Construyó un cobertizo de jardín durante una semana y comió alimentos de la nevera. Se lo deduje de su salario, y comenzó a enfadarse por ello.

Durante una semana entera, él se dedicó a levantar un pequeño cobertizo en mi patio mientras se alimentaba de los alimentos que había en mi frigorífico. Yo resté ese consumo de su sueldo y él empezó a protestar con una furia que parecía sacada de un sueño.

Necesitaba un cobertizo en mi casa de Segovia. Decidí no acudir a una gran empresa de construcción; pensé que solo hacía falta un hombre que dominara los cimientos del oficio.

Un vecino, don José, me remitió a su amigo, don Carlos, que trabajaba en la albañilería y que, según él, podía erigir sin problema una estructura tan sencilla.

Tuve suerte: Carlos estaba libre. No quería el trabajo, pero logré convencerlo con palabras que flotaban como nubes en la madrugada.

Aseguró que lo terminaría en una semana, lo cual me complacía. El sábado dijo que vendría a inspeccionar el terreno y que, al día siguiente, compraría todos los materiales necesarios para la obra.

Conversamos también sobre la dureza del trabajo. Él afirmó que necesitaba enseguida a un ayudante y que, después, encontraría a alguien con quien colaborar, pues tenía muchos amigos.

Lo esencial era que yo pasaría la semana entera en la ciudad, trabajando, y no podría estar presente durante la construcción. Por eso, le entregué las llaves hasta el próximo fin de semana.

Carlos prometió que se ocuparía de todo, pues era un buen artesano. Me pidió una remuneración justa, bastante alta, y yo acepté.

Al caer la noche del sábado, el cobertizo estaba listo. Todo era perfecto, tal como lo había imaginado; no tenía queja alguna. Carlos, en ese momento, no mostraba inconvenientes.

Lo único que me desagradó fue que Carlos había devorado todo lo que había en mi frigorífico: dos kilos de lomo de cerdo, dos docenas de huevos, varios cartones de leche, una salsa y una botella de vino. Ese comportamiento me resultó inadmisible. No era cuestión de compasión por los alimentos, sino de que nadie me había preguntado si podían darse ese gusto; simplemente me habían empujado a la esquina.

Calculé el coste de esos alimentos y lo deduje de su salario. Fue, por supuesto, una gota en el océano, pero para mí marcó la diferencia.

A Carlos no le agradó. Empezó a discutir conmigo y alegó que los obreros siempre deben ser alimentados, algo que él consideraba normal. Añadió que, durante la obra, hubo momentos en que se esforzó más, pero que al final la suma total no variaba.

Por un lado, quería asentirle. Por otro, seguía convencido de que había cumplido todas las condiciones pactadas y que debía haber sido advertido de cualquier matiz.

Así quedó el sueño, con el cobertizo flotando bajo la luz de la luna, mientras los ecos de la discusión se desvanecían entre los olivares de Castilla.

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Construyó un cobertizo de jardín durante una semana y comió alimentos de la nevera. Se lo deduje de su salario, y comenzó a enfadarse por ello.