Cuando amas de verdad, pierdes la razón

15 de octubre
Hoy vuelvo a sentir cómo el amor verdadero puede nublar la razón.

Juan me sugiere que dejemos la vida agitada de la capital y regresemos al pueblo donde crecimos. ¿Y si en el aire puro nace nuestro hijo? me dice mientras miramos los campos de la sierra. Yo, que llevo tres años en el bullicio de Madrid, le confieso que también he pensado en volver a la escuela del pueblo, donde antes daba clases. Si cambiamos de entorno, quizás la suerte nos acompañe, le respondo, y él me abraza diciendo: Almudena, mi vida, ya está decidido.

Hace cuatro años nos casamos. Yo, recién graduada de la Universidad de Salamanca, llegué a la casa de Juan en Villanueva del Río y comencé a enseñar en la escuela primaria. Allí surgió nuestro gran amor y, después de un año, la tragedia nos obligó a regresar a la ciudad porque la madre de Juan enfermó gravemente. Hace un año falleció y, aunque vivimos en armonía, la ausencia de hijos pesa en nuestro corazón. Los chequeos médicos han sido inútiles; los médicos afirman que todo está bien.

Con la determinación de cambiar, empaquetamos nuestras pertenencias, alquilamos una furgoneta y nos mudamos al antiguo hogar de la madre de Juan, Rosa, que vivía sola. ¡Gracias a Dios!, exclamó Rosa al vernos llegar con nuestras cajas, pensaba que os habíais cansado y no volveríais. Tu padre, mi querido hijo, se fue hace un año y siempre lo he rezado para que regresara la felicidad a esta casa.

Juan encontró trabajo de mecánico en el taller del municipio y yo recobré mi plaza en la escuela. El director, el señor Fernández, me recibió con una sonrisa: ¡Bienvenida, Almudena! Nos hacía falta una maestra con tu energía, pues no muchos se animan a volver al campo.

El viernes por la tarde Rosa organizó una cena en casa. Sabía que los vecinos, los amigos de Juan, mis antiguos alumnos y sus padres acudirían. Todos celebraban mi regreso, llamándome cariñosamente Almudena. El que más se alegró fue Simón, el viejo camarero del bar, a quien yo había salvado de la botella cuando, hace años, estaba hundido en el alcohol.

Simón llegó al patio de Rosa, abrazó a Juan y a su hermano mayor sin siquiera presentarse. ¿De verdad habéis vuelto?, preguntó, sorprendido. Sí, para siempre, contesté mientras le daba un fuerte apretón en el hombro.

Al entrar en la casa, Simón encontró a Rosa, que lo recibió con una carcajada y le dijo: ¿Cómo se llama nuestra hija? Ya sabes, la que lleva tu nombre. Simón respondió: Se llama Almudena, como tú, porque siempre me recuerdas a mi madre cuando la cuido. Yo sonreí, aunque la confusión me hizo dudar un momento.

Al día siguiente fuimos a casa de Simón. Su esposa, Verónica, estaba preparando la mesa y, de una habitación pequeña, salió una niña con rizos dorados, ojos azules y mejillas sonrosadas. Mira, tío Juan, la niña es Ana, como tu esposa, anunció Simón, y yo, como si fuera mi propia hija, le entregué una muñeca.

La velada se volvió un auténtico festín: ocho personas alrededor de la mesa, vecinos que llegaban sin avisar, pasteles caseros, encurtidos, un buen vino de la Rioja y hasta el acordeón de don Luis que ponía canciones del folclore. Simón, que ya no bebía, se puso de pie y, sin levantar la copa, brindó por la llegada de Juan y yo.

Todo lo que tengo se lo debo a Almudena, dijo con voz firme. Muchos murmuraban que me juntaba con una maestra joven e ilustrada, pero nunca imaginaron que entre un hombre y una mujer puede nacer una amistad sincera, y que yo, en el fondo, siempre guardaba un cariño por Verónica.

Yo escuchaba, recordando cómo, la primera vez que Simón me pidió ayuda para construir unos comederos para los pájaros, acepté sin pensarlo y, a cambio, él me animó a tomar cursos de conducir. Gracias a él encontré trabajo y, poco a poco, dejé el alcohol. Almudena, tú has sido mi ángel guardián, concluyó bajo los aplausos.

Pasaron los meses. Yo seguía en la escuela, Juan en el taller. Un día regresé cansada, pálida, con una extraña debilidad en las piernas. Rosa, al verme, exclamó: ¿Estás embarazada, niña? Yo, con una sonrisa triste, respondí: Ya no lo sé. Ella, sin perder la fe, me dijo: Aún hay esperanza, vamos al médico mañana.

Al día siguiente el doctor confirmó la buena noticia: ¡Felicidades, será una niña!. La alegría nos inundó. Unas semanas después, en la madrugada, el hospital nos recibió. Juan, tembloroso de emoción, corrió a mi lado cuando nació nuestro hijo. Rosa, sentada en la puerta del hospital, miró al pequeño y dijo: Cuando amas de verdad, pierdes la cabeza. Yo, con lágrimas, le respondí: Así es, madre.

Nuestro bebé creció, y pronto nació también una niña, a quien llamamos Almudena en honor a mi madre. Juan culminó sus estudios a distancia y ahora es el agrónomo jefe del municipio. Me han ofrecido el puesto de directora de la escuela, pero aún dudo; prefiero seguir enseñando a los niños del pueblo, donde el amor y la vida se entrelazan como las ramas de un olivo.

Hoy, mientras escribo estas líneas, siento que, aunque la cabeza a veces se nos nuble, el corazón nos guía de regreso a casa, a la tierra que nos vio crecer y al amor que nos mantiene firmes.

Almudena.

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Cuando amas de verdad, pierdes la razón