Cuando Chocan Dos Carácteres: La historia de mi tía Polina, una mujer forzada por la familia al matr…

CUANDO EL RÍO SUENA…

Mi tía de sangre (a quien a partir de ahora llamaré Beatriz), se casa casi por obligación. Las hermanas mayores la presionan sin tregua y los padres la apremian.

Los argumentos son tajantes:

Por mucho que corras, yegua, al arado acabarás… ¿O acaso quieres, Beatriz, llegar a tener el pelo cano y quedarte solterona? ¡En nuestra familia no hay mujeres sin marido! ¿Quién te cuidará cuando no puedas valerte por ti misma…?

Pero Beatriz, después de años presenciando el alcoholismo de su padre, se prometió siendo niña no casarse jamás.

Quería dedicarse a su carrera profesional. Sin embargo, en su vigésimo octavo cumpleaños, después de escuchar tantos consejos y advertencias de la familia, decide finalmente formar una familia.

El pretendiente, Fernando, aparece enseguida. Al parecer, llevaba tiempo siendo preparado y convencido por la familia. Dos semanas después de conocerse, él le pide matrimonio y Beatriz, sin emoción, asiente, pensando: Quién sabe, igual con el tiempo le acabo queriendo.

Fernando tenía la edad de Cristo y un carácter muy forjado.

La boda fue precipitada. El brindis del maestro de ceremonias quedó grabado: Si hay amor, directo al altar; si no, vuelta a casa del padre.

Con los años, Beatriz entenderá esa sabiduría popular. Comienzan pronto unos días tristes y monótonos. Al mes, Beatriz ya quiere divorciarse. Todo le resulta insoportable, siente un gran desencanto. El marido resulta testarudo, insoportable y demasiado tajante.

Fernando no cede en sus principios y no piensa cambiar. Beatriz tampoco lo haría. Era, claramente, un “dos caracteres de piedra”.

Al año, la familia crece. Cigüeña mediante, nace su hijo, Mateo. Beatriz se entrega por completo a la maternidad, y su marido desaparece de su radar. Le prepara una cama plegable aparte por las noches: Estoy agotada, no descanso, y tú ni coses ni remiendas.

En verano, Beatriz y Mateo se van al pueblo con los padres de ella. Allí Beatriz se desahoga con su madre:

Mamá, quiero divorciarme. Sacaré adelante a mi hijo sola. Esto del matrimonio no es para mí. A veces me dan ganas de cerrar los ojos y desaparecer. No puedo adaptarme a la vida en pareja. Ya ni soporto a Fernando. ¿Para qué alargarlo?

La madre sugiere:

Quédate aquí una temporada con tu padre y conmigo. Tal vez eches de menos a tu marido. Ni se te ocurra divorciarte. Aguanta. Matrimonio es como agua y harina: fácil de mezclar, pero imposible de separar del todo.

Beatriz esperaba esa respuesta de su madre

Aunque, en realidad, no entiende a qué viene tanto aguante. Mateo ve perfectamente cómo se relacionan sus padres. Cuando crezca, comprenderá que no hay amor. ¿Para qué criarle en esta negatividad? ¿Qué aprenderá realmente de esta familia?

La madre de Beatriz aguantó lo indecible. Su padre bebía mucho, pasaba el día tumbado en el sofá, quejándose. Y la madre, desde las cinco de la mañana, ordeñando la vaca, haciendo comida para los cerdos, segando heno, quitando malas hierbas de las patatas… Y después, trabajo en el campo comunitario. Solo en invierno, una vez dadas de comer a las bestias y hecha la comida en la lumbre, podía descansar un poco. En el campo, el trabajo jamás se acaba…

Las tres hijas se escaparon al final a Madrid, huyendo de esa inspiradora vida rural. Solo el hijo, el hermano de Beatriz, se quedó con los padres. Sufría retraso mental. Eso Beatriz nunca lo entendió. ¿Cómo su madre, conociendo el alcoholismo del padre, decidió tener un cuarto hijo? ¿Por qué? Cuando Beatriz lo preguntaba, su madre respondía con tranquilidad:

Tu padre quería un hijo. Ya había demasiadas hijas…

Los padres cuidaron del pequeño hasta el final de sus días. Y su hermano murió poco después que ellos, a los sesenta años, incapaz y sin ganas de valerse por sí mismo.

Tras meditarlo, Beatriz decide no disgustar más a su madre y volver con Fernando.

Dos años después, nace el segundo hijo, Pablo.

Beatriz tenía la esperanza de que todo mejoraría en casa con la llegada del pequeño, pero se equivocaba. Fernando ignora a Pablo: Es igualito a mi suegro, dice, refiriéndose al abuelo alcohólico.

Beatriz reprime sus lágrimas. Eso sí, nunca se arrepiente de tener dos hijos. Se promete: Todo mi amor será para ellos, ni una gota para mi marido. Así siguen viviendo…

Cuando Mateo y Pablo se hacen adolescentes, surgen los problemas: comienzan a beber, a fumar, a faltar el respeto. Además, se alían con el padre en contra de Beatriz, que quería a sus hijos obedientes y respetuosos. Ni soñarlo.

Fernando empieza a beber con los hijos. La familia se desmorona. Es un periodo espantoso para Beatriz que no puede hacer nada con los tres hombres de la casa.

Al fin pierde la paciencia y se traslada a casa de sus ancianos padres.

La reciben con los brazos abiertos. La madre la consuela:

Bea, pareces mayor que yo. Está claro que la suerte te ha dado la espalda. Ay, los hombres…

Beatriz reprende a su madre por su excesivo cuidado al hermano:

Mamá, ¿por qué le consientes todo? Sé más dura, o acabará encima tuyo toda la vida.

La madre defiende al hijo:

¿Qué dices, Bea? Sí, en la cabeza de tu hermano hay poca cosecha, ¿y qué? Es sangre de nuestra sangre. No lo puedo echar del nido. Le cuidaré mientras viva.

Beatriz no soporta demasiado a su hermano y, aunque sabe que su incapacidad no es culpa suya, no entiende cómo se pudo criar un niño sano en semejante ambiente. Ella y sus hermanas tuvieron suerte; el padre en aquellos tiempos no era tan dado a la bebida.

Un año después, Pablo aparece en el pueblo con la noticia de que su padre ha muerto de cirrosis.

Beatriz no derrama ni una lágrima. Solo suspira:

Era de esperar. Pensamos vivir una vida entera, pero se escapa de las manos. Que Fernando descanse en paz

Al volver a Madrid, tras sobrevivir a la convivencia con sus ya adultos hijos, Beatriz decide comprar una casita pequeña en las afueras. Quería tener una vejez tranquila, sin sobresaltos. Mateo y Pablo siguen viviendo en el piso familiar.

Para entonces, el hijo mayor se ha casado. Nace un nieto. Pero algo no funciona en su matrimonio y, al año, Mateo se divorcia.

Más tarde, Pablo se muda con Beatriz después de una pelea brutal con su hermano. ¿El motivo? Pablo comenzó a beber mucho y a Mateo no le gustaba. Acabaron peleados. Pablo termina en casa de su madre.

Pasan los años…

Mateo encuentra nuevas esposas, pero las cosas no cuajan. La tercera esposa, la pasión de su vida, muere repentinamente, con solo 40 años, de un trombo. La muerte, tan sigilosa como el humo, se cuela por cualquier rendija. Mateo está de luto largo tiempo y le dice a su madre:

Basta ya de casarse y divorciarse. Estoy harto de relaciones que no duran nada. Viviré solo.

Ahora Beatriz acude a limpiar su piso y a cocinarle.

Pablo sigue soltero. Bebe todo lo que encuentra. A veces desaparece varios días. Y entonces Beatriz, con sus 75 años, recorre el pueblo con una foto de Pablo, y pregunta a todos:

¿Habéis visto a mi hijo?

Los vecinos ya se saben la escena de memoria. Pasan unas semanas o un par de meses y, de pronto, Pablo regresa sano y salvo. Beatriz le lava, le limpia los zapatos desgastados, le remienda la ropa envejecida y tira la ropa interior. Cuando le pregunta: ¿Dónde has estado?, Pablo solo musita palabras ininteligibles. Pero a Beatriz le basta con verlo con vida.

Todos, menos Beatriz, saben que Pablo pasa días felices en casa de una mujer del pueblo. Ella bebe licores fuertes y recibe a Pablo como a un rey. Su amor es como una resaca constante. Luego aparece otro pretendiente y Pablo queda fuera del juego hasta la próxima vez.

Beatriz mantiene sola a Pablo con su pensión. Los intentos de encontrarle trabajo fracasan. Si recibe un anticipo, desaparece con el dinero. Pasa unos días fuera, despilfarra todo, y vuelve a casa: Madre, dame de comer.

Beatriz recuerda con amargura a su madre, que sufrió lo mismo con su hermano. Solo ahora puede comprender el peso del amor de madre. Todo se repite. Sangre de tu sangre, no la puedes negar.

En fin, no hay felicidad para todos…

Después de un largo recorrido por la vida, Beatriz ha entendido que esa boda precipitada nunca mereció la penaUn atardecer cualquiera, mientras Beatriz riega el pequeño huerto trasero de la casa, Pablo se acerca en silencio. Sus pasos son torpes, pero hoy sus ojos tienen una claridad que ella apenas recuerda. Se sientan en el poyo, uno junto al otro, en la calma que solo traen los finales de verano.

Mamá, ¿tú crees que la gente puede cambiar? pregunta Pablo, rompiendo la costumbre de no decir nada importante.

Beatriz lo mira y, por primera vez en muchos años, suelta un suspiro liviano, menos cargado de derrota.

A veces, hijo, cambiar no es dejar de ser uno mismo. Es aprender a no hacerse tanto daño.

Pablo inclina la cabeza en señal de cansancio, pero sus manos encuentran, torpes, la de su madre. Por un instante breve, la madeja de la vida parece menos enredada.

Ese otoño, los días se hacen más cortos y los recuerdos más largos. Beatriz, ahora con la certeza de haberlo dado todo, mira a sus hijos y a su nieto jugar en el jardín. Hay risas, torpes y desiguales, pero risas. Mateo vuelve de vez en cuando con su nieto para las comidas y Pablo, aunque sigue extraviándose, regresa a casa más a menudo buscando el consuelo del hogar.

Al fin Beatriz comprende: muchas vidas terminan con más preguntas que respuestas, con promesas rotas, pero también con instantes sinceros de ternura y verdad. La felicidad nunca visitó toda la familia, pero a ella, por momentos, le ha bastado la dignidad silenciosa de saber resistir.

Cuando la vecina le comenta, Qué dura es la vida, Beatriz, ella sonríe con la calma de quien ha aprendido a flotar en el río embravecido.

Y así, entre el rumor de hojas y alguna canción lejana puesta en la radio, Beatriz sigue adelante. Sabe que, al final, la sangre no es una losa, sino una corriente obstinada que, aunque se desborde, siempre encuentra un cauce hacia la luz.

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