Conseguí que mi hijo se divorciara y ahora me arrepiento… Una historia de suegras, nueras y segundas…

He conseguido que mi hijo se divorcie, y ahora me arrepiento…

Ayer mi nuera volvió a traerme a la nieta para el fin de semana me decía mi vecina Rosa en el rellano, con el ceño fruncido. ¡No consigo que la niña coma bien! Mi mamá dice que las princesas no comen mucho, abuela, me suelta, se toma dos cucharadas y no quiere más. ¡Parece que va a romperse de lo delgaducha que está! ¡Si hasta brilla de lo pálida!

Desde el primer momento, Rosa no tragó a la mujer de su hijo Diego, a quien llamaremos Inés. Simplemente porque era siete años mayor que él. Y es que Diego era prácticamente un crío cuando la conoció, acababa de terminar el instituto.

¡Ni siquiera había estado con una mujer antes de ella! me decía indignada Rosa. Lo normal es que acabara coladito por alguien con más experiencia. ¡La ha engatusado con su madurez y su saber estar!

Y eso que Inés era una mujer atractiva, de esas que cuidan su figura, se visten con gusto y avanzan en su trabajo con paso decidido. No me sorprendía nada que Diego se hubiera enamorado de ella, los hombres son muy de dejarse llevar por lo que entra por los ojos y aquí había mucho que admirar.

Inés cuidaba su alimentación y siempre vigilaba la salud. Por eso quería lo mismo para su hija: comer bien, sin excesos, y pensar en el bienestar.

A los pocos meses de empezar a salir, Inés quedó embarazada. No sé si fue por fastidiar a la futura suegra, que desde el principio intentó romperles, o porque realmente quería casarse. O simplemente sucedió, porque al fin y al cabo, Diego se plantó y dijo que se casaba con ella, recién cumplidos los 18 mientras ella tenía 25.

Al terminar el bachillerato, Diego entró en una FP y empezó a compaginar estudios y trabajo. Se mudaron a un piso pequeñito, y luego pudieron comprar un estudio en Tetuán. Los comienzos no fueron fáciles, pero estaban felices, aunque Rosa no aflojaba: que si la comida no está buena, que si la camisa no está planchada, que si la niña va mal vestida… Nunca encontraba ni una virtud a Inés, siempre era todo negativo, tanto que la pobre joven acabó distanciándose por completo.

Al final, Inés redujo el contacto con su suegra al mínimo. Ella misma llevaba cada día a su hija a la guardería, a gimnasia o ajedrez. No paraba: salía del trabajo y volaba al cole, después tocaba alguna actividad, y luego aún tenía que buscar un hueco para ir al gimnasio o a la peluquería… En casa apenas paraba.

Mientras tanto, Diego llegaba a casa y, claro, se encontraba solo: su hija estaba en clase, y su mujer o la acompañaba o seguía con sus cosas. Así, en una de aquellas noches solitarias, llamó a su puerta Carmen, la vecina del piso de al lado: una viuda de 38 años con dos hijos adolescentes. Se le había estropeado el grifo, y le pidió a Diego que lo arreglara, antes de que se liara una buena inundación.

Diego, que tenía habilidad para el bricolaje, le hizo el apaño enseguida. Carmen, agradecida, le ofreció un plato de macarrones con albóndigas. Diego aceptó con gusto, porque Inés últimamente no tenía tiempo ni de freír un huevo y él echaba de menos la comida casera.

A partir de ese día, Carmen invitaba a Diego a cenar con frecuencia. En cuanto veía que su mujer y su hija no estaban en casa, se escapaba a la cocina común. Allí compartían charla, empanadas y risas al calor de un hogar recién improvisado. Hasta que, sin darse cuenta, una chispa saltó entre ellos, y ya no supieron estar el uno sin el otro cuando caía la noche.

Lo que pasa es que en los pisos compartidos todo el mundo se entera de la vida de los demás. Así que a Inés no tardaron en decirle que su marido iba a visitar a Carmen seguramente por algo más que para arreglarle los grifos.

El escándalo fue de los que hacen historia. Todo el bloque hablaba del lío. Inés, orgullosa y dolida, le echó de casa sin dudar, le recogió la ropa y se la tiró al pasillo.

Era tarde para volver con sus padres así que Diego se fue a casa de Carmen, que lo acogió con los brazos abiertos.

En ese momento, la hija de Diego e Inés tenía seis años. Diego, veinticinco. Inés, treinta y dos. Carmen, treinta y nueve.

Rosa, mi vecina, al saber que su hijo se había separado y había dejado a su esposa, se sintió triunfadora… hasta que cayó en la cuenta de que Diego ahora vivía con Carmen, una mujer catorce años mayor y con dos hijos. Ahí la risa se le apagó de golpe.

Fue muy curioso ver a Rosa, que tantos años se había quejado de Inés por ser demasiado mayor, aceptar sin rechistar a Carmen. ¿Quizá se dio cuenta de que sus propios prejuicios le habían jugado una mala pasada?

Todo esto pasó hace ya quince años. Hoy, Diego sigue junto a Carmen. No han tenido hijos en común, pero viven en armonía, con complicidad y calma a pesar de la diferencia de edad. Rosa los recibe en casa con toda la cordialidad y desde hace años la relación fluye, sin enfados ni reproches. Y yo veo que Diego es feliz de verdad.

De esto he aprendido algo muy sencillo: a veces, intentar dirigir la vida de los hijos solo lleva a que se equivoquen y a que uno termine arrepintiéndose. La felicidad no entiende de edades, sino de amor y comprensión.

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MagistrUm
Conseguí que mi hijo se divorciara y ahora me arrepiento… Una historia de suegras, nueras y segundas…