Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: Historia de una suegra española que aca…

– Mi nuera volvió ayer a traerme a mi nieta para el fin de semana se quejaba mi vecina Consuelo cuando nos cruzamos en el rellano. ¡No hay manera de que la niña coma como es debido! Mamá dice que las princesas no comen mucho, me suelta, y apenas prueba dos cucharadas… ¡Pero si está más pálida que el papel, se le nota que no come!

Consuelo nunca llegó a aceptar a la esposa de su hijo Ignacio Estrella desde el principio, sólo por el hecho de que era siete años mayor que él. Él era todavía un chaval recién salido del instituto.

¡Si hasta fue su primera novia! me contaba indignada. ¡Normal que acabase enamoriscado de ella! Lo encandiló con su experiencia, ¡y listo!

Estrella era muy guapa, llamativa. Se preocupaba por su figura, vestía con gusto y tenía una buena carrera profesional. No era extraño que el hijo de mi vecina se sintiera atraído por ella. Dicen que los hombres son muy visuales, y motivos no le faltaban.

Estrella seguía una dieta muy estricta y daba mucha importancia a la alimentación saludable. Así educaba también a su hija: comer lo justo, no excederse, cuidar su salud y su silueta.

Apenas unos meses después de conocerse, Estrella se quedó embarazada. Nadie sabía si fue intencionado, fruto de las ganas de casarse, o cosa del destino. Da igual, porque Ignacio tomó la decisión firme de casarse con ella, aunque él acababa de cumplir los dieciocho y ella tenía veinticinco.

Después de aprobar la selectividad, Ignacio se matriculó en un ciclo formativo. Compatibilizaba los estudios con el trabajo: él y Estrella alquilaron un piso y más tarde compraron una habitación en una residencia de estudiantes; había que mantener a la familia.

Al principio todo era felicidad. Pero Consuelo siguió metiendo cizaña, encontrando cualquier excusa: que si Estrella no cocinaba bien, que si no le planchaba las camisas a Ignacio, que si la niña iba mal vestida… Para la suegra, todo eran defectos, nunca veía nada bueno en ella. Así fue erosionando la relación y sembrando dudas en su hijo.

Al final, Estrella limitó el contacto con su suegra al mínimo. Ella misma llevó a la hija al cole, a gimnasia, a ajedrez… Todo el día de un lado para otro, del trabajo a las actividades extraescolares y, además, intentaba sacar tiempo para el gimnasio, la peluquería, sus cosas… Prácticamente no paraba en casa.

Ignacio llegaba a casa y la encontraba vacía: la niña en actividades, su mujer de un lado para otro. Todo parecía frío, distante.

Una tarde, mientras todo eso ocurría, tocó a la puerta la vecina del piso de al lado, Rosario: una viuda de 38 años con dos hijos adolescentes. El grifo de la cocina compartida de la residencia se había roto, y pidió ayuda antes de que se inundara todo.

Ignacio era un manitas; no tardó en arreglarlo. Mientras tanto, Rosario preparaba una cena sencilla: macarrones con albóndigas. Por agradecimiento, le sirvió un plato a Ignacio, que aceptó de buen grado: Estrella casi nunca tenía tiempo de cocinar, y echaba de menos la comida casera.

A partir de esa noche, Rosario empezó a invitarle a cenar casi todos los días. Cuando ni la mujer ni la hija estaban en casa, Ignacio compartía con Rosario charlas y cenas en la cocina de la residencia. Sin darse cuenta, surgió entre ellos esa chispa especial que ya no les permitió prescindir del uno del otro.

Pero la residencia no es un sitio privado; demasiados ojos y oídos atentos. Alguien dio el soplo a Estrella: su marido iba demasiado a menudo “de visita” a la vecina, no precisamente para hablar de literatura.

El escándalo fue mayúsculo: todo el pasillo de la residencia se enteró. Sentida y orgullosa, Estrella puso a Ignacio de patitas en la calle, con la ropa en una bolsa.

Ignacio, a esas horas, no tenía sitio donde ir salvo a casa de Rosario, que lo acogió encantada.

La hija de Ignacio y Estrella tenía en ese momento seis años. Ignacio, veinticinco. Estrella, treinta y dos. Rosario, treinta y nueve.

Consuelo, que había deseado durante años la ruptura de su hijo y Estrella, por fin logró su “victoria”. Pero cuando descubrió que su hijo se iba a vivir con otra mujer aún mayor y con dos hijos ya adolescentes, se quedó muda…

Me sorprendió mucho ese cambio de actitud. Llevaba media vida criticando el simple hecho de que Estrella fuera mayor que Ignacio, y ahora lo aceptaba todo sin rechistar. ¿Se habría dado cuenta, por fin, de su error?

La separación entre Estrella e Ignacio sucedió hace ya quince años. Desde entonces Ignacio vive con Rosario. No han tenido hijos en común, pero la convivencia entre ellos es tranquila y serena. Pese a la diferencia de edad ahora él tiene cuarenta y ella, cincuenta y cuatro. Consuelo los recibe en su casa con una paz y cordialidad que antes nunca mostró, parece una familia ideal. Veo a Ignacio y, sinceramente, se le nota feliz.

¿Vosotros qué pensáis? ¿Es posible ser feliz cuando la mujer es mayor?

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MagistrUm
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