Cuando me enteré de que Lucía estaba embarazada, mi familia quedó completamente descolocada. No les hacía ninguna gracia que ella estuviese saliendo con alguien que, a su parecer, no iba a permanecer demasiado tiempo en su vida.
Lucía es una chica sencilla de Salamanca, criada en una familia corriente. Creció junto a su madre y su padrastro, que supo hacer muy bien el papel de padre sustituto. Siempre tuvo el apoyo de sus padres, sabía que era querida y que podía contar con ellos para cualquier cosa. Tras terminar el Bachillerato y aprobar la Selectividad, su entrada en la universidad se veía bastante incierta por sus carencias con el inglés.
Lucía pensó que unas clases particulares le ayudarían a mejorar el idioma, así que empezó a buscar profesor. Eligió a Samuel, un joven de Guinea Ecuatorial que había venido a España a estudiar, con un dominio perfecto del inglés y varios años de experiencia como profesor particular. Al principio, las clases fueron un auténtico desastre para Lucía. Pero poco a poco fue cogiéndole cariño a Samuel y pronto su relación se volvió muy estrecha. No podían soportar estar separados.
La noticia del embarazo de Lucía causó un auténtico terremoto en su casa. A mi familia no le entraba en la cabeza que ella formara pareja con alguien que, según ellos, desaparecería en cualquier momento. Se imaginaban criando a ese niño sola y lidiando con el hecho de que su aspecto le haría destacar entre el resto de los niños del barrio.
Después de graduarse, Samuel regresó de verdad a Guinea Ecuatorial, aunque ambos mantenían el contacto a diario. Esperaban con ilusión el nacimiento de su hija; hablaban sin parar por videollamada o teléfono. La niña nació cuando tocaba, pero la hostilidad de la familia de Lucía la empujó a dejarlo todo y viajar con la niña a Guinea.
Allí, la vida no fue fácil para Lucía y su marido; el clima africano nunca terminó de gustarles y optaron por regresar a España. Al poco tiempo nació su segunda hija. Su familia decidió cortar el contacto con ellos, pero Lucía no piensa separarse del hombre que quiere solo para contentar a los demás. Juntos, empezaron a ahorrar euros y a hacer planes para mudarse a Canadá, soñando con encontrar una sociedad donde la tolerancia fuese una realidad cotidiana.
Hoy, escribiendo estas líneas, me doy cuenta de que la felicidad no viene de la aprobación ajena, sino de ser fiel a uno mismo y a quien se quiere. En la vida, lo importante es tomar decisiones por amor y no dejarse arrastrar por los prejuicios ajenos.







