Cuando el tren ya ha partido

Julio, ¿me oyes? ¿Entonces tengo que esperar a los cuarenta años para corregir los errores de tu juventud? ¿Y por qué ahora tengo que pagar por el hecho de que te divertías más en la cochera que con nuestro hijo? preguntó Begoña, con una mezcla de desconcierto y sinceridad en la voz.

¡Anda, Begoña, deja de enfadarte! insistía Julio. Sí, fui un tonto. No lo valoré. No comprendía lo que estaba perdiendo. Y ahora todo se ha ido al traste; Santi ya ni siquiera me ve como su padre.

¿Y en qué se equivoca él? Begoña sonrió amargamente. Durante diecisiete años vivió con la vecina de al lado, no conmigo. ¿Pensabas que podías apagar y encender a un niño como si fuera la tele cada vez que te apetecía jugar a papá?

Julio se puso morado, frunció el ceño y en sus ojos brilló esa irritación que Begoña siempre detectaba cuando hablaba de sus deberes paternos.

¡Begoña, basta ya! Son cosas del pasado. Dame una oportunidad más le suplicó con terquedad.

¿Que me deje la pelota y que todo caiga sobre mí, mientras otro niño crece sin padre? cruzó los brazos sobre el pecho. Gracias, ya basta. No, Julio, ni lo estoy pensando.

El rostro de Julio se torció en una mueca de agravio y rabia. No encontró respuesta, así que sólo bufó enfadado y se clavó el móvil en la cara.

El conflicto quedó en pausa, pero el problema seguía allí. La conversación dejó a Begoña con una pesada sensación en el pecho. No era tanto la exigencia absurda de su marido, sino la rabia por su hijo, Santiago.

Tenía veintitrés cuando nació Santiago recordaba Begoña . Aún tengo presente el día en que estaba frente al hospital, agotada pero feliz, sosteniendo al pequeño envuelto en una manta blanca. Julio estaba encima de nosotros como un buitre, sin apartarse ni un paso. Sonreía de puro gozo, ajustaba la manta, me besaba en la frente y, a veces, tomaba al niño con una reverencia casi sagrada.

¡Mira qué chulo! Con esa pecas en la barbilla exclamaba, los ojos brillando. ¡Ahora soy papá! Apenas empiezo a entenderlo. Iremos juntos a pasear, a cambiar pañales, a enseñarle a jugar al fútbol ¡Seré el mejor padre del mundo, lo verás!

Begoña lo miraba con el mismo brillo de entusiasmo. Creía cada palabra suya. Pensaba que tendrían una familia perfecta, llena de amor, cuidado y momentos compartidos.

Pero la realidad, como suele pasar, resultó mucho más prosaica y dura…

Era de madrugada. Begoña, con ojeras negras, caminaba de un lado a otro de la habitación, meciendo al bebé que lloraba con los cólicos. Era la tercera vez esa noche. Julio, por su parte, se revolcaba en la cama, con la manta tapada sobre la cabeza.

¡Déjalo ya! siseó en voz baja. Mañana tengo que ir al curro, ¡y eso de levantarse temprano!

En esos momentos Begoña se refugiaba en la habitación contigua, con lágrimas de impotencia. El niño gritaba más fuerte porque quería quedarse en el cuarto, pero ella no tenía opción. Cerraba la puerta y mecía a Santiago durante horas, solo para que su marido pudiera dormir.

Llegaron los fines de semana. Exhausta tras una semana sin dormir, Begoña se atrevió a preguntar:

Julio, ¿podrías pasear con él al menos dos horitas? Estoy hecha polvo, necesito dormir

Begoña, ahora mismo no puedo. Tengo planes, los colegas me deben una pieza de coche y hay que arreglarla. respondió él sin mirarla. Pero tú eres fuerte, lo superarás. Yo volveré y te ayudaré.

La puerta se cerró, dejándola sola con su fuerza y el agotador deber de madre. Ese después nunca llegó.

El tiempo pasó y Santiago fue creciendo. Begoña intentó crear algún vínculo entre padre e hijo. Un día se acercó a Julio, que estaba tirado en el sillón viendo un partido, y le tendió al pequeño de mejillas rosadas que le agarraba de los manitas.

Tómalo, pasa un rato con él le pidió, no para descansar, sino para intentar unir la familia.

Julio tomó al niño a regañadientes, con la cara de quien ha recibido un paquete sospechoso. Lo sostuvo en brazos extendidos, sin acercarlo a su pecho, y siguió mirando la tele. Un minuto y medio después, volvió a dejar al pequeño en el suelo, sin más.

Santiago ya tenía cinco años. Jugaba en la alfombra de la salón construyendo castillos con bloques. Julio pasaba al lado, sin siquiera mirarle. El chico ya estaba acostumbrado a la ausencia de su padre.

No se podía decir que Julio fuera un marido totalmente inútil. Traía dinero a casa, ayudaba a Begoña con la cocina y la limpieza. Pero la infancia de su hijo la había dejado pasar. ¿Era sorprendente que ahora, adulto, Santiago no lo viera como padre?

Santi, ¿cómo van las cosas en el cole? preguntó Julio de repente.

Eh bien, todo bien respondió el niño, algo incómodo.

¿Y las notas? insistió Julio. Dime si necesitas ayuda. No quiero que termines trabajando como portero.

No, papá, gracias. Todo está bien contestó Santiago, intentando escapar a su habitación.

Mira, podríamos ir a pescar el fin de semana, si te apetece gritó Julio mientras el chico se iba.

Santiago no respondió. Begoña sabía que ese día tendría discoteca en el instituto, que había invitado a la chica de la que estaba enamorado y que ella le había dicho que no. Además, la pesca no le interesaba en lo más mínimo.

Era evidente que el tren se había ido. Santiago ya no era el niño que necesitaba la atención de su padre. La infancia que Julio quería recuperar se había perdido para siempre. Cuando se dio cuenta, quiso resetear la cosa y pedir otro hijo. Begoña, que recordaba cada noche sin sueño, se opuso rotundamente.

Los familiares empezaron a enterarse de los problemas en la casa.

Hija, lo sé todo, Julio me ha contado. Escucha a tu madre, ten otro bebé. Julio ha cambiado, ha madurado. No le quites una segunda oportunidad. ¡Qué alegría volver a criar a un crío!

La suegra también quiso meterse.

Begoña, si no lo haces, lo perderás. El hombre sueña con ser padre. Si tú no, lo hará otra. Además, os vendrá bien. El primer hijo pronto volará del nido y el segundo os mantendrá unidos y os dará compañía en la vejez.

Begoña sintió una doble irritación al oír esas palabras de otras mujeres. Era como si su cuerpo y su vida se hubieran convertido en mercancía de una subasta loca. Todos la veían como madre y esposa, pero no como la mujer cansada que ya había recorrido ese camino y sabía a qué llevaba.

Entonces, en la desesperación, surgió un plan. Un poco disparatado, pero que demostraría su punto. Buscó en el trastero una caja de cosas de Santiago y encontró allí un Tamagotchi polvoriento, todavía funcionando.

Cuando Julio llegó del trabajo, Begoña le entregó el pequeño huevo de plástico con una pantalla gris.

¿Qué es esto? preguntó, desconcertado, mirando el regalo.

Es tu periodo de prueba. Prueba a cuidar al menos una décima parte de lo que te tocará como padre. Tienes que alimentarlo, entretenerlo, curarlo y limpiarlo, como si fuera un bebé, pero sólo pulsando botones. Si en un año tu Tamagotchi sigue vivo, creeré que estás listo para un niño de verdad.

Julio miró a su mujer con extrañeza y soltó una carcajada, pensando que era una broma. Pero al ver la seriedad de Begoña, la risa se tornó en irritación.

¿En serio? ¿Comparas a nuestro hijo con ese cacharro?

Pues empieza por eso. Si no puedes con este juguete, ¿cómo harías con un niño?

Julio se encogió de hombros y metió el Tamagotchi en el bolsillo. Durante los primeros tres días se levantó a medianoche para alimentarlo. En el quinto empezó a perder la paciencia, pero no abandonó la misión. Después de una semana se quejó de que el trabajo le estaba afectando por la falta de sueño.

Al octavo día, al volver a casa, lanzó el Tamagotchi sobre la mesa. En la pantalla apareció una gran cruz roja: había fallado.

Se me olvidó alimentarlo, estaba liado en el curro murmuró Julio, evitando la mirada de Begoña.

Los enfrentamientos no desaparecieron, pero disminuyeron. La atmósfera de incomprensión y rencor siguió ahí, aunque Julio ya no insistía con tanto ímpetu.

Tres años después, la vida puso todo en su sitio. Santiago, ya estudiante, presentaba a su novia y anunciaban que esperaban un bebé.

Julio volvió a transformarse. Su entusiasmo no tenía límites. Habló de otra vez segunda oportunidad, ahora como abuelo. Compró cochecitos con el dinero ahorrado, sacó varios cuerpos de bebé y prometió ser el mejor abuelo del mundo, ayudando, paseando y mimando al pequeño.

Begoña observaba todo con un sano escepticismo.

Cuando nació el nieto, la historia se repitió como siempre. Las primeras semanas Julio se afanó, empujaba cochecitos, sacaba fotos. Pero pronto, cuando el entusiasmo inicial se apagó, su energía se evaporó. Insistió en que los jóvenes se mudaran a un piso alquilado y su ayuda se limitó a visitas esporádicas los fines de semana, cuando el bebé estaba ya despierto y alimentado. Cada vez que el niño lloraba, Julio encontraba una excusa: una llamada del trabajo, una reunión urgente, una visita a la casa de su madre.

Begoña siempre estaba allí, mirando la escena, viendo a su hijo y a su hijaenley, comprendiendo que había tomado la decisión correcta. Santiago se había convertido en un hombre sensible y responsable, que no dejaba sola a su mujer. Julio siguió siendo ese tipo que ama la idea de ser padre, pero no su esencia.

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