Me convertí en sirvienta
Recuerdo como si fuese ayer aquel tiempo en que decidí rehacer mi vida, cuando tomé la decisión de casarme de nuevo. Mi hijo, Javier, y su esposa, Carmen, se quedaron perplejos al recibir la noticia, sin saber cómo reaccionar apropiadamente.
¿Estás segura de querer cambiar tu vida de forma tan radical a esta edad? preguntó Carmen, mirando de reojo a Javier.
Mamá, ¿cómo se te ocurre hacer algo así? preguntaba Javier, visiblemente nervioso. Sé que llevas muchos años sola y que casi toda tu vida la has dedicado a criarme, pero casarte ahora me parece una locura.
Sois jóvenes y por eso pensáis así contesté con calma. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo nos queda. Pero tengo derecho a disfrutar los años que me queden con alguien que amo.
Entonces, no os precipitéis con la boda intentó razonar Javier. Apenas conoces a Matías, lleváis un par de meses y ya estás dispuesta a cambiarlo todo.
A nuestra edad no hay tiempo que perder, hijo razoné, con el tono pausado que da la experiencia. Además, ¿qué es lo importante? Él tiene dos años más que yo, vive con su hija y su familia en un piso grande en Salamanca, tiene una buena pensión y una casita en el pueblo.
¿Y dónde pensáis vivir? preguntó Javier, sin entender. Aquí no cabe nadie más; apenas tenemos espacio.
No os preocupéis, Matías no quiere vuestros metros, así que me iré a vivir con él les conté. Su piso es espacioso, su hija, Inés, y yo hemos congeniado bien, y todos somos adultos, así que no hay razón para conflictos.
Javier estaba inquieto, pero Carmen procuraba hacerle ver que debíamos respetar mi decisión.
Quizá somos egoístas reflexionó ella. Nos viene bien que tu madre nos ayude, sobre todo cuando cuida de Lucía. Pero tiene derecho a buscar su propia felicidad. Si ha encontrado esa oportunidad, no debemos obstaculizarla.
Si solo fuese vivir juntos, lo entendería, pero ¿para qué casarse? insistía Javier. No quiero ver a mi madre vestida de blanco ni organizar una boda con bailes y regalos.
Son de otra generación, tal vez lo hagan por seguridad y tranquilidad justificaba Carmen.
Al final me casé con Matías, a quien había conocido por casualidad en una tarde soleada por las calles de Valladolid. Pronto me mudé a su piso, donde al principio fui bien recibida; me sentí respetada por su familia y por él. Creí, en esa etapa madura de la vida, que por fin me tocaba una pizca de felicidad, y me dediqué a disfrutar cada día con gratitud, colaborando en todo lo necesario.
Poco a poco, sin embargo, empezaron a surgir ciertas situaciones que cambiaron el rumbo de mi nueva vida.
¿Podrías preparar un guiso para la cena, por favor? preguntaba Inés. Yo trabajaría en ello, pero el trabajo no me da tregua y tú tienes tiempo de sobra.
Capté la indirecta y asumí la cocina. Poco después, recayó en mí la compra, la limpieza, la colada, y hasta los viajes a la casita en el pueblo.
Ahora que somos marido y mujer, la casa de campo es de los dos decía Matías. Mi hija y su marido no pueden ir, la nieta es aún pequeña, así que tendremos que apañarnos solos.
No me incomodaba colaborar; me gustaba pertenecer a una gran familia, donde impera la ayuda y el apoyo mutuo. Con mi primer marido eso no fue posible, pues vivía a la sombra de la holgazanería y el engaño, hasta que desapareció de nuestras vidas cuando Javier tenía diez años. De eso hacía ya más de veinte años y nunca supimos de su destino. Por ello, ahora todo me parecía correcto: los quehaceres no me agobiaban y no sentía esa irritación que antes conocí.
Madre, ¿de verdad puedes trabajar en la huerta? se preocupaba Javier. Tras cada viaje al pueblo, seguro que te sube la tensión. ¿De verdad lo necesitas?
Claro que sí, hijo, me hace bien respondía. Matías y yo cultivaremos lo suficiente para todos y por supuesto compartiremos con vosotros.
Sin embargo, Javier no estaba convencido. En todos esos meses, nadie de la familia de Matías nos invitó a visitarlos ni siquiera por cortesía. Javier y Carmen invitaron varias veces a Matías, pero siempre tenía excusas. Al final, dejamos de insistir y asumimos que esa familia no tenía interés en mantener la relación. Lo único que pedían era saber que yo era feliz y que me iba bien.
Durante un tiempo así fue. Pero la carga de tareas no dejaba de aumentar. Cuando llegábamos al pueblo, Matías se quejaba de la espalda o del corazón y yo, preocupada, le acomodaba para descansar mientras me ocupaba de las ramas, barría las hojas, y sacaba la basura.
¿Otra vez cocido? torcía el gesto Luis, el yerno de Matías. Ayer comimos lo mismo, esperaba algo distinto.
No tuve tiempo de ir a comprar, además estuve lavando todas las cortinas y terminando la limpieza, acabé tan cansada que me tumbé un momento explicaba.
Ya, pero el cocido no me gusta arrastraba Luis su plato hacia el lado.
Mañana, seguro que Alejandra nos sorprende con un banquete intervenía Matías.
Así era: al día siguiente, yo en la cocina todo el día para que la cena desapareciera en media hora. Luego recogía y limpiaba. Así, día tras día. Cada vez, Inés y Luis encontraban algún motivo para protestar, y Matías solía ponerse de su lado, culpándome de cualquier cosa.
Yo también me canso y no entiendo por qué tengo que hacerlo todo no me callé después de otro de esos episodios.
Eres mi esposa y es tu deber mantener el orden en casa decía Matías, con ese tono autoritario.
Como tu esposa, tengo deberes, sí, pero también derechos lloré, abrumada.
Me tranquilizaba y volvía a esmerarme. Pero un día, tras una discusión, mi paciencia llegó al límite. Inés y Luis iban de visita y pretendían dejarme a su hija.
La niña puede quedarse con su abuelo o ir con vosotros, porque yo hoy voy a ver a mi nieta avisé.
¿Por qué tenemos que adaptar nuestros planes a los tuyos? estalló Inés.
Nadie tiene que hacerlo, pero tampoco yo tengo obligación les recordé. Hoy es el cumpleaños de mi nieta, os lo dije el martes. Nadie lo consideró y encima pretendéis que yo no salga.
Esto no puede ser, de verdad se enrojecía Matías. Ahora los planes de Inés se fastidian y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana.
No pasa nada si vamos ahora los tres a casa de mis hijos, o tú te quedas cuidando a tu nieta hasta que vuelva insistí.
Ya sabía yo que tu boda acabaría mal soltó Inés con rabia. Cocina regular, la limpieza se le escapa y solo piensa en sí misma.
¿De verdad piensas así después de todo lo que hice estos meses? pregunté a Matías. Dímelo claro, ¿buscabas esposa o a una criada para servir a todos?
No eres justa, intentas hacerme sentir culpable titubeaba Matías. No montes un escándalo, no hay motivo.
Solo pido una respuesta no me rendía.
Si es así, haz lo que creas. Pero en mi casa no se consiente esa actitud se puso digno Matías.
En tal caso, dimito dije, y me fui a recoger mis cosas.
¿Me recibís de vuelta, aunque sea una abuela un poco desafortunada? pregunté, cargando la bolsa y el regalo para Lucía. Me casé, regresé. No quiero preguntas, solo decidme: ¿me aceptáis en casa?
Por supuesto madre se apresuraron Javier y Carmen. Tu habitación te espera, estamos felices de que vuelvas.
¿Felices sin más? pregunté, buscando palabras de cariño.
¿Por qué se alegran los seres queridos si no es por eso? decía Carmen, sin comprender mi duda.
Ahora ya lo sabía. Yo no era sirvienta allí. Ayudaba en la casa y cuidaba de mi nieta, pero Javier y Carmen jamás abusaron ni pretendieron aprovecharse. Con ellos, era simplemente madre, abuela, suegra, parte de la familia. No una criada. Así volví para siempre, solicité mi divorcio y procuré no pensar más en lo vivido.






