Vivíamos como en un sueño, o eso me parecía. Una casa acogedora en un barrio tranquilo de las afueras de Valladolid, una familia amorosa, un trabajo estable. Ni yo ni los parientes de mi mujer, Laura, nos metíamos en sus vidas, y tampoco dábamos motivos para ello. Nuestra hija Lucía, nuestro pequeño ángel, llenaba cada día de alegría. Todo era perfecto… hasta aquella noche fatídica.
Iba corriendo a casa después del trabajo, atravesando la plaza nevada que separaba nuestro barrio del bullicioso centro de la ciudad. El viento aullaba, las farolas alumbraban débilmente el camino, y de repente, desde la oscuridad, escuché un grito desgarrador: “¡Suéltame, por favor!”. El sonido era tan penetrante que me quedé helado, intentando distinguir algo entre las sombras. El grito se repitió, más cerca esta vez, y sin pensarlo, corrí hacia él.
Entre la nieve distinguí las siluetas: una chica frágil forcejeando con un tipo enorme que la arrastraba hacia una obra abandonada. En sus brazos llevaba un yorkshire terrier temblando de miedo. Me abalancé sobre el agresor, agarrándole por la chaqueta. Él se giró con rabia salvaje y me lanzó un puñetazo. El golpe me quemó la mejilla, pero esquivé el siguiente y, juntando todas mis fuerzas, le di una patada en el costado. Tambaleándose, tropezó con el bordillo y cayó de golpe, golpeándose la cabeza contra un montón de hielo. La chica, sin mirar atrás, desapareció en la noche con su perrito.
Jadeaba intentando recuperar el aliento. El atacante yacía inmóvil. Bajo la luz de la farola vi una mancha oscura extendiéndose por la nieve alrededor de su cabeza. Un frío me recorrió el cuerpo. Llamé a la ambulancia, pero ya sabía que no había esperanza. Los médicos confirmaron lo peor: había muerto. La policía llegó después, y en vez de ir a casa, terminé en comisaría, bajo una lluvia de preguntas.
No volví a ver a Laura hasta el juicio. El investigador no permitió visitas, ignorando mis ruegos. Conté la verdad tal como ocurrió: el grito, la pelea, el golpe accidental. La chica que salvé incluso declaró, pero la investigación insistía en verme como un criminal. ¿Legítima defensa? No, exceso. El juez leyó la sentencia: cuatro años de prisión. Laura, sentada en la sala, se cubrió la cara con las manos, sus hombros temblaban de sollozos. Cuatro años de separación parecían una eternidad. Mi abogado logró atenuarlo, el fiscal no apeló, y yo, con el corazón en un puño, acepté mi destino. En la celda se susurraba sobre condenas de diez años, así que cuatro casi parecían un milagro.
La cárcel me recibió con humedad y grisura. Tras la cuarentena, esperaba las visitas, pero Laura nunca vino. En sus cartas hablaba de sus cosas, de Lucía, pero siempre había una excusa para no venir. Ayer llegó el día que me partió el alma. Un sobre grueso en mis manos. Sonreí al reconocer su letra pulcra, pero con cada línea la sonrisa se borraba. Laura hablaba de divorcio. *”Estoy cansada, Javier. No puedo sola. Hay alguien en quien apoyarme. Lucía crece, ¿y qué será en cuatro años? Perdóname.”* Las palabras quemaban como hierro al rojo. Apreté la carta, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba.
Mi compañero de celda, al verme, me dio una palmada en el omoplato: “Resiste, hermano. Cuando salgas, arreglarás las cosas. Vamos, prepara un café fuerte.” Entre sorbos amargos, rodeado de hombres como yo, apenas contenía la rabia. El más veterano del módulo, entrecerrando los ojos, soltó: “No te quejes, trabaja. Cumple los objetivos, junta para la libertad condicional. El tiempo pondrá las cosas en su sitio.”
Sus palabras se me clavaron. Me volqué a trabajar como un poseso: doblé los turnos, aguanté en silencio. El jefe de módulo, viendo mi esfuerzo, recomendó mi libertad condicional. Ahora espero la decisión del juez, anhelando salir. ¿Qué pasará después? No lo sé. Pero una cosa es clara: haré lo que sea para recuperar a Lucía. Su nuevo “papá” y Laura, que traicionó nuestro amor tan fácilmente, no me la arrebatarán. Por muy duro que pegue la vida, seguiré en pie. Por ella…





