Hoy escribo con el corazón en un puño. Crié a mi hijo sola, entregándolo todo para que fuera un hombre de bien, y ahora solo encuentro ingratitud. Mi hijo, al que tanto amé, y su mujer se han convertido en una carga insoportable. Me debato entre echarlos o seguir aguantando, viendo cómo se me escapan las últimas fuerzas.
Me llamo Carmen López, vivo en un pueblo tranquilo de Castilla. Mi hijo, Javier, fue mi alegría desde niño—educado, cariñoso, obediente—. Yo, madre soltera, trabajaba jornadas interminables para darle lo mejor. Soñaba que, al crecer, sería mi apoyo, que me cuidaría como yo lo hice por él. Pero esos sueños se desvanecieron cuando se hizo mayor.
Al terminar el instituto, Javier rechazó seguir estudiando. *«Mamá, la universidad no es lo mío»*, dijo, y se fue a hacer el servicio militar. Esperaba que la disciplina le enseñara responsabilidad, pero al volver, solo trajo decepción. ¿Estudios? *«No me apetece»*. ¿Trabajo? *«Solo si es cómodo»*. Quería un sueldo alto sin esfuerzo. Consiguió un empleo en un almacén, pero a las semanas lo dejó: *«No es para mí»*. Pasó meses en casa, sin hacer nada. Yo, con mi modesta pensión, lo mantuve—ropa, comida, gastos—, aunque apenas llegaba a fin de mes.
Luego llegó Laura, su novia, una chica de dieciocho años sin estudios ni ambición. Arrogante, como si el mundo le debiera algo. Por supuesto, se mudaron conmigo. Mi pequeño piso, ya justo, se convirtió en un caos. Intenté hablarles, pedirles que colaboraran, pero cada palabra mía era recibida con irritación. *«Mamá, ¡déjanos en paz!»*, replicaba Javier. Laura asentía, poniendo los ojos en blanco. Sus palabras eran una burla a mi sacrificio.
Un día estallé. *«Pues arreglaos, pero fuera de mi casa—les dije, temblando de rabia—. No puedo manteneros a los dos con mi pensión. Vosotros vivís a mi costa, ¡y yo apenas llego!»*. Les di un ultimátum: tenían hasta fin de mes para irse. Javier me miró resentido; Laura resopló, pero no dijeron nada. Aún así, me asalta el miedo: ¿y si no se van? ¿Qué hago con mi propio hijo?
Me desgarro entre el amor a Javier y la justicia. Es mi sangre, el niño por el que lo di todo, pero ahora solo piensa en sí mismo. Su indiferencia, su pereza, su elección de una pareja igual de irresponsable… cada gesto es una bofetada. Laura empeora las cosas: no cocina, no limpia, vive como si yo tuviera que mantenerla. Veo cómo mi vida se desvanece, arrastrada por su peso, y el dolor me quiebra.
¿Qué hacer? Si los echo, perderé a mi hijo para siempre. Si se quedan, me perderé yo misma. A cada mirada, busco en Javier al niño que amé, pero solo veo a un extraño que olvidó la gratitud. Mi esperanza en su apoyo murió, y ahora, al borde del abismo, no sé si tendré valor para dar el paso.





