Querido diario,
He estado reflexionando mucho últimamente sobre mi vida y los extraños giros que ha tomado el destino. Fui criada por mi abuela en Madrid, mientras mis padres, unos eternos bohemios, recorrían los teatros y coros de España. Ellos nunca echaron raíces en ningún lado, siempre de viaje, de escenario en escenario, cantando y persiguiendo aplausos. Cuando cumplí cinco años, mi abuela, doña Pilar, me acogió en su piso y desde entonces, supe lo que era un hogar de verdad.
Recuerdo que al principio, mis padres nos visitaban a mí y a la abuela dos o, con suerte, tres veces al año, normalmente en Navidad o Semana Santa. Pero con el paso del tiempo, las visitas se fueron espaciando y, al final, dejaron de llegar. Llegó un momento en el que ni siquiera pensaba en ellos. La vida siguió y nuestro contacto se volvió prácticamente inexistente.
Mientras estudiaba Odontología en la Universidad Complutense, en tercer curso, conocí a Juan y nos casamos. Ahora, con él, hemos montado nuestra propia clínica dental en Salamanca y, gracias al esfuerzo de ambos, vivimos bastante bien.
Hace un año, mis padres reaparecieron de repente. Ni siquiera tenían mi número, así que llamaron a la clínica para buscarme. Sus llamadas eran, en realidad, largas listas de lamentos: que si la vida es dura, que si los tiempos han cambiado, que si el arte ya no da para vivir. Yo les escuchaba, pero no podía evitar recordarles que ellos eligieron ese camino y, sobre todo, eligieron dejarme en manos de la abuela Pilar. Mi abuela y yo siempre vivimos humildemente de su pensión, y en contadas ocasiones mis padres enviaban algún que otro euro, pero rara vez era suficiente y siempre éramos nosotras quienes tirábamos hacia adelante, ahorrando hasta la última moneda.
Durante el instituto, y luego en la universidad, trabajé de auxiliar nocturna en un hospital para poder pagarme las cosas básicas, como la comida o la ropa. Siempre supe que tenía que valerme por mí misma, y por eso ahora siento que tengo derecho a mi propia vida. Mis padres escogieron la suya y yo la mía.
Hace poco, viendo que no pensaba ayudarles económicamente, comenzaron a hablarme de reclamarme una pensión alimenticia. Aquellas palabras, sinceramente, me congelaron el corazón. Si en algún momento tuve dudas, creí que tal vez debía echarles una mano, ahora ya no me queda ni una pizca de ganas de estar cerca de ellos. No sé si hago bien o no, pero sinceramente, siento que lo justo es que sigamos cada uno por nuestro camino.
¿Crees, querido diario, que debería ayudarles después de todo? ¿O está bien que siga mi vida sin mirar atrás?




