Conocí a mi “amiga” en un curso que hice para poder optar a un trabajo muy selecto; sinceramente me costaba entender parte del temario y ella me ayudó mucho, pero mientras yo ya estaba casada y salía adelante sin apoyo de mi familia, ella seguía dependiendo económicamente de sus padres. Cuando llegó el proceso de selección, a ella la aceptaron al primer intento y a mí no, aunque insistí dos veces más sin éxito, y al pedirle ayuda siempre estaba demasiado ocupada; nuestra relación se volvió distante, sobre todo después de que canceló planes varias veces sin explicación y yo me busqué problemas en el trabajo por intentar verla. Más adelante, cuando fui operada y ella me llamó por casualidad, me prometió volver a contactar y nunca lo hizo; luego empezó a buscarme sólo cuando le convenía, haciendo comentarios sarcásticos sobre mi familia y preguntando si mis padres ya se habían divorciado, hasta que decidí distanciarme, la eliminé de redes sociales y corté la relación definitivamente. El día después de mi cumpleaños me reclamó y le dejé claro que nunca me apoyó de verdad. Siento que nunca le importé realmente: tal vez solo quería que estuviera cerca para sentirse superior, haciendo incluso bromas sobre mi pareja y comentarios sobre otras chicas. Este falso “amistad” ha dañado mi capacidad de confiar en la gente y ahora me resulta muy difícil volver a hacer amigos sinceros.

Conocí a mi amiga durante un curso que tomé, empapada en la neblina espesa de un sueño donde los relojes se derretían en las paredes de mármol de una academia en Salamanca, como si el tiempo fluyera a su antojo entre nuestros dedos. El propósito era poder acceder a un trabajo tan elitista que, desde la distancia, parecía un palacio brillante flotando sobre las nubes de Castilla. Admito que no lograba comprender todos los secretos del temario, y ella, Lucía de los Remedios, bailaba entre los conceptos y las fórmulas, arrojando migas de conocimiento que yo recogía como si fuesen monedas antiguas lanzadas en una fuente.

El curso terminó una tarde en la que las golondrinas cruzaban el cielo sin sombra, y seguimos viéndonos, apenas envueltas en esa brisa que acompaña a las relaciones recién salidas de su envoltorio. Lucía aún dependía del amparo económico de sus padres, burgaleses de manos largas y carteras profundas, mientras que yo, casada, navegaba sin más apoyo que mi propio remo, contando cada euro de mi cuenta con la esperanza de que bastase para la travesía.

Buscando trabajo, fui bendecida por la recomendación de una amiga: el proceso era un río sin desembocadura. Nos veíamos de vez en cuando, pero Lucía siempre encontraba una excusa: se hace tarde, decía, y su voz se desvanecía en las ramificaciones de mi nostalgia. Yo andaba ocupada, pero entre los pliegues del tiempo nos escribíamos, hasta que nos llamaron para presentar papeles y rendir exámenes, como si un tribunal onírico dictara nuestro destino, entre puertas giratorias y ascensores interminables.

Por entonces yo ya no tenía empleo y apretaba los euros, reservando apenas unos cuantos para unas pruebas médicas aún más extrañas que el propio estado líquido del sueño. Lucía, con el sol que era su apellido y el sostén paterno, no tenía ese problema. Ella fue admitida en la primera convocatoria, y yo quedé flotando fuera, intentándolo dos veces más, siempre rodeada de relojes que giraban al revés. Cuando le pedía ayuda para estudiar, la oía desdibujarse y responder: ahora no puedo, de verdad. Y entonces desapareció en diciembre y enero, como una sombra que se escabulle en las tardes sin sol.

Yo seguí buscando trabajo sin éxito hasta mediados de febrero, un mes que se estiró como chicle. Al fin, cuando logré un empleo, trabajaba entre semana y los domingos de un invierno interminable donde los tranvías solo daban vueltas para no llegar nunca al mismo sitio.

A finales de febrero, Lucía reapareció en mi móvil naranjo: ¿quedamos en marzo? Yo dudé, porque ese mundo de las pruebas y los rechazos ya me llenaba de tristeza como una catedral vacía, pero ella era aún, de alguna manera, importante para mí. Quedamos un sábado, pero tuve que pedir permiso en el trabajo, arriesgando la ira de mi jefe, algún Don Enrique que parecía un ogro de cuentos lejanos. Le escribí el viernes por la noche, pero ni un susurro llegó de su parte. Ni sábado, ni domingo: la ciudad parecía engullida por la niebla. Lucía solo apareció de nuevo un lunes brumoso, enviando un WhatsApp: perdón, tuve un problema familiar.

La rabia me llenó como agua fría, y dejé de responderle durante tres meses. Luego, el sueño cambió. Tuve que operarme, y durante aquellas horas brillantes de hospital, ella me llamó por azar y le conté mi sensibilidad, todavía con la distancia pegada a la lengua. Me dijo, cantando como si nada: descansa un poco y después te llamo para ver cómo sigues. Jamás lo hizo.

Dos meses más, y Lucía envió un mensaje queriendo vernos en una tarde de semana. Por entonces yo estudiaba en la Universidad de Salamanca, en clases que costaban una fortuna. Dudé, acepté, rechacé después. Sentía que todo era un laberinto mal dibujado. Entonces ella empezó a llamarme solo para preguntar cómo estaba, pero en sus palabras había algo que sonaba a burla, como una risa escondida entre tapices. Indagaba sobre mi familia, siempre sugiriendo si mis padres al fin se habrían separado ya. No era culpa mía que los de ella lo estuvieran, pero la sombra de sus comentarios se alargaba sobre las conversaciones, haciéndome cada vez más breve o incluso inventando respuestas como señales de humo.

Así fui quitándola poco a poco de mis redes sociales, como quien aparta hilos de una telaraña. En marzo del año siguiente la eliminé del todo. Lucía me escribió, la ignoré. Al día siguiente de mi cumpleaños me llamó, exigiéndome explicaciones. Dijo haber intentado siempre ayudarme y no entender por qué la excluía. Yo contesté, deslizándome por el borde del sueño: Nunca tengo tiempo para mí, pero parece que sí lo tengo para aparecer en fotos con otros. Añadí: Rodéate de otra gente.

Me dijo por última vez que solo quería ayudarme, y que no volvería a buscarme. La verdad es que algo se agrietó dentro de mí. Sentí que la confianza se me escapaba por las rendijas, como arena entre los dedos. Lucía deseaba mi bienestar, pero no permitiría jamás que estuviera mejor que ella. Nunca le importé realmente, aunque yo la cuidase como se cuida la llama de una vela en una noche ventosa.

A veces creo que fui su estorbo sentimental, porque hacía comentarios sobre mi pareja, sugería que lo invitase, se burlaba de fotos con otras chicas. Yo fui honesta y transparente con ella; quizás ese fue mi fallo. Ahora duele, porque veo que nunca le importé: solo quería que no me marchara. Creí que era verdadera amistad, que teníamos las mismas cicatrices, pero no era así. Me cuesta confiar. Ojalá pudiera tener más amigas, pero este sueño es un laberinto de espejos del que cuesta salir.

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MagistrUm
Conocí a mi “amiga” en un curso que hice para poder optar a un trabajo muy selecto; sinceramente me costaba entender parte del temario y ella me ayudó mucho, pero mientras yo ya estaba casada y salía adelante sin apoyo de mi familia, ella seguía dependiendo económicamente de sus padres. Cuando llegó el proceso de selección, a ella la aceptaron al primer intento y a mí no, aunque insistí dos veces más sin éxito, y al pedirle ayuda siempre estaba demasiado ocupada; nuestra relación se volvió distante, sobre todo después de que canceló planes varias veces sin explicación y yo me busqué problemas en el trabajo por intentar verla. Más adelante, cuando fui operada y ella me llamó por casualidad, me prometió volver a contactar y nunca lo hizo; luego empezó a buscarme sólo cuando le convenía, haciendo comentarios sarcásticos sobre mi familia y preguntando si mis padres ya se habían divorciado, hasta que decidí distanciarme, la eliminé de redes sociales y corté la relación definitivamente. El día después de mi cumpleaños me reclamó y le dejé claro que nunca me apoyó de verdad. Siento que nunca le importé realmente: tal vez solo quería que estuviera cerca para sentirse superior, haciendo incluso bromas sobre mi pareja y comentarios sobre otras chicas. Este falso “amistad” ha dañado mi capacidad de confiar en la gente y ahora me resulta muy difícil volver a hacer amigos sinceros.