Qué a gusto se está… susurró Carmen.
Le encantaba tomarse el café de la mañana en silencio, mientras Fernando aún seguía dormido y en la calle apenas clareaba el día en Madrid. En esos momentos, sentía que todo estaba en orden. El trabajo seguro. El piso acogedor. El marido fiable. ¿Qué más se podía pedir para ser feliz?
Nunca envidió a sus amigas que se quejaban de maridos celosos o de discusiones por tonterías. Fernando no montaba escenas, ni le miraba el móvil, ni le pedía explicaciones de cada movimiento. Simplemente estaba ahí, y con eso bastaba.
Carme, ¿has visto mis llaves del trastero? apareció Fernando en la cocina, despeinado y con voz dormida.
En la estantería, junto a la puerta. ¿Vas a ayudar otra vez al vecino?
Ramón tiene un problema con el coche. Parece que le falla el carburador.
Carmen asintió y le sirvió el café. Era tan habitual… Fernando siempre estaba echando una mano a alguien. A compañeros mudándose, amigos con una chapuza, vecinos con lo que fuera. Mi caballero, pensaba ella a veces con cariño. Un hombre incapaz de dejar pasar un problema ajeno.
Eso fue justo lo que cautivó a Carmen el primer día que se conocieron, cuando él se detuvo a ayudar a una anciana a subir las bolsas de la compra hasta el portal. Otro las habría ignorado. Pero Fernando, no.
La nueva vecina se había mudado hace ya unos tres meses en la planta de abajo. Carmen, al principio, no le dio importancia porque en los bloques de pisos siempre hay gente que viene y va. Pero Alicia, así se llamaba, era de esas mujeres a las que resulta casi imposible no percibir.
Risas estruendosas en la escalera, tacones resonando en cualquier momento y esa costumbre de hablar por teléfono en voz alta, que se enteraba toda la finca.
¡Ni te imaginas, hoy me trajo él la compra! ¡Hasta arriba la bolsa! Sin pedirle nada. le decía Alicia a alguien al otro lado del teléfono.
Un día Carmen se topó con ella junto al buzón y le sonrió amablemente. Alicia irradiaba felicidad, ese brillo especial de las mujeres que están empezando una relación y no lo pueden disimular.
¿Nuevo romance? preguntó Carmen, más por educación que por interés.
Nuevo, lo que se dice nuevo no. respondió con un guiño Alicia. Pero súper atento. De esos que apenas quedan. Me soluciona todo, fíjate. Se me rompió el grifo vino y lo arregló. Saltaba la luz él mismo lo revisó. Hasta con las facturas me ayuda
Vaya suerte, oye.
¡Ni te imaginas! Eso sí, está casado. Pero bueno, eso es solo un papel, ¿no? Quién está bien donde quiere estar.
Carmen se subió a casa con una sensación rara en el estómago. No por una cuestión moral, no, era otra cosa que no lograba definir.
Las semanas siguientes las coincidencias continuaron. Alicia parecía buscarla, casi al acecho, para contarle su última maravilla.
Es tan detallista, siempre preguntando si necesito algo.
Ayer me trajo medicamentos, porque me encontraba fatal. Salió a buscar una farmacia de guardia a las tantas.
Dice que lo que le da sentido a su vida es sentirse útil, ayudar
Aquí Carmen se removió inquieta.
Sentirse útil, exactamente lo mismo que decía Fernando. Palabras idénticas. Recordaba a la perfección cuando se las dijo el día de su aniversario, para explicar por qué volvía tarde tras ayudar a la suegra de una amiga en el pueblo.
Coincidencia, seguro. Hay muchos hombres con complejo de salvador, pensó. Pero el goteo de detalles continuaba: llevar comida sin que le pidan, arreglar cosas con sus propias manos.
Intentó dejar de pensar tonterías. No se puede desconfiar del marido por la verborrea de una vecina.
Pero un día, Fernando empezó a cambiar. No de golpe, poco a poco. Salía un minuto y no volvía hasta pasada una hora. El móvil no lo soltaba ni en la ducha. A preguntas normales, contestaba cortante, con un deje de fastidio.
¿Dónde vas?
A hacer unas gestiones.
¿Qué gestiones?
Carmen, ¿vas a interrogarme?
Pero le veía distinto Como feliz por dentro, como si estuviera recibiendo fuera la dosis de reconocimiento que le faltaba en casa.
Una tarde volvió a ausentarse.
Un compañero necesita ayuda, con unos papeles.
¿A las nueve de la noche?
¿Y cuándo si no? De día trabaja.
Carmen no dijo nada. Miró por la ventana, pero Fernando nunca salió del portal.
Se puso la chaqueta y bajó calmada, sin apuros, hasta la puerta conocida del primer piso.
Sin pensar, pulsó el timbre. No había preparado discursos ni reproches. Simplemente lo hizo y esperó.
La puerta se abrió enseguida, casi como si ya la esperaran. Alicia apareció en un batín de seda corto, copa de vino en mano, y la sonrisa se le desdibujó al ver quién era.
Al fondo del pasillo iluminado, Carmen vio a Fernando. Sin camiseta, el pelo aún mojado de la ducha, moviéndose en casa ajena con total familiaridad.
Se cruzaron las miradas. Fernando titubeó, abrió la boca y se quedó helado. Alicia alternó la vista de uno a otra, pero no se inmutó, ni se puso nerviosa. Solo encogió los hombros, con una especie de desgana indiferente.
Carmen se giró y subió las escaleras. Detrás escuchó el movimiento precipitado, la voz de Fernando: Carmen, espera, deja que te explique. Pero no lo dejó entrar en casa esa noche.
A la mañana siguiente, apareció doña Mercedes. Carmen ni se sorprendió. Por supuesto, Fernando había llamado a su madre para soltarle su versión de lo ocurrido.
Carmencita, hija, no te comportes como una cría la suegra se sentó en la cocina. Los hombres son así, necesitan sentirse imprescindibles, héroes. Esta vecina tuya pues, necesitaba ayuda. Fernando no sabe decir que no.
¿No sabe decir que no incluso a meterse en su cama? ¿Se refiere a eso, doña Mercedes?
La suegra frunció el entrecejo como si Carmen hubiera dicho algo indecente.
No exageres. Fernando es un buen chico. Solo quiere que lo necesiten, eso no es delito. Se ha liado un poco, sí. Nos ha pasado a todos. Mi difunto marido también hizo un gesto vago. Lo importante es la familia, el aguante, el saber perdonar. No estropees todo por una tontería, Carmen. Sé sensata.
Carmen la miraba y veía todo lo que más temía llegar a ser: dócil, resignada, dispuesta a cerrar los ojos con tal de mantener un espejismo de familia.
Gracias por venir, doña Mercedes, pero necesito estar sola.
La suegra se fue ofendida, murmurando algo de estas generaciones, tan incapaces de perdonar.
Por la tarde, Fernando regresó. Se movía por la casa como un gato apaleado, intentando cogerle la mano, buscándole la mirada.
Carmen, no es lo que piensas. Solo fui a ayudar con el grifo, luego nos pusimos a hablar Es que ella está tan sola, tan desgraciada
Estabas sin ropa.
Es que me tiré agua encima mientras arreglaba el grifo. Me dio una camiseta para cambiarme y justo entraste tú.
Carmen le veía y pensaba cómo no se había dado cuenta antes de que Fernando no sabía mentir. Cada palabra chirriaba, cada gesto traicionaba el pánico.
Mira, aunque hubiera pasado algo no tiene importancia. Te quiero. Lo de ella fue una tontería. Un arranque. Lo de los hombres, ya sabes.
Se sentó a su lado, intentó abrazarla.
Venga, olvida esto, ¿vale? No volverá a pasar, te lo juro. Entre tú y yo, ya me tiene harto siempre quiere algo, siempre se queja
Y ahí Carmen por fin comprendió. No era arrepentimiento, era puro miedo a perder su vida cómoda. Miedo a quedarse con una mujer que de verdad necesita algo de él, y no solo le deja jugar a salvador cuando le apetece.
Voy a pedir el divorcio dijo tranquila, como quien dice “he apagado la luz”.
¿Qué? ¡Carmen, eso es una locura! ¿Por una vez que meto la pata?
Se levantó sin decir más y fue al dormitorio a preparar la maleta y recoger los papeles importantes.
En dos meses firmaron el divorcio. Fernando se mudó con Alicia, que lo recibió con los brazos abiertos pero los abrazos pronto se convirtieron en listas de cosas por hacer: arreglar esto, comprar aquello, pagar lo otro, solucionar no sé qué.
De aquello se enteraba Carmen por amigos comunes. Asentía, y ya. Sin rencor. Cada uno recoge lo que siembra.
Ella alquiló un pisito pequeño al otro lado de la ciudad. Cada mañana se tomaba el café en silencio, y nadie preguntaba por las llaves del trastero. Nadie salía un minuto y volvía oliendo a otro perfume. Nadie le pedía paciencia ni que fuera complaciente.
Fíjate tú, pensaba que le dolería. Que llegaría la tristeza, la soledad, el arrepentimiento. Pero lo que vino fue otra cosa: una sensación de ligereza, como si llevase años con un abrigo pesado sin saberlo, y por fin se lo hubiera quitado.
Por primera vez, Carmen era solo suya. Mucho mejor que cualquier estabilidad.







