Conocí a mi marido el día de su boda

Cuando una compañera me invitó a su boda, yo llevaba trabajando en la editorial poco más de cuatro meses. La verdad es que desde el principio congeniamos muy bien y nos hicimos amigos casi de inmediato. No conocía de nada a su pareja. Aun así, acepté la invitación, sobre todo porque tenía muchas ganas de estrenar mi traje nuevo. Además de mí, invitó a otros compañeros de la oficina, con los que fui a la celebración. Aquel día llegamos un poco tarde y entramos cuando ya todos los invitados estaban sentados en las mesas. Nos deslizamos casi sin hacer ruido al salón.

Había más de cien invitados en la boda, el salón estaba decorado de forma preciosa y las mesas rebosaban de delicias. Pero nada de eso fue lo que más me impactó. Al ver al novio de mi compañera, sentí que se me paraba el corazón. Me enamoré a primera vista, así, sin remedio. Y lo curioso es que sentí que era mutuo. Toda la noche estuve como en una nube, con la cara ardiendo y el corazón a mil. No fui capaz ni de comer ni de beber nada.

Para no prolongar aquella tortura, decidí marcharme antes a casa. Mi alma estaba en llamas y pensé que necesitaba encerrarme y calmarme un poco. Al salir de la editorial la tarde siguiente, ahí estaba él, esperándome junto a la entrada principal. Su esposa estaba de vacaciones y no había ido a trabajar.

Se acercó en silencio, me tomó de la mano y me llevó hasta su coche. No dijo ni una palabra y de pronto empezó a besarme. Yo no fui capaz de resistirme. Nos besamos durante horas y hablamos de todo y de nada, perdiendo la noción del tiempo. Finalmente, fuimos a mi piso y allí sucedió lo inevitable. Me prometió que se divorciaría de ella y que se casaría conmigo. Y así fue. Volvió a casa a hablar con su mujer, después recogió sus cosas y regresó a mi lado. Nunca le pregunté de qué hablaron ni cómo fue esa conversación.

En poco tiempo nos casamos y más tarde compramos nuestro propio piso. Llevamos ya más de tres años juntos. Como es lógico, dejé el trabajo enseguida. Prefiero no imaginar la cantidad de palabras feas que se habrán dicho de mí. La exmujer de mi marido llevaba muchos años trabajando en la editorial y yo acababa de llegar. Todos sentían compasión por ella, y es comprensible. No tengo ni idea de cómo le va la vida ahora, jamás volví a tratar ese tema con mi marido.

Decidimos empezar de cero, construir una vida nueva los dos juntos. Ahora me siento plena y feliz. Muchos pronosticaban que nuestro matrimonio no duraría nada, pero llevamos años juntos y cada día está lleno de alegría y amor. Después de todo lo vivido, tengo claro que hay que luchar por la felicidad propia.

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MagistrUm
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