Doña Carmen crió a su nieto Diego sola, con la pensión que le dejaba el Estado. Una mañana la llevó al gran centro comercial de la capital y el niño soltó algo totalmente inesperado.
El autobús avanzaba con un leve crujir, pero Diego estaba pegado a la ventanilla, con los ojos tan brillantes como dos monedas de chocolate. Nunca había puesto un pie en la gran ciudad. En realidad, la abuela Carmen rara vez se aventuraba fuera de su pequeño pueblomercadohogar. Ese era su mundo.
Pero esa madrugada algo se había alojado en su pecho:
Vamos a ver cómo es ¿cómo lo llamas, mamá?
Al centro comercial, abuelita replicó Diego, orgulloso de haber dicho la palabra. La maestra dice que es como una ciudad entera bajo un mismo techo.
Carmen ocultó la sonrisa bajo su pañuelo. Había juntado centavos de la pensión y lo que vendía en la puerta de su casa: huevos, verduras, una ramita de perejil, un par de tarros de pisto. No los habría entregado a nadie, pero los había guardado para el día del centro comercial para ver a Diego feliz.
El padre del niño trabajaba en el extranjero. Se había marchado solo dos años, pero ya llevaban cuatro. El papá desapareció hace mucho, el día que prometió buscar trabajo en la ciudad y nunca volvió. Desde entonces, el universo de Diego giraba alrededor de dos manos ancianas, arrugadas pero rebosantes de cariño.
No te avergüences de tu abuela, ¿de verdad? le preguntó ella la noche anterior.
¿Cómo podría avergonzarme? Tú eres tú eres todo lo que tengo, abuelita contestó el chico, serio, con la dignidad de un hombre adulto.
Al bajar del autobús, el centro comercial se alzaba ante ellos, reluciente y frío, con sus muros de cristal. Carmen inhaló profundo, como si estuviera a punto de entrar en otro mundo.
Esto es un edificio, nada de chiste susurró.
¡Vamos, abuelita, quiero mostrarte lo que hay dentro!
Las puertas se abrieron solas y Carmen dio un salto de asombro.
¡Madre mía, parece que se abren las puertas del paraíso! exclamó, cruzándose en señal de oración para que nadie se riera de ella.
Dentro, luces gélidas, música de fondo, gente que corría. Jóvenes con bolsas de marcas, mujeres con tacones altos, niños vestidos como sacados de una revista. Carmen y Diego parecían protagonistas de una película.
Diego le estrechó la mano. La abuela lo aferró de los dedos como si fuera su tesoro.
Mira, abuelita, allí están las ropas. Allí los juguetes. Esa es la marca que vemos en la tele, en casa.
Mucho, madre mucho murmuró ella, abrumada.
Entraron en una tienda de ropa infantil. Las prendas colgaban perfectamente, coloridas, ordenadas por tallas. No como el armario de su casa, donde tres camisetas y dos pantalones luchaban eternamente contra el tiempo.
Pueden probarse lo que deseen les dijo una vendedora sonriente.
Carmen se sonrojó.
No, no, solo vamos a mirar
Pero Diego ya deslizaba los dedos sobre una sudadera azul con un pequeño superhéroe en el pecho.
Abuelita solo quiero ver cómo me queda no es necesario comprarla
Frente a aquel estante, se reunieron todas sus preocupaciones: la pensión escasa, las facturas, el aceite, el azúcar, los medicamentos. Pero sobre ellas se alzó un pensamiento más fuerte: la infancia de su nieto.
Pruébalo, madre, dijo con una voz más firme de lo que parecía.
Carmen lo ayudó a ponerse la sudadera. El tejido le quedó como si hubiese sido hecho a medida. Diego se miró en el espejo y, por un instante, dejó de ser el chiquillo de rodillas roídas y ropa raída. Se convirtió en un niño de los anuncios que veía en la tele.
Abuelita parezco los chicos de la ciudad susurró, intentando no sonreír demasiado, por miedo a herirla.
Los ojos de Carmen se humedecieron.
Siempre fuiste bonito con esa ropa vieja, pero esta te queda como si hubiera sido tejida para ti.
Al ver el precio, su corazón se encogió. Calculó, mentalmente, cuántos días de pan, cuántos kilos de harina, cuántos billetes de transportes podría sacrificar. Luego volvió a mirar a Diego, que ajustaba tímidamente los puños de la sudadera, convencido de que ella la compraría.
Mamá, la llevamos. No importa el precio, la llevamos.
Diego parpadeó, incrédulo.
¿De verdad, abuelita?
De verdad. Y cuídala, que es como una promesa de que algún día serás grande y me acompañarás a ti al centro comercial.
Siguieron paseando entre los juguetes; Diego se detuvo en cada cochecito, cada set de LEGO, cada pistola luminosa. Sus ojos brillaban, pero no pedía nada más. Ya sabía, a sus siete años, que los deseos se pesan en euros y que el dinero no cae del cielo, sino de las manos agrietadas de su abuela.
Vamos a seguir mirando, madre dijo Carmen, sintiendo doler las rodillas. La abuela te espera en aquella banca, me están cansando los pies.
Se sentaron en un rincón junto a las escaleras mecánicas. Carmen se acomodó con cuidado en un banco de madera pulida, abrazando contra el pecho la bolsa de tela donde guardaba la sudadera nueva. Un trozo de pan recién horneado, comprado en la panadería del centro, asomaba discretamente, como un pedacito de pueblo dentro del mundo de cristal.
No me alejo mucho, abuelita dijo Diego. Voy a la tienda de juguetes que está justo al otro lado.
Ve, madre, te veo desde aquí.
Diego se lanzó con paso torpe, y Carmen quedó en la banca, con la mirada clavada en él. A su alrededor, jóvenes cargaban bolsas de papel brillante, teléfonos relucientes en mano, reían, hablaban alto, se tomaban selfies. Nadie la miraba. Si lo hacían, tal vez pensaban que era una anciana del campo perdida.
Pero ella no se sentía perdida. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en su sitio. En medio de aquel carrusel de luces, su corazón estaba pleno.
¡Mira, Señor, lo grande que ha quedado! pensó, viendo el pequeño cráneo de Diego entre los estantes.
Observó sus manos, curtidas, marcadas por años de hollar la tierra, cargar leña, lavar en el fregadero. Aquellas manos, que nunca habían sido apreciadas, ahora sostenían la bolsa con la primera sudadera de verdad de Diego. Eran las mismas que le habían partido la primera rebanada de pan, lo habían arrullado cuando lloraba por su madre, le habían secado la nariz y las lágrimas cuando los niños se burlaban de sus botas rotas.
Ahora, cansadas, temblaban un poco, pero no por la edad; temblaban por la emoción.
Una pareja joven se sentó por un instante junto a ella, con bolsas relucientes. La chica echó una mirada fugaz al trozo de pan en la bolsa y al viejo abrigo. Después volvió la vista a los escaparates. No sabían que, detrás de su sonrisa exhausta, se escondía una historia más pesada que todas sus bolsas juntas.
¡Abuelita! exclamó Diego, rompiendo el bullicio del centro comercial. Corría hacia ella, con las mejillas rojas de emoción.
¡He subido solo esas escaleras! ¡Y he visto una tienda llena de pelotas! ¡Y había una pantalla enorme con dibujos!
Hablaba rápido, mezclando palabras, como temiendo que el tiempo se le acabara antes de contarle todo. Carmen lo miraba y sentía que no había errado al gastar el dinero en la sudadera y en aquel viaje.
¿Te ha gustado? preguntó suavemente.
Es el sitio más guay del mundo, abuelita. Pero sabes que a mí me gusta más en casa.
¿Por qué, madre?
Porque allí estás tú. Huele a tu sopa. Aquí huele a dinero.
Rió, una risa breve, con lágrimas en los ojos.
Sabes que tienes razón
La arrastró a la banca, le ajustó el cuello, le dio un sorbo de zumo y un trozo de pan tibio. Se quedaron así, hombro con hombro, en medio del centro comercial, como en una pequeña isla de calma.
Alrededor, la gente corría en todas direcciones. Gente apresurada, rebajas, anuncios luminosos. Ninguno sabía que en aquella banca se encontraban dos almas que solo tenían una a la otra.
Abuelita dijo Diego tras un rato, masticando pan.
Sí, madre.
Cuando mamá vuelva a casa, ¿la traes también al centro comercial?
Claro que la traigo, ¿cómo no? Iremos los tres. Tú con tu sudadera nueva, ella con su bolso bonito, y yo con mi chaleco. Y tú le mostrarás, no yo.
Le mostraré todo. Y le diré que fuiste tú quien me llevó la primera vez. Que lo sepa.
Carmen sintió el calor en el pecho. Más allá de los escaparates, más allá del brillo, la verdadera riqueza estaba justo a su lado: un niño de siete años que nunca había pedido nada, pero que había recibido todo lo que ella podía darleamor, tiempo, sus brazos cansados.
No soy una mujer de centros comerciales pensó. Soy mujer de la tierra, de la guerra del tejido. Pero si este enorme mundo le saca una sonrisa, volveré mañana, pasado mañana, mientras mis piernas lo permitan.
Alzó la mirada al techo alto de cristal.
Señor, cuida de nosotros, susurra. Que el padre de Diego esté bien donde sea, que la madre de él también, y dame fuerza en estas dos manos para guiarlo por el buen camino.
Diego no oyó la oración, pero, como si la hubiera sentido, metió su diminuta palma en la de ella.
Te quiero, abuelita dijo, sencillo.
Carmen no respondió. Sólo posó su mejilla contra su frente y sonrió.
El centro comercial, con sus luces frías, desapareció por un instante. Ya no importaba.
En aquella banca, entre una bolsa de tela con pan y una sudadera nueva, una abuela y su nieto vivían su pequeña maravilla: la alegría que ningún dinero del mundo puede comprar, el saber que, por grande que sea el mundo, siempre habrá alguien que te espere con cariño, con dos manos viejas pero llenas de amor.
Demasiados niños hoy crecen sólo con dos manos envejecidas y una pensión escasa. Si al leer esto recuerdas a tu abuela, no guardes la emoción solo para ti.





