Ángela creció siendo huérfana aunque sus padres seguían vivos. De su madre, sólo tenía recuerdos en fotografías y videollamadas, mientras que su padre, que vivía justo al lado, nunca se había interesado por su crianza.
A Ángela le daba la impresión de que su padre incluso temía mirarla, por si ella le pedía algo.
Durante años, Ángela guardó rencor a su madre, por perseguir su propia felicidad y olvidarse de ella, la hija. Pero con el tiempo, acabó comprendiéndola.
No debe de ser fácil quedarse embarazada con dieciséis años y criar sola a un hijo, y menos cuando el padre de la criatura es un compañero de clase y vecino.
Al menos tuvo el valor de dar a luz y no adoptó otra decisión. Aunque su madre dejó a Ángela al cuidado de los abuelos siendo solo un bebé, ella siempre le estuvo agradecida; quién sabe cómo habría sido su vida si hubiera crecido junto a su madre, que, por lo que parecía, nunca sintió un instinto maternal real.
En cambio, Ángela tuvo una infancia preciosa y creció rodeada de cariño y mimos.
Sus abuelos la adoraban, y su madre, de vez en cuando, le enviaba desde Madrid ropa moderna y juguetes.
Cuando Lucía se casó con un extranjero, el flujo de paquetes y transferencias en euros se volvió aún más constante.
A veces Ángela pensaba que su madre intentaba compensar con regalos y dinero una culpa que sentía en su interior.
Por su decimoctavo cumpleaños, incluso envió dinero para que su abuelo le comprara un pequeño piso en Valladolid.
La chica ya era mayor de edad y estaba a punto de entrar en la universidad, y todos pensaban que era mucho mejor tener su propia casa que no una habitación en una residencia.
Así, Lucía, poco a poco, intentaba demostrarle a Ángela, de manera sutil, que todo lo que hacía era por su bien.
Sorprendentemente para los abuelos, Ángela no guardaba rencor a su madre, aunque tampoco sentía por ella un afecto especial.
Cuando Lucía venía de visita, la gente pensaba que eran hermanas, tan parecidas eran, y Lucía, a sus treinta y cuatro, aparentaba diez años menos gracias a lo bien que se cuidaba.
Bueno, Ángela, ¿te animas a venirte conmigo? le propuso en una ocasión.
No, aún quiero terminar mis estudios.
Pues estudia, estudia… Se nota que eres muy lista. Aquí tienes mi nuevo número, si necesitas dinero o cualquier cosa, llámame.
Gracias, mamá. Me has mandado de todo y el dinero me sobra, creo que me durará bastante.
Ángela ni se fijó que el término mamá incomodaba a Lucía. Lucía seguía sin estar preparada para ser madre y, de hecho, a su marido extranjero le ocultó la existencia de su hija en España, diciendo que sólo ayudaba a sus padres y a una hermana pequeña.
Quizá quería a Ángela, pero más como a una sobrina o prima lejana, no con amor maternal profundo.
Pero cuando Lucía fue abandonada por su marido, que la dejó por una compatriota suya, lo primero que hizo fue acudir junto a su hija.
Ángela, ¿te importa si me quedo contigo un tiempo?
Claro que no, mamá. Pronto me casaré y después de la boda viviré con Guillermo.
¿Casarte? ¿No eres demasiado joven? Si hace nada cumpliste veinte…
¿Demasiado pronto? Ángela pensó en decir tú me tuviste con dieciséis, pero calló. Ya era adulta y capaz de decidir por sí misma cuándo y con quién casarse.
Ángela comparaba a menudo a los padres de su futuro marido con su propia madre. Aquellos la habían acogido como a una hija, mientras que Lucía ni siquiera preguntó quién era Guillermo.
Iré a la boda, pero por ahora necesito descansar y reponerme. Me marcho a Grecia unos días.
Mmm… Grecia… Qué bonito… Guillermo a veces viaja allí por trabajo. De hecho, ayer voló para unas negociaciones…
Faltaban pocos días para la boda. Ángela estaba agotada con los preparativos de lo que consideraba el acontecimiento más importante de su vida.
Guillermo, por motivos laborales, se había retrasado. Su madre tampoco había vuelto a dar señales, y Ángela empezaba a preocuparse.
Sin embargo, estaba segura de que Guillermo se alegraría muchísimo cuando supiera que pronto sería padre.
No habían planeado un niño antes de casarse, pero la boda estaba a la vuelta de la esquina y nadie pensaría mal.
Por fin has llegado. Ya pensaba que te habías enamorado de una griega y cambiabas de idea.
¿Qué dices, amor? Ya sabes que no me interesan aventuras pasajeras.
Aunque en eso, Guillermo no era sincero. Tuvo su aventura durante un viaje, casi como un destello, unos días que había guardado en secreto…
Ángela se sentía confusa sin entender qué pasaba cuando, de repente, apareció una mujer.
¿De qué secretos habláis? Yo espero un hijo de Guillermo. Le pedí que te lo contara…
¿Qué dices? ¿Estás embarazada de mi marido? ¿Esto es una broma?
¿Te parezco una bromista? Nos conocimos en Grecia y pasamos juntos varias noches. Luego, aquí, en pleno ajetreo de tu boda… Guillermo, cuéntale lo felices que fuimos allí.
¡Fuera! ¡Los dos! ¡No quiero veros!
Ángela, perdóname, fue un error…
El error fue casarme con alguien capaz de tal traición.
Ángela pidió el divorcio. Jamás perdonó a Guillermo y rompió todo lazo con su madre.
Volvió al pueblo con sus abuelos, donde con tranquilidad llevó adelante el embarazo y dio a luz a un niño sano.
De su madre y el exmarido no supo nunca más, ni lo deseó.
Pero un mes tras el nacimiento de su hijo, recibió una llamada del hospital de Valladolid:
¿Es usted hija de Lucía Jiménez?
Sí, ¿ha ocurrido algo?
Su madre falleció en el parto. Nació una niña. Pensamos que querría hacerse cargo. Si no, tendríamos que ingresarla en un centro de menores. ¿Vendrá usted a por la niña?
Sí… sí, iré.
Ángela no podía hacer otra cosa. Sabía que Guillermo no se haría responsable, seguía culpando sólo a Lucía.
Ángela creía que ambos compartían la culpa, pero comprendía que los hijos no deben pagar los pecados de sus padres.
Los niños son pura alegría; la suya propia, y como bien dice el refrán castellano, “la alegría compartida se multiplica”. Al final, entendió que la verdadera familia no siempre es la que nos toca, sino aquella que elegimos cuidar y amar.







