Convertida en sirvienta Cuando Alejandra decidió casarse, su hijo y nuera se quedaron impactados por la noticia y no sabían cómo reaccionar. —¿Estás segura de que quieres cambiar tu vida de forma tan radical a esta edad? —le preguntó Catalina, mirando de reojo a su marido. —Mamá, ¿realmente necesitas hacer algo tan drástico? —replicó nervioso Rubén—. Entiendo que llevas muchos años sola y dedicaste casi toda tu vida a criarme, pero ahora casarte es una tontería. —Sois jóvenes y por eso pensáis así —respondió con calma Alejandra—. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo nos queda. Pero tengo derecho a disfrutar el resto de mi vida con alguien a quien amo. —Entonces, no te precipites en firmar papeles —intentó hacerle entrar en razón Rubén—. Conoces a Jorge desde hace apenas unos meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo. —A nuestra edad, hay que aprovechar el tiempo y no dejarlo escapar —reflexionaba Alejandra—. ¿Y qué me queda por averiguar? Él es dos años mayor, vive con su hija y familia en un piso de tres habitaciones, tiene buena pensión y además posee una casa en el campo. —¿Dónde vas a vivir entonces? —no entendía Rubén—. Vivimos juntos, pero aquí no hay sitio para nadie más. —Tranquilos, Jorge no quiere nuestro espacio, así que me mudaré con él —explicaba Alejandra—. Su piso es grande, con su hija me llevo bien, todos son adultos y no habrá conflicto alguno. Rubén se preocupaba, y Catalina intentaba que él comprendiera y aceptara la decisión de su madre. —¿Y si somos unos egoístas? —se preguntaba Catalina—. Claro, nos conviene que tu madre nos ayude, que esté con Clara, pero ella tiene derecho a rehacer su vida. Si tiene la oportunidad, no deberíamos impedírselo. —No sería tan grave si solo vivieran juntos, pero ¿casarse? —Rubén no lo aceptaba—. No me veo en una boda con vestido blanco y concursos de solteros. —Son de otra generación, quizá les da más seguridad —buscaba lógica Catalina. Finalmente, Alejandra se casó con Jorge, a quien había conocido por casualidad en la calle, y pronto se mudó a su piso. Al principio todo fue bien, la familia la aceptó, el marido fue amable y Alejandra creyó por fin merecer su felicidad y cada día era motivo de alegría. Pero pronto se hicieron evidentes los primeros resultados de vivir juntos. —¿Podrías preparar un guiso para la cena? —le pidió Inés—. Yo lo haría, pero tengo mucho trabajo y no llego; tú tienes tiempo libre. Alejandra entendió el mensaje y asumió todas las tareas: la cocina, la compra, la limpieza, la colada e incluso las visitas a la casa de campo. —La casa del campo ahora es terreno común —dijo Jorge—. Ni a mi hija ni a su marido les sobra el tiempo, la nieta es pequeña, así que lo haremos juntos. Alejandra no se quejaba, al contrario, disfrutaba de formar parte de una familia grande y unida en la que reinaba la ayuda mutua. Con el primer marido no tuvo esa suerte: era perezoso y astuto, y acabó marchándose cuando Rubén cumplió diez años. De eso hacía ya veinte, y desde entonces nunca supieron nada de él. Ahora todo parecía correcto, así que las tareas no la agobiaban y el cansancio no le provocaba mal humor. —Mamá, ¿qué pintas tú de trabajadora en el campo? —protestaba Rubén—. Después de cada escapada te sube la tensión, ¿te compensa? —Por supuesto, y además me gusta —respondía la jubilada—. Ya verás, Jorge y yo cosecharemos suficiente para todos y os compartiremos. Pero Rubén tenía sus dudas: en varios meses nadie los había invitado siquiera a conocerlos. Ellos sí invitaron a Jorge, y él prometía acudir, pero siempre tenía excusas de falta de tiempo o fuerzas. Terminaron por aceptarlo y solo esperaban saber que Alejandra era feliz. Al principio así fue, y todas las labores resultaban alegres para Alejandra. Pero con el tiempo, las tareas aumentaron y empezaron a pesarle. Jorge, al llegar a la casa de campo, se quejaba de la espalda o del corazón; la esposa lo acostaba y ella sola se ocupaba de los trabajos pesados. —¿Otra vez sopa? —se quejaba Antonio, el yerno de Jorge—. Ya la comimos ayer, pensaba que habría otra cosa. —No tuve tiempo de ir a comprar, estuve lavando y colgando cortinas todo el día y acabé cansada —se justificaba Alejandra. —Entiendo, pero no me gusta la sopa —rechazaba el plato Antonio. —Mañana Alejandra nos preparará un banquete —respondía rápido Jorge. Y así fue: ella pasaba todo el día en la cocina y por la noche todo se acababa en media hora. Después, recogía todo y así todos los días. Sin embargo, la hija y el yerno de Jorge cada vez se mostraban más exigentes, y Jorge la culpaba a ella por cualquier desacuerdo. —Tampoco soy una niña y me canso, ¿por qué tengo que hacerlo todo yo? —protestó Alejandra. —Como esposa, debes mantener el orden en esta casa —le recordaba Jorge. —Como esposa, no solo tengo deberes, sino también derechos —lloró Alejandra. Después se calmó y seguía esforzándose por agradar. Pero al final perdió la paciencia. Aquel día, Inés y Antonio preparaban salir a casa de unos amigos y querían dejar a su hija con Alejandra. —Que la niña se quede con su abuelo o vaya con vosotros, porque hoy tengo que ir al cumpleaños de mi nieta —anunció Alejandra. —¿Por qué tenemos que amoldarnos todos a tu agenda? —saltó Inés. —Ni vosotros, ni yo estoy obligada a nada —le recordó Alejandra—. Lo avisé el martes: mi nieta cumple años hoy. Lo ignorasteis, y ahora pretendéis que me quede atada aquí. —Esto no puede ser —se enfadó Jorge—. Ahora se estropean los planes de Inés, y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la ves mañana. —No pasa nada, podemos ir ahora los tres a casa de mis hijos, o tú te quedas con tu nieta mientras yo vuelvo —dijo firme Alejandra. —Sabía que esto del matrimonio no acabaría bien —dijo furiosa Inés—. Cocina regular, la casa nunca está impecable, y siempre pensando en sí misma. —¿De verdad piensas lo mismo después de todo lo que hice estos meses? —preguntó Alejandra a su marido—. Dime: ¿buscabas una esposa o una criada para los caprichos de todos? —Ahora no tienes razón y me quieres poner de culpable —titubeó Jorge. —Solo quiero una respuesta —insistió Alejandra. —Pues haz lo que quieras, pero en mi casa esa actitud no es aceptable —sentenció Jorge. —Entonces, renuncio —dijo Alejandra, y empezó a recoger sus cosas. —¿Me aceptáis de nuevo a la abuela descarriada? —llevaba la bolsa y el regalo de su nieta—. Me casé y regreso, no quiero hablar del tema; solo decidme si me aceptáis. —Por supuesto —corrieron Rubén y Catalina—. Tu habitación está lista y celebramos tu regreso. —¿De verdad estáis contentos? —esperaba Alejandra escuchar esas palabras. —¿Por qué no celebrarlo cuando se trata de familia? —respondía Catalina. Alejandra supo entonces que no era una sirvienta. Sí, ayudaba en casa y con la nieta, pero su hijo y nuera nunca habían abusado ni se habían aprovechado de ella. Aquí era madre, abuela y suegra, miembro de la familia, no una criada. Alejandra volvió para quedarse, pidió el divorcio y decidió no volver a pensar en lo vivido.

15 de marzo

Hoy siento la necesidad de escribir, de poner en palabras todo lo que me ha pasado. Cuando decidí casarme, mis hijos Noé y Clara se quedaron paralizados, incapaces de reaccionar. La noticia les cayó como un jarro de agua fría.

¿De verdad quieres darle un giro tan radical a tu vida, mamá? me preguntó Clara, mirando a Noé con preocupación.

Pero mamá, ¿para qué te metes en estas cosas a tu edad? se inquietó Noé. Entiendo que lleves mucho tiempo sola, y que hayas dedicado casi toda tu vida a mí, pero casarte ahora es una locura.

Lo veis así porque sois jóvenes les contesté con tranquilidad. Tengo sesenta y tres años, no sé cuánto tiempo me queda, pero tengo todo el derecho de pasar lo que me quede junto a alguien a quien quiero.

Al menos no corras con el papeleo intentó tranquilizarme Noé. A Mateo lo conoces desde hace tres meses y ya quieres cambiarlo todo.

En esta edad no conviene perder tiempo le respondí. ¿Qué tengo que saber? Él es dos años mayor, vive con su hija y su familia en un piso amplio en el barrio Salamanca, cobra una buena pensión y tiene una casita rural en Ávila.

¿Y dónde vais a vivir? preguntó Noé sin entenderlo. Aquí estamos apretados, no cabe nadie más.

No os preocupéis, Mateo no va a pedir ni un rincón. Yo me mudaré con él expliqué. El piso es grande, con su hija Araceli nos llevamos bien, todos somos adultos, no habrá problemas.

Noé sufría por mí, y Clara intentaba que él aceptase mi decisión.

¿Y si somos egoístas nosotros? reflexionó. Es cierto que nos viene bien que tu madre nos ayude, que cuide a Irene, pero ella tiene derecho a rehacer su vida. Si se le presenta esta oportunidad, no deberíamos impedirlo.

Si sólo fuese vivir juntos, vale, pero ¿para qué casarse? no lo entendía Noé. No hace falta una boda ni vestido ni celebraciones.

Son de otra generación, quizá les da tranquilidad razonaba Clara.

Finalmente me casé con Mateo, a quien conocí por casualidad dando un paseo por Retiro. En poco tiempo me mudé a su casa. Al principio, todo fue tranquilo, me recibieron bien, mi marido fue amable, y de verdad pensé que por fin había llegado mi momento de felicidad: era tiempo de disfrutar y agradecer cada día.

Pero, como suele pasar, pronto salieron los matices de la convivencia.

¿Podrías hacer el guiso para la cena, por favor, Carmen? me preguntó Araceli. Yo no tengo tiempo ni energía después de la oficina, pero tú vas sobrada de tiempo.

Capté la indirecta y empecé a ocuparme de la cocina, lo que trajo consigo hacer la compra, limpiar, lavar la ropa, y hasta encargarme del huerto en Ávila.

Desde ahora, la casa rural es cosa de los dos, Carmen me dijo Mateo. Mi hija y su marido no pueden ir, la nieta es pequeña, así que nosotros nos ocupamos.

No me molestaba. Disfrutaba formando parte de una familia grande y solidaria, todo después de un primer matrimonio infeliz: mi ex marido era vago y astuto, y acabó abandonándonos cuando Noé tenía diez años. Veinte años sin saber de él. Ahora todo parecía tener sentido, las tareas no me pesaban y no me molestaba cansarme.

Mamá, ¿para qué te matas en la casa rural? me decía Noé preocupado. Siempre vuelves con la tensión por las nubes. ¿Para qué te complicas?

Me gusta, y además a Mateo también; recogeremos mucha cosecha y compartiremos con vosotros, claro le respondía sonriente.

Lo que no me convenció fue que en meses nunca nos invitaron a visitarles ni para conocernos. Noé y Clara invitaron varias veces a Mateo, pero siempre tenía algún impedimento. Al final, dejamos de insistir, entendiendo que para ellos no era importante mantener la relación. Solo deseábamos que yo estuviera bien y fuese feliz.

Al principio era así, disfrutaba, pero las tareas aumentaban y cada vez me pedían más. Mateo, nada más llegar a Ávila, se quejaba de la espalda o del corazón, y yo, en vez de disfrutar, me ponía a recoger ramas, barrer hojas y tirar basura.

¿Otra vez cocido, Carmen? se quejaba Santiago, el yerno. Ayer ya lo tuvimos, esperaba otra cosa.

No he podido preparar nada distinto, ni ir a la compra, hoy me pasé lavando las cortinas y poniéndolas, acabé agotada y mareada me disculpé.

Pues yo no soporto el cocido, la verdad rechazaba el plato Santiago.

Mañana Carmen nos hará un banquete imperial intervenía Mateo.

Y así era: al día siguiente pasaba horas en la cocina y en media hora devoraban todo. Luego tocaba limpiar y aquello se repetía siempre. Las quejas de Araceli y Santiago crecían con cualquier detalle, y Mateo se ponía de su lado, convirtiéndome en la responsable de todo.

No soy joven, también me canso, y no entiendo por qué tengo que hacerlo todo yo me atreví a protestar.

Eres mi esposa, tienes que mantener el orden aquí me replicó Mateo.

Como esposa tengo derechos además de obligaciones solté llorando.

Luego me calmaba y volvía al ruedo, tratando de agradar y crear buen ambiente. Pero un día exploté, y me dolió tanto todo lo que pasó. Araceli y su marido iban a ver a unos amigos y me dejaron a la nieta.

Que la pequeña se quede con el abuelo o que os la llevéis, porque hoy voy a ver a mi propia nieta dije firme.

¿Y ahora todos tenemos que cambiar los planes por ti? se enfadó Araceli.

No tenéis que hacerlo, pero tampoco yo os debo nada. Hoy es el cumpleaños de Irene, lo avisé el martes. Encima ignoráis ese hecho y ahora pretendéis usarme de niñera.

Esto no puede ser, de verdad Mateo se ruborizó. Los planes de Araceli son importantes, y tu nieta es pequeña, puedes felicitarla mañana.

Nada pasa si vamos los tres a casa de mis hijos, o si tú te quedas con la niña mientras yo vuelvo respondí decidida.

Ya sabía que este matrimonio acabaría mal se quejó Araceli. Cocina regular, no limpia bien y solo piensa en sí misma.

¿Piensas eso después de todo lo que hice? le pregunté a Mateo. Dime la verdad, ¿buscabas esposa o sirvienta?

Estás equivocada, ahora intentas hacerme responsable de todo parpadeaba nervioso.

Solo quiero una respuesta clara me mantuve firme.

Si así lo quieres, haz lo que te parezca, pero en mi casa no toleramos esa actitud hacia las tareas se desentendió Mateo.

Pues entonces, me despido contesté y empecé a recoger mis cosas.

¿Me aceptáis de vuelta, hijos? con la maleta y el regalo para Irene en mano. Me casé, he vuelto, no me preguntéis nada, solo decidid si me acogéis.

Por supuesto corrieron Noé y Clara. Tu habitación te espera, y estamos felices de tenerte de vuelta.

¿Feliz de verdad? necesitaba aprenderlo.

¿Por qué otra razón se alegra uno de la familia? me sonrió Clara.

Hoy sé que aquí no soy la criada. Sí, ayudo en casa, cuido a Irene, pero Noé y Clara nunca han abusado ni me han faltado al respeto. Aquí soy madre, abuela, suegra y familia, no sirvienta. No pienso volver atrás: solicité el divorcio y prefiero no recordar lo vivido. Hoy es el primer día de mi verdadera vuelta a casa.

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MagistrUm
Convertida en sirvienta Cuando Alejandra decidió casarse, su hijo y nuera se quedaron impactados por la noticia y no sabían cómo reaccionar. —¿Estás segura de que quieres cambiar tu vida de forma tan radical a esta edad? —le preguntó Catalina, mirando de reojo a su marido. —Mamá, ¿realmente necesitas hacer algo tan drástico? —replicó nervioso Rubén—. Entiendo que llevas muchos años sola y dedicaste casi toda tu vida a criarme, pero ahora casarte es una tontería. —Sois jóvenes y por eso pensáis así —respondió con calma Alejandra—. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo nos queda. Pero tengo derecho a disfrutar el resto de mi vida con alguien a quien amo. —Entonces, no te precipites en firmar papeles —intentó hacerle entrar en razón Rubén—. Conoces a Jorge desde hace apenas unos meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo. —A nuestra edad, hay que aprovechar el tiempo y no dejarlo escapar —reflexionaba Alejandra—. ¿Y qué me queda por averiguar? Él es dos años mayor, vive con su hija y familia en un piso de tres habitaciones, tiene buena pensión y además posee una casa en el campo. —¿Dónde vas a vivir entonces? —no entendía Rubén—. Vivimos juntos, pero aquí no hay sitio para nadie más. —Tranquilos, Jorge no quiere nuestro espacio, así que me mudaré con él —explicaba Alejandra—. Su piso es grande, con su hija me llevo bien, todos son adultos y no habrá conflicto alguno. Rubén se preocupaba, y Catalina intentaba que él comprendiera y aceptara la decisión de su madre. —¿Y si somos unos egoístas? —se preguntaba Catalina—. Claro, nos conviene que tu madre nos ayude, que esté con Clara, pero ella tiene derecho a rehacer su vida. Si tiene la oportunidad, no deberíamos impedírselo. —No sería tan grave si solo vivieran juntos, pero ¿casarse? —Rubén no lo aceptaba—. No me veo en una boda con vestido blanco y concursos de solteros. —Son de otra generación, quizá les da más seguridad —buscaba lógica Catalina. Finalmente, Alejandra se casó con Jorge, a quien había conocido por casualidad en la calle, y pronto se mudó a su piso. Al principio todo fue bien, la familia la aceptó, el marido fue amable y Alejandra creyó por fin merecer su felicidad y cada día era motivo de alegría. Pero pronto se hicieron evidentes los primeros resultados de vivir juntos. —¿Podrías preparar un guiso para la cena? —le pidió Inés—. Yo lo haría, pero tengo mucho trabajo y no llego; tú tienes tiempo libre. Alejandra entendió el mensaje y asumió todas las tareas: la cocina, la compra, la limpieza, la colada e incluso las visitas a la casa de campo. —La casa del campo ahora es terreno común —dijo Jorge—. Ni a mi hija ni a su marido les sobra el tiempo, la nieta es pequeña, así que lo haremos juntos. Alejandra no se quejaba, al contrario, disfrutaba de formar parte de una familia grande y unida en la que reinaba la ayuda mutua. Con el primer marido no tuvo esa suerte: era perezoso y astuto, y acabó marchándose cuando Rubén cumplió diez años. De eso hacía ya veinte, y desde entonces nunca supieron nada de él. Ahora todo parecía correcto, así que las tareas no la agobiaban y el cansancio no le provocaba mal humor. —Mamá, ¿qué pintas tú de trabajadora en el campo? —protestaba Rubén—. Después de cada escapada te sube la tensión, ¿te compensa? —Por supuesto, y además me gusta —respondía la jubilada—. Ya verás, Jorge y yo cosecharemos suficiente para todos y os compartiremos. Pero Rubén tenía sus dudas: en varios meses nadie los había invitado siquiera a conocerlos. Ellos sí invitaron a Jorge, y él prometía acudir, pero siempre tenía excusas de falta de tiempo o fuerzas. Terminaron por aceptarlo y solo esperaban saber que Alejandra era feliz. Al principio así fue, y todas las labores resultaban alegres para Alejandra. Pero con el tiempo, las tareas aumentaron y empezaron a pesarle. Jorge, al llegar a la casa de campo, se quejaba de la espalda o del corazón; la esposa lo acostaba y ella sola se ocupaba de los trabajos pesados. —¿Otra vez sopa? —se quejaba Antonio, el yerno de Jorge—. Ya la comimos ayer, pensaba que habría otra cosa. —No tuve tiempo de ir a comprar, estuve lavando y colgando cortinas todo el día y acabé cansada —se justificaba Alejandra. —Entiendo, pero no me gusta la sopa —rechazaba el plato Antonio. —Mañana Alejandra nos preparará un banquete —respondía rápido Jorge. Y así fue: ella pasaba todo el día en la cocina y por la noche todo se acababa en media hora. Después, recogía todo y así todos los días. Sin embargo, la hija y el yerno de Jorge cada vez se mostraban más exigentes, y Jorge la culpaba a ella por cualquier desacuerdo. —Tampoco soy una niña y me canso, ¿por qué tengo que hacerlo todo yo? —protestó Alejandra. —Como esposa, debes mantener el orden en esta casa —le recordaba Jorge. —Como esposa, no solo tengo deberes, sino también derechos —lloró Alejandra. Después se calmó y seguía esforzándose por agradar. Pero al final perdió la paciencia. Aquel día, Inés y Antonio preparaban salir a casa de unos amigos y querían dejar a su hija con Alejandra. —Que la niña se quede con su abuelo o vaya con vosotros, porque hoy tengo que ir al cumpleaños de mi nieta —anunció Alejandra. —¿Por qué tenemos que amoldarnos todos a tu agenda? —saltó Inés. —Ni vosotros, ni yo estoy obligada a nada —le recordó Alejandra—. Lo avisé el martes: mi nieta cumple años hoy. Lo ignorasteis, y ahora pretendéis que me quede atada aquí. —Esto no puede ser —se enfadó Jorge—. Ahora se estropean los planes de Inés, y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la ves mañana. —No pasa nada, podemos ir ahora los tres a casa de mis hijos, o tú te quedas con tu nieta mientras yo vuelvo —dijo firme Alejandra. —Sabía que esto del matrimonio no acabaría bien —dijo furiosa Inés—. Cocina regular, la casa nunca está impecable, y siempre pensando en sí misma. —¿De verdad piensas lo mismo después de todo lo que hice estos meses? —preguntó Alejandra a su marido—. Dime: ¿buscabas una esposa o una criada para los caprichos de todos? —Ahora no tienes razón y me quieres poner de culpable —titubeó Jorge. —Solo quiero una respuesta —insistió Alejandra. —Pues haz lo que quieras, pero en mi casa esa actitud no es aceptable —sentenció Jorge. —Entonces, renuncio —dijo Alejandra, y empezó a recoger sus cosas. —¿Me aceptáis de nuevo a la abuela descarriada? —llevaba la bolsa y el regalo de su nieta—. Me casé y regreso, no quiero hablar del tema; solo decidme si me aceptáis. —Por supuesto —corrieron Rubén y Catalina—. Tu habitación está lista y celebramos tu regreso. —¿De verdad estáis contentos? —esperaba Alejandra escuchar esas palabras. —¿Por qué no celebrarlo cuando se trata de familia? —respondía Catalina. Alejandra supo entonces que no era una sirvienta. Sí, ayudaba en casa y con la nieta, pero su hijo y nuera nunca habían abusado ni se habían aprovechado de ella. Aquí era madre, abuela y suegra, miembro de la familia, no una criada. Alejandra volvió para quedarse, pidió el divorcio y decidió no volver a pensar en lo vivido.