Cuando el tren ya ha partido

¿Jorge, me escuchas? ¿Entonces tengo que esperar a los cuarenta años para corregir los errores de tu juventud? ¿Y por qué ahora tengo que pagar por el hecho de que en tu garaje te divertías más que con tu propio hijo? preguntó Ana con una mezcla de incredulidad y sarcasmo en la voz.

¡María, ya basta! protestó Jorge, intentando sonar convincente. Sí, fui un tonto. No valoré lo que tenía. No entendía lo que estaba perdiendo. Y ahora todo está perdido; Santi ya ni siquiera me reconoce como su padre.

¿Y por qué no? respondió Ana, esbozando una sonrisa amarga. Durante diecisiete años vivió con la vecina de al lado, no contigo. ¿Pensabas que se puede apagar y encender a un niño como el televisor cuando te apetece jugar a ser papá?

Jorge se oscureció, frunció el ceño y, como siempre, apareció esa irritación familiar que Ana conoce de sobra cuando el tema sonaba a papá.

¡María, basta ya! Son cosas del pasado. Dame una segunda oportunidad exigió con terquedad.

¿Para que te diviertas y dejes todo en mis manos, con otro niño creciendo sin padre? cruzó los brazos Ana. Gracias, pero ya me basta con una. No, Jorge, no hay nada que discutir.

El rostro de Jorge se torció en una mueca de ofensa y rabia. Sin respuesta, soltó un bufido y se refugió en el móvil.

El conflicto estaba agotado, al menos por ahora. Pero el problema seguía latente. La conversación dejó a Ana con un pesado resentimiento, y no por las absurdas exigencias de su marido, sino por su propio hijo, Santiago.

Tenía veintitrés cuando nació Santiago. Todavía recuerdo estar en la salida del hospital, agotada pero feliz, con un pequeño envuelto en una manta blanca. Jorge estaba allí como un buitre, sin despegarse ni un centímetro. Sonreía, ajustaba la manta, me daba un beso en la frente y a veces, con reverencia, le sostenía el bebé en brazos.

¡Mira qué chulo! Igual que tú, con esa carita de chinita en la barbilla exclamó, los ojos brillando. Ahora soy papá, María. Sólo empiezo a entenderlo. Lo haré todo con él: pasear, cambiar pañales, enseñarle a jugar al fútbol ¡Seré el mejor padre del planeta, lo verás!

Ana lo miraba con la misma chispa de ilusión. Creía cada una de sus palabras, convencida de que tendrían una familia perfecta, llena de amor, cuidados y pequeñas alegrías compartidas.

Pero la realidad, como suele pasar, resultó mucho más mundana y dura…

Noche profunda. Ana, con ojeras, se pasea por la habitación, meciendo a un bebé que llora por los cólicos. Ya es la tercera vez en la noche. Jorge, molesto, se revuelca bajo las sábanas, con la manta todavía sobre la cabeza.

¡Déjalo ya! susurra con voz irritada. Mañana tengo que trabajar, ¡a levantarse temprano!

En esos momentos Ana se escabullía a la habitación de al lado, con lágrimas de impotencia. El pequeño gritaba a más puro pulmón, queriendo quedarse en el dormitorio, pero ella no tenía opción. Cerraba la puerta y, durante horas, mecía a Santiago para que su marido pudiera dormir.

Fin de semana. Exhausta tras una semana sin dormir, Ana pide tímidamente:

Jorge, ¿puedes salir a pasear con él al menos dos horitas? Yo ya no doy pie con pie, necesito dormir…

María, ahora no. Tengo planes. Los amigos me prometieron llevar el coche al taller.

Pero ya no puedo…

Anda, que eres fuerte, lo tienes. Yo volveré y te ayudaré.

La puerta se cerró, dejando a Ana sola con su fuerza y la carga del deber materno. El después nunca llegó.

Los años pasaron. Santiago creció. Ana intentó tender algún puente entre padre e hijo. Un día se acercó a Jorge, que estaba tirado en el sofá viendo el fútbol, y le tendió al pequeño que chapoteaba con sus manitas.

Tócalo, pasa un rato con él le pidió, ya sin esperanzas de descansar, sino para intentar unir la familia.

Jorge tomó al hijo a regañadientes, como quien recibe un paquete sospechoso. Lo sostuvo con los brazos extendidos, sin abrazarlo, y siguió mirando la pantalla. Un minuto y medio después lo dejó en el suelo, sin más interrupción del partido.

Santiago ya tenía cinco años. Construía castillos de bloques en la alfombra. Jorge pasaba por el salón, sin mirarle ni una sola vez. El niño, habituado, tampoco le lanzaba la mirada.

No se puede decir que Jorge fuera un marido totalmente inútil; traía dinero a casa, ayudaba a Ana con la cena y la limpieza. Pero la infancia de su hijo la dejó de lado. No sorprende, pues ahora Santiago, adulto, no lo ve como padre.

Santi, ¿cómo te va en el cole? preguntó Jorge un día.

Ah nada especial respondió el chico, incómodo.

¿Y las notas? insistió Jorge. Si necesitas ayuda, dime. No quiero que termines trabajando como conserje.

No, papá, gracias. Todo bien contestó Santiago y se escabulló a su habitación.

Mira, podríamos ir a pescar el fin de semana, ¿qué te parece? gritó Jorge tras él.

Santiago no respondió. Sólo Ana sabía que esa tarde tendría discoteca en el instituto, que había invitado a una compañera que le gustaba y que ella le había rechazado. Y que él no tenía ningún interés por la pesca.

El tren ya había partido. Santiago ya no era el niño que suplicaba la atención de su padre. La infancia que Jorge quería recuperar se había esfumado. Cuando se dio cuenta, quiso reiniciar la vida con otro bebé. Ana, que recordaba cada noche sin sueño, se opuso rotundamente.

Los parientes pronto se enteraron de los conflictos familiares.

Hija, lo sé todo, Jorge me lo ha contado. Haz caso a tu madre, ten otro hijo. Jorge ha cambiado, ha madurado. No le niegues una segunda oportunidad. ¡Qué alegría volver a criar a un crío!

La suegra también quiso interferir.

María, si no lo haces, lo perderás. Un hombre sueña con ser padre. Si tú no lo haces, él lo hará con otra. Además, te vendrá bien. Piensa en el futuro: vuestro primer hijo pronto volará del nido, y el segundo reforzará vuestro matrimonio y os dará compañía en la vejez.

Para Ana resultó doblemente ofensivo oír eso de otras mujeres. Como si su cuerpo y su vida fueran mercancía en una subasta de locos. La veían solo como madre y esposa, sin reconocer al agotado ser humano que ya había recorrido ese camino y recordaba perfectamente cómo terminaba.

En su desesperación nació un plan, medio absurdo pero con el objetivo de demostrar algo. Buscó en el trastero una caja con cosas de Santiago y encontró allí un Tamagotchi polvoriento, pero todavía operativo. Un pequeño mascota electrónica que hay que alimentar, entretener, curar y limpiar.

Cuando Jorge volvió del trabajo, Ana le entregó el huevo de plástico con la pequeña pantalla gris.

¿Qué es esto? preguntó desconcertado, inspeccionando el regalo.

Es tu período de prueba. Prueba al menos una décima parte de lo que implica ser padre. Hay que alimentarlo cada hora y cuidarlo, como a un bebé, pero sólo pulsando botones. Si te equivocas, chirría. Si dentro de un año sigue vivo, creeré que estás listo para un hijo de verdad.

Jorge miró a su esposa, luego se rió a carcajadas, pensando que era una broma. Pero ante la expresión impasible de Ana, la risa se tornó irritación.

¿Hablas en serio? ¿Comparas a un niño real con este cacharro?

Empieza por esto. Si no puedes con este cacharro, ¿cómo esperas con un bebé?

El marido sonrió, lo guardó en el bolsillo y, durante tres días, se despertó a medianoche para alimentar al Tamagotchi. En el quinto día se volvió nervioso, pero no abandonó la misión. Una semana después se quejó de que no rendía en el curro por la falta de sueño.

Al octavo día, de regreso a casa, lanzó el Tamagotchi sobre la mesa. En la pantalla apareció una cruz roja, señal de que había fracasado.

Lo olvidé, había un lío en el trabajo murmuró Jorge, evitando la mirada de Ana.

Los enfrentamientos no desaparecieron, pero se fueron calmando. La atmósfera de incomprensión y rencor quedó, aunque Jorge ya no insistía con tanta vehemencia.

Tres años más tarde, la vida ordenó su cuadro. Santiago, ya universitario, presentó a su novia en casa y pronto anunciaron que esperaban un hijo.

Jorge se transformó otra vez. Su entusiasmo no tenía límites. Habló de una segunda oportunidad, ahora como abuelo. Compró cochecitos con el dinero ahorrado, un montón de petos demasiado grandes y construcciones de piezas diminutas. Juró que sería el mejor abuelo del mundo, siempre presente, siempre ayudando.

Ana observaba todo con sano escepticismo.

Cuando nació el nieto, la historia se repitió como de costumbre. Las primeras semanas Jorge se volcó: mecía al bebé, sacaba fotos, hacía mil cosas. Pero pronto, después de la euforia inicial, su pasión se apagó. Insistió en que los jóvenes se mudaran a un piso alquilado y su ayuda se redujo a visitas esporádicas los fines de semana, cuando el niño estaba limpio, alimentado y de buen humor. Cada vez que el pequeño lloraba, Jorge encontraba una excusa: una llamada del trabajo, una reunión urgente, la madre y su finca.

Ana se hacía cargo, observaba la escena, a su hijo y a su cansada pareja, y comprendía que había tomado la decisión correcta. Santiago había crecido siendo cuidadoso y responsable, nunca dejaba sola a su mujer. Y Jorge Jorge siguió siendo el mismo: amaba la idea de ser padre, pero nunca la esencia del papel.

Rate article
MagistrUm
Cuando el tren ya ha partido