Cuando Ana tiró del cordel que ataba el saco, la tela se deslizó lentamente, susurrando en voz baja. Por un instante, pareció surgir del interior un olor a polvo, lienzo viejo y algo dulce, como el recuerdo de una infancia que ya nadie recuerda. Las mujeres se inclinaron instintivamente, como queriendo ver, pero al mismo tiempo temiéndolo.
Ana no dijo nada. Con un gesto, abrió los bordes del saco y lo volcó. Sobre el suelo cayeron ropas pequeñas, coloridas, cuidadosamente cosidas, cada una diferente. Vestidos de retazos de seda y algodón, pantalones de lana gruesa, blusas con rayas irregulares. Todo hecho de los restos que otros tiraban sin pensarlo.
Margarita se tapó la boca con la mano. Luisa dio un paso atrás. En el silencio solo se escuchaba el tictac del reloj y el suave rumor de la lluvia tras la ventana.
Ana alzó la mirada.
Seguro os preguntáis para qué guardaba todo esto dijo con calma. Porque nada en la vida debería desperdiciarse. Cada retazo puede tener sentido, si alguien se lo da.
Se inclinó y recogió un vestidito amarillo, cosido con tres telas distintas. Abajo, en el borde, habían bordado pequeñas florecillas blancas y azules.
Esta ropa no es para mí añadió en voz baja. La coso para los niños del orfanato junto al bosque. No tienen nada propio. Quería que, aunque fuera un instante, se sintieran como los demás: hermosos, importantes, vistos.
En el taller, nadie habló. Luisa tragó saliva.
¿Ese orfanato? ¿El de la carretera vieja?
Ana asintió.
Sí. Cada mes dejo un saco ante la puerta, de noche. No quiero que sepan quién lo lleva. No importa. Lo único que cuenta es que, por la mañana, tienen algo que ponerse.
Margarita se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Ya nadie se reía. En un rincón, el vapor de la plana subía como un humo silencioso.
Ana siguió hablando, como si murmurara para sí misma:
Al principio solo quería crear algo. Algo de la nada. Pero cuando vi a esos niños, parados junto a la verja mirando a los transeúntes, entendí que lo importante no era la tela, sino el calor de las manos que la cosen. Desde entonces, no he tirado ni un retazo.
Las mujeres se acercaron. Luisa tocó una chaquetita de lana con botones grandes.
Calentita susurró. Tan pequeña ¿para una niña de tres años?
Para Irene sonrió Ana por primera vez. Tiene el pelo como el trigo. Cuando ríe, parece que el mundo se ilumina.
Nadie preguntó cómo sabía sus nombres.
Desde aquel día, todo cambió en el taller. Margarita empezó a guardar retales para Ana, Luisa traía cintas y botones. Incluso el sastre viejo del local de al lado llevó una caja llena de hilos de colores. *«Para vuestros pequeños príncipes y princesas»*, dijo con timidez.
Ana no hablaba mucho. Trabajaba como siempre: en silencio, con precisión. Pero por las noches, cuando las demás se iban, encendía una lámpara y cosía. En la luz amarilla solo se veían sus manos: serenas, pacientes, seguras.
Con el tiempo, el taller dejó de ser un simple lugar de trabajo. Se convirtió en algo más: un sitio donde todos aprendían que, hasta de los desechos, puede nacer la belleza. Que el bien no necesita palabras, sino hechos.
Un sábado lluvioso, las mujeres fueron juntas al orfanato. Por primera vez, Ana no iba sola. Los niños salieron al patio, descalzos pero sonrientes. Cuando sacaron los sacos del coche, los pequeños aplaudieron.
Margarita diría después que nunca había visto alegría tan pura. Cada niño abrazaba su ropa como un tesoro. Una niña se puso el vestido sobre un jersey viejo y bailó bajo la lluvia. Un niño, con una chaqueta demasiado grande, reía diciendo que ahora parecía *«un señor de verdad»*.
Ana se quedó atrás, en silencio. Solo miraba aquellas manitas tocando su trabajo. Margarita notó que Ana se secó una lágrima, pero no dijo nada. Lo entendía.
Al regresar al taller, estaban cansadas y empapadas, pero felices. Sobre el espejo, alguien había colgado un papelito:
*«Con lo que otros tiran, se puede construir un mundo.»*
Nadie confesó quién lo escribió. Pero todas lo sabían.
Desde entonces, llegaban bolsas de retales de gente del pueblo. Aprendices de la escuela de costura venían a ayudar. Por las noches, en la ventana del viejo edificio, brillaba una lámpara, y se veía la silueta de una mujer que seguía cosiendo.
Años después, cuando trasladaron el taller a un edificio nuevo, alguien escribió a lápiz en la pared del antiguo local:
*«Con retazos se cose esperanza.»*
Y hoy, en el orfanato de la carretera vieja, los niños aún visten las prendas de Ana. En algunas se ven puntadas desiguales, huellas delicadas de unas manos que supieron convertir vergüenza en dignidad, silencio en cuidado, y retazos en amor.
Ya nadie se ríe de sus sacos.
Porque ahora todos saben que dentro no solo hay tela, sino un corazón capaz de coser el mundo de nuevo.







