Conseguí que mi hijo se divorciara y ahora me arrepiento… —Ayer mi nuera volvió a traerme a la nieta para el fin de semana— se quejaba mi vecina Lucía al encontrarme en el rellano—. ¡No consigo alimentar bien a la niña! “Mi mamá dice que las princesas no comen mucho”, me dice, se toma dos cucharadas y ¡ya está! ¡La pobre está tan flaca que hasta parece que brille de lo verde que está! Desde el primer momento, Lucía no soportó a Oxana, la esposa de su hijo Andrés, simplemente porque era siete años mayor que él. Y él—un chiquillo que acababa de terminar el instituto… —¡Si hasta mujeres desconocía antes de ella!—se indignaba mi vecina—. ¡No es de extrañar que cayera rendido! Le sedujo con su experiencia, y asunto resuelto. Pero Oxana era una mujer muy guapa y llamativa. Se cuidaba, vestía con estilo, hacía carrera. No me sorprendía nada que el hijo de Lucía se fijara en ella; a fin de cuentas, los hombres también se enamoran por lo que ven, y ella tenía mucho encanto. Llevaba una dieta muy cuidada y enseñaba a su hija el mismo estilo de vida: comer lo justo, no atiborrarse, preocuparse por la salud y la figura. A los pocos meses de empezar a salir, Oxana se quedó embarazada. ¿Sería para fastidiar a la suegra, que intentaba por todos los medios romper el noviazgo, o porque ansiaba casarse? Quién sabe, pero lo importante es que Andrés ya tenía claro que iba a casarse con Oxana, pese a tener solo 18 años y ella 25. Nada más terminar el instituto, Andrés entró en un ciclo formativo y lo compatibilizó con un trabajo—vivían ya independientes, primero alquilaron un piso, luego compraron una habitación en una residencia. Eran felices, pero la suegra no aflojaba: siempre encontraba una excusa para criticar: que si cocina mal, que no le planchó la camisa al marido, que la niña iba mal vestida… Según Lucía, la nuera era todo defectos. Así, Oxana decidió reducir al mínimo el trato con ella. Oxana se ocupaba de la niña: la llevaba al colegio, a gimnasia, a ajedrez… y corría después al gimnasio, la manicura, la peluquería… Apenas pisaba la casa. Cuando Andrés llegaba, la esposa y la hija estaban siempre fuera en actividades. Una noche, la vecina Marina—viuda de 38 años con dos hijos adolescentes—llamó a la puerta: se había roto el grifo en la cocina compartida de la residencia, y pidió ayuda. Andrés arregló el problema y, mientras, Marina preparaba macarrones con albóndigas. Le ofreció un plato en agradecimiento y él aceptó de buena gana; últimamente Oxana no tenía tiempo para comida casera. A partir de entonces, Marina invitaba a Andrés a cenar a menudo; compartían cenas, charlas, dumplings y tartas en la cocina comunitaria. Poco a poco, surgió la chispa y, sin darse cuenta, esas veladas se hicieron esenciales para ambos. En la residencia, todo se sabe. Alguien avisó a Oxana de que su marido pasaba demasiado tiempo con la vecina viuda. El escándalo estremeció todo el piso de la residencia. Oxana, herida en su orgullo, echó a su marido fuera de casa. Fue entonces cuando Andrés, sin sitio donde ir, se instaló en casa de Marina, que le acogió encantada. La hija de Oxana y Andrés tenía entonces seis años. Andrés, 25; Oxana, 32 y Marina, 39. Lucía, la suegra, al enterarse de que Andrés había dejado a su esposa, se sintió triunfadora. Pero cuando supo que su hijo se marchó con una mujer aún mayor que su ex y con dos hijos a cuestas—además, catorce años más que él—quedó muda… Me sorprendió cómo guardaba silencio después de tantos años criticando a Oxana sólo por ser mayor. ¿Había aceptado al fin que se equivocó? El desenlace es de hace quince años. Andrés sigue con Marina, aunque no han tenido hijos juntos; viven plenamente felices y Lucía los recibe sin reproches. Todo paz, armonía e idilio. Y yo veo que Andrés es realmente feliz. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Es posible la felicidad cuando ella es mayor?

Mira, te tengo que contar lo que me soltó ayer mi vecina Carmen en el rellano, menudo drama. Me decía, medio desesperada: Otra vez mi nuera me ha dejado a la niña el fin de semana. Y claro, Carmen estaba mosqueada porque no consigue que la cría coma como es debido. La niña le sale con que mi madre dice que las princesas no comen mucho, pega dos cucharadas y fuera. Y la cría, pálida perdida, que se le ve hasta el alma, de lo delgada que está.

A ver, Carmen nunca soportó a la mujer de su hijo David, que se llama Inés. Desde el primer día que la vio le cayó mal, sobre todo porque Inés era siete años mayor que su chico. Imagina: David acababa de terminar el bachillerato cuando se lió con ella, un chavalín aún.

¡Es que antes de ella ni conocía a chicas!, me soltó Carmen indignadísima. ¡Normal que se flipara! ¡Le ha ganado por experiencia!. Claro, Inés siempre fue una tía muy guapa, de esas que cuidan mucho su imagen y saben cómo vestirse. Además tenía buen trabajo, ambiciosa, con personalidad. Te digo una cosa, no me extraña nada que David se quedara loco con ella, era todo un bombón delante de sus narices.

Eso sí, Inés estaba muy puesta con lo de la alimentación y el ejercicio. Siempre cuidando lo que come, que si gimnasio, que si dietas, y a la niña la metió en el mismo rollo: comer sano, nada de atiborrarse, cuidarse desde pequeña.

Total, que a los pocos meses de empezar, Inés se quedó embarazada. Yo no sé si lo hizo para fastidiar a la suegra, que ya entonces montaba bronca cada vez que podía, si fue por ganas de casarse o simplemente surgió. Da igual, porque David, con apenas 18 años, no lo dudó y quiso casarse con ella, que tenía 25.

Después de acabar el colegio, él empezó a estudiar un ciclo de FP y empezó a trabajar. Vivían por su cuenta, primero de alquiler, luego se pudieron comprar un pequeño cuarto en una residencia de estudiantes. Felices estaban, pero claro, la suegra venga a meter cizaña: si Inés no cocina bien, que si la camisa del hijo mal planchada, que si a la hija la viste fatal, que si no hace nada bien… Vamos, todo eran críticas a la pobre muchacha.

Al final, Inés lo que hizo fue cortar a mínimos el contacto con su suegra. Se volcó con la niña, llevándola a actividades mil: guardería, gimnasia, clases de ajedrez… Salía del trabajo corriendo a recogerla y llevarla de aquí para allá, y todavía le daba tiempo de ir al gimnasio, a la peluquería, hacerse las uñas… Por casa casi no paraba, la verdad.

David, por su parte, llegaba por la tarde y se encontraba solo la mayoría de los días: la niña en sus cosas, su mujer o estaba con la niña o ocupada con sus propios asuntos.

Un día de estos se le presenta en casa la vecina del cuarto, Pilar, que era una viuda de 38 años con dos hijos adolescentes. Que si en la cocina de la residencia se le había soltado el grifo y necesitaba ayuda para arreglarlo antes de que empezara a gotear abajo. Como David siempre fue manitas, en un momento le tapó el agua, encontró las herramientas y se puso a ello. Pilar, mientras tanto, preparaba su famoso plato de macarrones con albóndigas y, en agradecimiento, invitó a David a cenar. Claro, él aceptó encantado, porque Inés ni albóndigas ni platos caseros, últimamente no tenía tiempo ni para una tortilla.

Y mira tú por dónde, desde ese día Pilar lo invitaba cada dos por tres a cenar. Aprovechaban cuando su mujer y su hija estaban fuera para pasar un rato en la cocina común, charlando mientras ella hacía croquetas o empanadas caseras. Poco a poco, fue surgiendo algo, esa chispa que a veces ni te esperas, y cuando se quisieron dar cuenta, no sabían vivir sin esos ratitos juntos.

Lo malo de estas viviendas, ya sabes, es que todo se sabe y nunca tienes privacidad. Así que a Inés le llegó la noticia de que su marido se veía demasiado con Pilar y, claro, no para leer juntos precisamente.

La bronca que se lió fue de película. Todo el edificio se enteró. Inés, orgullosa como ella sola, armó las maletas de David y se las dejó en el pasillo, echándolo de casa sin miramientos.

Como era tarde y no tenía adónde ir (no iba a volver a casa de los padres), acabó en casa de Pilar, que le recibió más que contenta.

En ese momento la hija de David e Inés tenía 6 años, él 25, Inés 32 y Pilar 39.

Carmen, mi vecina, cuando supo que su hijo se había separado, estaba eufórica, como si le hubieran dado la razón en algo. Pero nada más enterarse de que David se fue con una mujer aún mayor que Inés -Pilar le sacaba 14 años-… se quedó muda.

Fue rarísimo verla así, tan tranquila. Años llevándose los demonios porque la otra era mayor, y ahora, aceptando tan campante a Pilar en la familia. A saber si fue porque por fin entendió que lo importante era que su hijo fuera feliz, o por puro agotamiento.

De esto ya ha pasado más de quince años. David y Pilar siguen juntos, sin hijos en común. Y la verdad es que hacen muy buena pareja; da igual la diferencia de edad, se han entendido de maravilla. Ahora él tiene 40, ella 54 y la suegra los recibe en casa tan a gusto.

Y, sinceramente, desde fuera se les ve felices de verdad.

¿Tú qué piensas, crees que la felicidad depende de la edad? Porque yo, después de ver esto, tengo mis dudas, la verdad.

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MagistrUm
Conseguí que mi hijo se divorciara y ahora me arrepiento… —Ayer mi nuera volvió a traerme a la nieta para el fin de semana— se quejaba mi vecina Lucía al encontrarme en el rellano—. ¡No consigo alimentar bien a la niña! “Mi mamá dice que las princesas no comen mucho”, me dice, se toma dos cucharadas y ¡ya está! ¡La pobre está tan flaca que hasta parece que brille de lo verde que está! Desde el primer momento, Lucía no soportó a Oxana, la esposa de su hijo Andrés, simplemente porque era siete años mayor que él. Y él—un chiquillo que acababa de terminar el instituto… —¡Si hasta mujeres desconocía antes de ella!—se indignaba mi vecina—. ¡No es de extrañar que cayera rendido! Le sedujo con su experiencia, y asunto resuelto. Pero Oxana era una mujer muy guapa y llamativa. Se cuidaba, vestía con estilo, hacía carrera. No me sorprendía nada que el hijo de Lucía se fijara en ella; a fin de cuentas, los hombres también se enamoran por lo que ven, y ella tenía mucho encanto. Llevaba una dieta muy cuidada y enseñaba a su hija el mismo estilo de vida: comer lo justo, no atiborrarse, preocuparse por la salud y la figura. A los pocos meses de empezar a salir, Oxana se quedó embarazada. ¿Sería para fastidiar a la suegra, que intentaba por todos los medios romper el noviazgo, o porque ansiaba casarse? Quién sabe, pero lo importante es que Andrés ya tenía claro que iba a casarse con Oxana, pese a tener solo 18 años y ella 25. Nada más terminar el instituto, Andrés entró en un ciclo formativo y lo compatibilizó con un trabajo—vivían ya independientes, primero alquilaron un piso, luego compraron una habitación en una residencia. Eran felices, pero la suegra no aflojaba: siempre encontraba una excusa para criticar: que si cocina mal, que no le planchó la camisa al marido, que la niña iba mal vestida… Según Lucía, la nuera era todo defectos. Así, Oxana decidió reducir al mínimo el trato con ella. Oxana se ocupaba de la niña: la llevaba al colegio, a gimnasia, a ajedrez… y corría después al gimnasio, la manicura, la peluquería… Apenas pisaba la casa. Cuando Andrés llegaba, la esposa y la hija estaban siempre fuera en actividades. Una noche, la vecina Marina—viuda de 38 años con dos hijos adolescentes—llamó a la puerta: se había roto el grifo en la cocina compartida de la residencia, y pidió ayuda. Andrés arregló el problema y, mientras, Marina preparaba macarrones con albóndigas. Le ofreció un plato en agradecimiento y él aceptó de buena gana; últimamente Oxana no tenía tiempo para comida casera. A partir de entonces, Marina invitaba a Andrés a cenar a menudo; compartían cenas, charlas, dumplings y tartas en la cocina comunitaria. Poco a poco, surgió la chispa y, sin darse cuenta, esas veladas se hicieron esenciales para ambos. En la residencia, todo se sabe. Alguien avisó a Oxana de que su marido pasaba demasiado tiempo con la vecina viuda. El escándalo estremeció todo el piso de la residencia. Oxana, herida en su orgullo, echó a su marido fuera de casa. Fue entonces cuando Andrés, sin sitio donde ir, se instaló en casa de Marina, que le acogió encantada. La hija de Oxana y Andrés tenía entonces seis años. Andrés, 25; Oxana, 32 y Marina, 39. Lucía, la suegra, al enterarse de que Andrés había dejado a su esposa, se sintió triunfadora. Pero cuando supo que su hijo se marchó con una mujer aún mayor que su ex y con dos hijos a cuestas—además, catorce años más que él—quedó muda… Me sorprendió cómo guardaba silencio después de tantos años criticando a Oxana sólo por ser mayor. ¿Había aceptado al fin que se equivocó? El desenlace es de hace quince años. Andrés sigue con Marina, aunque no han tenido hijos juntos; viven plenamente felices y Lucía los recibe sin reproches. Todo paz, armonía e idilio. Y yo veo que Andrés es realmente feliz. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Es posible la felicidad cuando ella es mayor?