¿Me oyes, Julián? ¿Entonces tengo que esperar a los cuarenta años para corregir los errores de tu juventud? ¿Y por qué ahora tengo que pagar por el hecho de que en tu garaje te resultara más interesante que con nuestro propio hijo? preguntó Begoña, con una auténtica sorpresa en la voz.
¡Begoña, basta de tonterías! insistía yo, tratando de calmarla. Fui un tonto. No te valoré. No comprendía lo que estaba perdiendo. Y ahora todo se ha acabado; Esteban ya ni siquiera me reconoce como su padre.
¿Y en qué se equivoca él? esbozó Begoña una amarga sonrisa. Durante diecisiete años vivió con el vecino, no con su papá. ¿Pensaste que podías encender y apagar a un niño como si fuera la tele cuando te dabas la gana de jugar a ser padre?
Me quedé pensativo, el ceño fruncido. En mi mirada surgió esa irritación conocida, la que Begoña siempre detecta cuando el tema gira en torno a mis obligaciones paternas.
Begoña, ya basta. Son cosas del pasado. Dame una oportunidad más le rogué con terquedad.
¿Para que te diviertas y me dejes a mí con otro niño que crece sin padre? cruzó los brazos sobre el pecho. Gracias, una basta. No, Julián, eso ni se discute.
Mi rostro se tornó una mueca de ofensa y rabia. No supe qué contestar, así que solo gruñí y me clavé en el móvil.
El enfrentamiento quedó en pausa, pero el problema siguió allí. Esa charla dejó en Begoña una pesada sensación. No se trataba sólo de mis exigencias; ella sentía una herida por nuestro hijo, Esteban.
Begoña tenía veintitrés cuando nació Esteban. Aún recordaba la mañana en la maternidad, exhausta y feliz, sosteniendo al pequeño envuelto en una manta blanca. Yo la observaba como un buitre, sin apartarme ni un paso. Brillaba de alegría, ajustaba la manta, besaba a Begoña en la frente y, a veces, con reverencia, tomaba al niño en brazos.
¡Mira qué carita tienes! Con esa pequeña hendidura en la barbilla exclamaba yo, los ojos chispeantes. Ahora soy padre, Begoña. Empiezo a entenderlo. Lo haré todo con él: paseos, cambitos, enseñarle a jugar al fútbol Seré el mejor papá del mundo, lo verás.
Begoña me miraba con la misma luz esperanzada. Creía cada palabra mía. Pensaba que tendríamos una familia perfecta, llena de amor, cuidados y alegrías compartidas.
Pero la realidad, como suele pasar, resultó más prosaica y dura.
Una noche profunda, Begoña rondaba la habitación con ojeras marcadas, meciendo al bebé que llora de cólicos por tercera vez. Yo, incómodo, me revolcaba bajo la manta, tirando la cabeza contra el colchón.
¡Déjalo ya! siseó con voz baja. Mañana tengo que ir al curro, me levanto temprano.
En esos momentos Begoña se retiraba a otra habitación, con lágrimas de impotencia. El niño gritaba más fuerte, queriendo quedarse en el dormitorio, pero ella no tenía alternativa. Cerraba la puerta y, durante horas, mecía a Esteban solo para que yo pudiera dormir.
Los fines de semana, agotada tras una semana sin sueño, Begoña imploró tímidamente:
Julián, ¿puedes pasearte con él dos horitas? Estoy al borde del colapso, quiero dormir
Begoña, después. Ahora no puedo, tengo planes. Los colegas me deben una pieza de coche para reparar.
Pero ya no puedo
Anda, eres fuerte, lo superarás. Yo volveré y te ayudaré.
La puerta se cerró, dejándola sola con su fuerza y el cansancio de la maternidad. El después nunca llegó.
El tiempo pasó. Esteban creció. Begoña intentó crear alguna conexión entre padre e hijo. Un día se acercó a mí, sentado en el sillón viendo el partido, y le ofreció al pequeño de mejillas rosadas.
Tómalo, pasa un rato con él pidió, no para descansar, sino para unirnos como familia.
Yo acepté a regañadientes, como si me hubieran entregado un paquete sospechoso. Lo sostuve con los brazos extendidos, sin abrazarlo, mirando el televisor a través de él. Pasados un minuto y medio lo devolví al suelo, sin más.
Esteban ya tenía cinco años. Jugaba en la alfombra construyendo castillos con bloques. Yo pasaba al sofá sin mirarlo, él tampoco alzaba la vista. Ya estaba acostumbrado a mi ausencia.
No se puede decir que fuese un marido irreprochable; aportaba el dinero, ayudaba en la cocina y en la limpieza. Pero la infancia de Esteban la dejé pasar. ¿Es sorprendente que ahora, adulto, no me vea como padre?
Esteban, ¿cómo te va en el cole? pregunté una tarde.
Ah bien, nada especial respondió el chico, algo desconcertado.
¿Y las notas? ¿Todo bien? insistí. Dime si puedo echarte una mano, que estudiar es importante. No quiero que termines limpiando calles.
No, papá, gracias. Todo bien contestó Esteban, y se escabulló a su habitación.
Mira, podemos ir a pescar el fin de semana, si te apetece grité tras él.
Él no respondió. Begoña sabía que aquel día en la escuela había una discoteca y que él había invitado a la chica que le gustaba, pero ella había dicho que no. Y que a él la pesca no le interesaba en absoluto.
El tren ya se había marchado. Esteban ya no era el niño que clamaba por la atención de su padre. La infancia que yo quería recuperar había desaparecido para siempre. Cuando lo comprendí, pensé en un renovado comienzo: otro hijo. Begoña, con el recuerdo de cada noche sin dormir, se opuso rotundamente.
Los parientes se enteraron pronto de los roces en casa.
Hija, lo sé todo, Julián me ha contado. Haz caso a tu madre, ten otro hijo. ¡Julián ha cambiado, maduró! No le niegues una segunda oportunidad. ¡Es una bendición volver a criar a un bebé!
La suegra intervino también.
Begoña, si no lo haces podrías perderlo. El hombre sueña con ser padre. Si tú no lo haces, lo hará otra. Además, os será útil. Pensad en el futuro. Vuestro hijo mayor pronto volará del nido, y el segundo reforzará vuestro matrimonio y os dará apoyo en la vejez.
Escuchar todo eso de otras mujeres resultó doblemente ofensivo para Begoña. Como si su cuerpo y su vida fueran mercancía en una feria de trueque. La veían solo como madre y esposa, no como la mujer cansada que ya había recorrido ese camino y conocía su final.
En su desesperación surgió un plan, medio absurdo pero que demostraría todo. Encontró en el trastero una caja vieja con ropa de Esteban y, entre el polvo, un Tamagotchi todavía funcional, aquel pequeño bichito electrónico que hay que alimentar, divertir, curar y limpiar.
Cuando volví del curro, Begoña me entregó el huevo de plástico con una diminuta pantalla gris.
¿Qué es esto? pregunté, desconcertado.
Es tu período de prueba. Haz al menos una décima parte de lo que te tocará como padre. Este juguete debes alimentarlo a intervalos, cuidarlo, como a un bebé, sólo que pulsando botones. Si haces algo mal, emitirá un pitido constante. Si dentro de un año tu Tamagotchi sigue vivo, creeré que estás listo para un hijo de verdad.
Yo la miré, luego me reí a carcajadas, creyendo que era una broma. Pero al ver su rostro impasible, la risa se tornó en irritación.
¿En serio? ¿Comparas a un niño con ese cacharro?
Pues sí, empieza por eso. Si no puedes con este cacharro, ¿cómo pretendes con un niño?
Me burlé, lo guardé en el bolsillo y, los primeros tres días, me levantaba de madrugada para alimentarlo. Al quinto, empecé a perder la paciencia, pero no abandoné la misión. Pasada una semana, me quejé de que el trabajo me agotaba por la falta de sueño.
Al octavo día, al llegar a casa, lancé el Tamagotchi sobre la mesa. En la pantalla apareció una cruz roja, señal de fracaso.
Se me olvidó alimentarlo. Tengo una urgencia en el curro dije, evitando su mirada.
Desde entonces los pleitos siguieron, pero se fueron calmando. El ambiente de incomprensión y resentimiento quedó, aunque ya no insistía con tanto empeño.
Tres años más tarde, la vida ordenó las cosas. Esteban, ya universitario, trajo a su novia y anunciaron que esperaban un bebé.
Yo, como si fuera un renacido, volvió a hablar del segundo chance, ahora como abuelo. Compré cochecitos con los ahorros, un montón de monosuites y bloques de construcción. Juré ser el mejor abuelo del mundo, siempre presente, siempre ayudando.
Begoña observaba todo con sano escepticismo.
Cuando nació el nieto, la historia se repitió. Las primeras semanas yo me volqué al bebé, lo mecía, sacaba fotos. Pero pronto, tras la euforia inicial, mi impulso se apagó. Insistí en que los jóvenes se mudaran a un piso alquilado y mi ayuda se limitó a visitas esporádicas los fines de semana, cuando el niño estaba ya limpio, alimentado y de buen humor. Cada vez que el bebé lloraba, yo sacaba una excusa: una llamada del trabajo, una reunión urgente, la madre y su casa de campo.
Yo aparecía al rescate, Begoña veía todo el panorama, a su hijo y a su cansada pareja, y comprendía que había tomado la decisión correcta. Esteban se había convertido en un hombre sensible y responsable, que no dejaba a su mujer sola. Yo, en cambio, seguía siendo ese tipo que ama la idea de ser padre, pero no su esencia.







