Mira, te voy a contar algo fuerte que me pasó el otro día. Resulta que abrí el armario de nuestra habitación en el hotel donde estábamos alojados en Madrid por culpa de la gala anual de la empresa de Pablo, mi marido. El sitio era de esos de cinco estrellas: alfombras suaves bajo los pies, lámparas de cristal como las del Palacio Real, y desde el restaurante subía el aroma a mariscos y cava.
Bueno, al abrir la maleta de Pablo, ahí entre sus camisas perfectamente dobladas, me topo con un vestido de seda azul oscuro que jamás había visto antes. Viene hasta con una tarjetita de un boutique de la calle Serrano. No soy de husmear, pero ese vestido no era mío. Y mira, llevaba la etiqueta y todo; y el tallaje ni siquiera me iba a valer a mí, era una talla menos.
En esas estaba, dándole vueltas al asunto, cuando entra Pablo quitándose la corbata. Yo, con el vestido en la mano, y él se queda blanco, como si le hubiera caído un jarro de agua helada.
¿Todavía no estás lista? me suelta, intentando hacerse el normal.
¿De quién es este vestido? le pregunto, tranquila, mirándole a los ojos.
Se acerca despacio y suelta aquello de:
No es lo que parece.
Vamos, la típica frase que siempre significa justamente lo que parece.
Le digo:
Has comprado un vestido para alguien, y esa alguien no soy yo.
Suspira y dice:
Marina, no montes una escena ahora, que en nada tenemos que bajar.
Qué curioso le respondo bajito, que la escena te moleste más que el vestido.
Mira hacia la puerta como si quisiera salir corriendo por el pasillo.
Es un regalo.
¿Para quién?
Se queda callado. Y ese silencio lo dice todo.
No se oye nada más allí; ni la calefacción central rompe el silencio.
¿Desde cuándo? le pregunto.
Marina
¿Desde cuándo, Pablo?
No importa.
Vuelvo a mirar el vestido; esa tela tan fría y suave me pone los pelos de punta.
¿Esta noche la va a llevar, verdad?
No responde, claro.
¿En el mismo evento donde se supone que tengo que estar sentada a tu lado?
Pablo aprieta la mandíbula.
Esto no debía pasar así, Marina.
Le dejo el vestido tal cual en la maleta y cierro el cierre despacito.
¿Quién es ella?
Una compañera del trabajo.
Ya veo.
Cojo mi bolso de la cama y empiezo a ponerme los tacones.
¿Me puedes decir dónde vas ahora? me pregunta.
A la fiesta.
Me mira como si pensara que bromeo.
¿Vas en serio? insiste, aún en shock.
Por supuesto.
Abro la puerta.
Tengo curiosidad por ver a quién le queda bien este vestido.
Bajamos diez minutos después al salón de actos del hotel, un espacio enorme, todo lleno de gente elegante, música y las bandejas de jamón ibérico y copas de cava circulando entre las mesas.
En una de ellas, veo a una chica joven, rubia, con aire seguro. Y sí, lleva puesto el vestido azul oscuro. Justo ese.
Nos ve acercarnos y le sonríe a Pablo. Ahí me cayó todo encima, de golpe; no era un secreto de pasillo. Era de esas cosas de las que ya seguramente todo el mundo se había enterado, menos yo.
Me acerqué a su mesa. Ella se incorporó sin perder la sonrisa.
Buenas noches me saluda, como quien no rompe un plato.
Yo miro el vestido.
Te queda impecable.
Se le ensancha más la sonrisa.
Gracias.
Pablo, a mi lado, parecía estar esperando a que empiece una tormenta de verano.
En ese instante, me quité la alianza y la dejé encima de la mesa, al lado de su copa.
Los regalos siempre cuentan la verdad le dije en voz baja. A veces solo aparecen en las manos equivocadas.
Me giré y caminé hacia la puerta del salón, escuchando detrás de mí los murmullos y el ruido de las sillas al moverse.
Y mira, te digo una cosa: hacía mucho tiempo que no me sentía tan libre. No fue humillante; fue liberador.
Dímelo tú, sinceramente: ¿qué duele más, descubrir una infidelidad a escondidas, o que la verdad te explote en la cara delante de todos?




