en descubrir mi ritual absurdo. Cuando espeté el primer bocado a la tortilla, tiznada de algo indescifrable, tía Rosa me preguntó con voz suave, como si flotara sobre el humo de la cocina:
¿No tienes hambre, Candela, o es que no te gusta?

Me quedé muda. Las palabras, en aquel sueño espeso y tibio, se me escurrían como aceite entre los dedos. ¿Acaso no os habéis visto alguna vez en una situación igual de extraña?

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MagistrUm
Cuando ella servía algo del puchero, saqué de mi bolso toallitas antibacterianas y empecé a limpiar los tenedores. Se dio cuenta.