Mira, te tengo que contar lo que me soltó ayer mi vecina Carmen en el rellano, menudo drama. Me decía, medio desesperada: Otra vez mi nuera me ha dejado a la niña el fin de semana. Y claro, Carmen estaba mosqueada porque no consigue que la cría coma como es debido. La niña le sale con que mi madre dice que las princesas no comen mucho, pega dos cucharadas y fuera. Y la cría, pálida perdida, que se le ve hasta el alma, de lo delgada que está.
A ver, Carmen nunca soportó a la mujer de su hijo David, que se llama Inés. Desde el primer día que la vio le cayó mal, sobre todo porque Inés era siete años mayor que su chico. Imagina: David acababa de terminar el bachillerato cuando se lió con ella, un chavalín aún.
¡Es que antes de ella ni conocía a chicas!, me soltó Carmen indignadísima. ¡Normal que se flipara! ¡Le ha ganado por experiencia!. Claro, Inés siempre fue una tía muy guapa, de esas que cuidan mucho su imagen y saben cómo vestirse. Además tenía buen trabajo, ambiciosa, con personalidad. Te digo una cosa, no me extraña nada que David se quedara loco con ella, era todo un bombón delante de sus narices.
Eso sí, Inés estaba muy puesta con lo de la alimentación y el ejercicio. Siempre cuidando lo que come, que si gimnasio, que si dietas, y a la niña la metió en el mismo rollo: comer sano, nada de atiborrarse, cuidarse desde pequeña.
Total, que a los pocos meses de empezar, Inés se quedó embarazada. Yo no sé si lo hizo para fastidiar a la suegra, que ya entonces montaba bronca cada vez que podía, si fue por ganas de casarse o simplemente surgió. Da igual, porque David, con apenas 18 años, no lo dudó y quiso casarse con ella, que tenía 25.
Después de acabar el colegio, él empezó a estudiar un ciclo de FP y empezó a trabajar. Vivían por su cuenta, primero de alquiler, luego se pudieron comprar un pequeño cuarto en una residencia de estudiantes. Felices estaban, pero claro, la suegra venga a meter cizaña: si Inés no cocina bien, que si la camisa del hijo mal planchada, que si a la hija la viste fatal, que si no hace nada bien… Vamos, todo eran críticas a la pobre muchacha.
Al final, Inés lo que hizo fue cortar a mínimos el contacto con su suegra. Se volcó con la niña, llevándola a actividades mil: guardería, gimnasia, clases de ajedrez… Salía del trabajo corriendo a recogerla y llevarla de aquí para allá, y todavía le daba tiempo de ir al gimnasio, a la peluquería, hacerse las uñas… Por casa casi no paraba, la verdad.
David, por su parte, llegaba por la tarde y se encontraba solo la mayoría de los días: la niña en sus cosas, su mujer o estaba con la niña o ocupada con sus propios asuntos.
Un día de estos se le presenta en casa la vecina del cuarto, Pilar, que era una viuda de 38 años con dos hijos adolescentes. Que si en la cocina de la residencia se le había soltado el grifo y necesitaba ayuda para arreglarlo antes de que empezara a gotear abajo. Como David siempre fue manitas, en un momento le tapó el agua, encontró las herramientas y se puso a ello. Pilar, mientras tanto, preparaba su famoso plato de macarrones con albóndigas y, en agradecimiento, invitó a David a cenar. Claro, él aceptó encantado, porque Inés ni albóndigas ni platos caseros, últimamente no tenía tiempo ni para una tortilla.
Y mira tú por dónde, desde ese día Pilar lo invitaba cada dos por tres a cenar. Aprovechaban cuando su mujer y su hija estaban fuera para pasar un rato en la cocina común, charlando mientras ella hacía croquetas o empanadas caseras. Poco a poco, fue surgiendo algo, esa chispa que a veces ni te esperas, y cuando se quisieron dar cuenta, no sabían vivir sin esos ratitos juntos.
Lo malo de estas viviendas, ya sabes, es que todo se sabe y nunca tienes privacidad. Así que a Inés le llegó la noticia de que su marido se veía demasiado con Pilar y, claro, no para leer juntos precisamente.
La bronca que se lió fue de película. Todo el edificio se enteró. Inés, orgullosa como ella sola, armó las maletas de David y se las dejó en el pasillo, echándolo de casa sin miramientos.
Como era tarde y no tenía adónde ir (no iba a volver a casa de los padres), acabó en casa de Pilar, que le recibió más que contenta.
En ese momento la hija de David e Inés tenía 6 años, él 25, Inés 32 y Pilar 39.
Carmen, mi vecina, cuando supo que su hijo se había separado, estaba eufórica, como si le hubieran dado la razón en algo. Pero nada más enterarse de que David se fue con una mujer aún mayor que Inés -Pilar le sacaba 14 años-… se quedó muda.
Fue rarísimo verla así, tan tranquila. Años llevándose los demonios porque la otra era mayor, y ahora, aceptando tan campante a Pilar en la familia. A saber si fue porque por fin entendió que lo importante era que su hijo fuera feliz, o por puro agotamiento.
De esto ya ha pasado más de quince años. David y Pilar siguen juntos, sin hijos en común. Y la verdad es que hacen muy buena pareja; da igual la diferencia de edad, se han entendido de maravilla. Ahora él tiene 40, ella 54 y la suegra los recibe en casa tan a gusto.
Y, sinceramente, desde fuera se les ve felices de verdad.
¿Tú qué piensas, crees que la felicidad depende de la edad? Porque yo, después de ver esto, tengo mis dudas, la verdad.







