Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la vez que logré separar a Andrés de su esposa mayor y descubrí que la felicidad no depende de la edad

Diario de Carmen Díaz
Madrid, 15 de octubre

Esta mañana me encontré con mi vecina, Pilar Martín, en el rellano. Venía molesta porque su nuera, Estrella, volvió a dejarle a la nieta para el fin de semana.

– No hay forma de que coma nada en condiciones, Carmen. “Mi mamá me dice que las princesas no comen mucho”, me suelta la niña, y después de dos cucharadas, ¡se acabó! Si es que parece una ramita, más verde que una hoja de acelga…

Pilar nunca vio con buenos ojos a Estrella. Desde el primer momento le tuvo manía porque era siete años mayor que su hijo Javier. Y claro, cuando empezó la relación, él apenas salía del instituto, un chaval inmaduro a ojos de todos.

Si es que antes de Estrella ni sabía tratar con mujeres me repetía una y otra vez Pilar. ¡Normal que se encaprichase, con la experiencia que tiene ella! Lo engatusó y mira en qué hemos acabado.

Pero sinceramente, Estrella siempre fue muy guapa. Tenía presencia, cuidaba su figura, sabía vestirse y, encima, avanzaba en su trabajo. Nunca vi nada extraño en que Javier se enamorase de ella. Al fin y al cabo, a los hombres españoles les gusta lo que entra por los ojos, y ella era todo estilo.

Por su forma de vivir, Estrella seguía una dieta estricta. Educaba a su hija en ese mismo camino: comer lo justo, nada de excesos, cuidar la salud y la silueta.

A los pocos meses de empezar su relación, Estrella se quedó embarazada. Algunos decían que fue para fastidiar a su futura suegra, que no dejaba de incordiar y meterse en su vida; otros decían que era lo que más deseaba. Da igual. Javier tenía dieciocho recién cumplidos y no quiso saber de opiniones ajenas: se casó con Estrella, que tenía ya veinticinco.

Con el título de bachiller en la mano, Javier empezó una FP y combinaba el estudio con trabajos para poder mantener a la familia, ya que se mudaron a un pequeño apartamento alquilado. Poco después pudieron comprar un cuartito propio en una vieja corrala del centro.

Pese a todos esos comienzos humildes, se les veía felices. Pero Pilar no dejaba pasar oportunidad de criticar a Estrella: que si la comida sosa, que si la camisa de su hijo sin planchar, que si a la nieta la lleva vestida como si fuera para la ópera… Solo veía defectos, nunca acertaba la pobre Estrella.Y eso que la chica no dejaba de esforzarse.

Así las cosas, Estrella fue reduciendo sus visitas y llamadas a la suegra. Ella misma llevaba y traía a la pequeña: colegio, gimnasia rítmica, ajedrez, incluso ballet los sábados. Todo lo hacía corriendo, del trabajo al parque, del parque al gimnasio… Apenas pisaba su propia casa.

Javier llegaba por las noches y se encontraba el piso vacío. O su hija estaba en alguna actividad o Estrella se ocupaba de sus cosas: clase de pilates, manicura, o la peluquería… La rutina había cambiado y, muchas veces, cenaba solo.

En uno de esos anocheceres, la vecina del cuarto, Teresa, una viuda de treinta y ocho años con dos chavales en el instituto, le llamó porque tenían el grifo de la cocina hecho un desastre. El agua cayendo y sin saber cómo arreglarlo. Javier, que tiene manos para todo, fue enseguida a ayudarla.

Mientras él apañaba el grifo, Teresa preparaba una olla de macarrones con albóndigas. De agradecimiento, le ofreció un plato, y claro, Javier aceptó encantado. En casa ya nadie cocinaba así, con tiempo ni sabores de siempre.

Desde entonces, Teresa empezó a invitarlo muchas tardes: cenas sencillas, pero caseras, risas en la corrala y largas conversaciones sobre la vida. Poco a poco, aquella improvisada amistad se convirtió en algo más. Sin darse cuenta, necesitaban esos ratos juntos casi tanto como el aire.

Pero en la corrala nada pasa desapercibido: los cotilleos vuelan entre azoteas. Tardaron poco en avisar a Estrella de que su marido “visitaba demasiado” el piso de Teresa.

La bronca fue monumental. La pequeña comunidad de vecinos fue testigo de la tormenta. Estrella, con ese orgullo que siempre la caracterizó, le echó de casa en medio de la noche.

Javier no tenía dónde ir. Sus padres vivían lejos y esa noche sólo le quedaba llamar a la puerta de Teresa, que le acogió sin dudarlo.

La hija de Estrella y Javier tenía seis años por aquel entonces. Javier acababa de cumplir veinticinco, Estrella tenía treinta y dos y Teresa, treinta y nueve.

Cuando Pilar se enteró de que su hijo se había marchado de casa, saltó de alegría. Pero al poco, al saber que se había ido con otra mujer mayor y con hijos, le cambió la cara Se hizo el silencio en sus opiniones y críticas. ¿Cansancio? ¿Arrepentimiento? Nunca lo confesó.

Han pasado ya quince años desde aquel divorcio. Javier lleva todo este tiempo junto a Teresa. No tuvieron más niños, pero la vida les sonríe. Él, con cuarenta, ella, con cincuenta y cuatro. Desde hace años, Pilar los recibe en casa como si nada hubiera pasado. Los domingos en la mesa son agradables, todo armonía y comprensión. Y Javier no le falta la felicidad en los ojos.

A veces me pregunto si los prejuicios no son más pesados aquí que en ningún sitio. ¿Por qué daba tanto miedo la diferencia de edad? ¿Es tan raro o más difícil que una mujer mayor haga feliz a un hombre? Yo veo a Javier pleno, y eso me da qué pensar.

¿Dónde está realmente el secreto de la dicha?

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MagistrUm
Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la vez que logré separar a Andrés de su esposa mayor y descubrí que la felicidad no depende de la edad